Quizás por memes o guiños en
distintas películas, The
Breakfast Club pasará a la historia de la narrativa audiovisual
como uno de los tropos más recurrentes a la hora de construir historias que
buscan generar empatía con el público: el grupo de inadaptados. Los X-Men fueron,
para muchos, el primer conjunto de marginados que salvaba el día usando poderes
manifestados en la pubertad, provocando el rechazo de quienes se consideran
“normales”. Pero no olvidemos que los mutantes le deben su origen conceptual a
la Patrulla Condenada (Doom
Patrol), otro grupo de inadaptados: un robot con el cerebro de un
corredor de autos, una mujer con trastorno de identidad múltiple, otra capaz de
alterar sus moléculas para volverse elástica y un piloto de pruebas convertido
en una especie de encarnación de la búsqueda alquímica, todos dirigidos por el
profesor Niles Caulder, también postrado en una silla de ruedas.
Podríamos
mencionar otros casos, pero no quiero desviar el argumento. Más bien, quiero
llevarlo a ejemplos más recientes, como Heroes, de Tim Kring, y la serie
británica Misfits, creada
por Howard Overman, también conocido por Dirk Gently, basada en la obra
homónima de Douglas Adams.
En
su primer día, mientras realizan sus tareas asignadas, una tormenta
sobrenatural descarga un rayo sobre ellos, otorgándoles poderes ligados a su
último pensamiento. Simon se vuelve invisible; Kelly adquiere la capacidad de
leer la mente; Alisha provoca que cualquiera que la toque pierda el control, en
un giro que recuerda ligeramente a Rogue o Titania; Curtis obtiene la facultad
de regresar en el tiempo; y Nathan… bueno, Nathan aparentemente no recibe
ningún poder. O eso cree durante los primeros cinco episodios, hasta que
finalmente se revela que es inmortal.
El
primer gran desafío del grupo consiste en enfrentarse a su propio supervisor,
transformado en una especie de zombi homicida que quiere acabar con ellos. A
partir de ahí, llegarán situaciones cada vez más extrañas, oscuramente cómicas
y desbordantes, capaces de conquistar incluso a los espectadores más
escépticos.
A
diferencia de muchas producciones estadounidenses donde el superhéroe es
presentado como figura aspiracional, Misfits se inscribe dentro de una
tradición británica más ácida, más irreverente y mucho más cercana al terreno
del antihéroe. Y es precisamente ahí donde radica su aporte al mercado
narrativo: la serie combina drama juvenil, humor negro, ciencia ficción urbana
y realismo social sin pedir permiso a ninguno de esos géneros. Antes de su
estreno, la televisión británica ya tenía ciencia ficción consolidada (Doctor Who, Torchwood) y
comedias negras como Shameless,
pero Misfits fue la
primera en fusionar todos estos elementos para construir un relato generacional
absolutamente propio.
De
esta manera, la serie no expande el canon del superhéroe desde la épica, sino
desde la desmitificación.
No hay trajes, no hay nombre heroico, no hay destino manifiesto. Tampoco una
lucha moral entre el bien y el mal; apenas cinco jóvenes intentando sobrevivir
a decisiones impulsivas, accidentes sobrenaturales y consecuencias por lo
general hilarantes. El canon superheroico aquí se vuelve antiépico, incluso
anticlimático, y por eso mismo resulta refrescante.
Este
enfoque entronca con el legado de la narrativa gráfica británica, una tradición
que abrazó desde siempre lo extraño, lo grotesco y lo marginal: desde Judge Dredd hasta
Hellblazer o The Invisibles. Misfits hereda
ese espíritu: el gusto por el caos, la crítica social disfrazada de comedia, la
fascinación por los inadaptados y un profundo escepticismo hacia las
instituciones. Aunque no provenga directamente de un cómic, su ritmo, su
estética y su tono la convierten en un puente natural entre el cómic británico
y la cultura pop audiovisual contemporánea.
| Howard Overman, creador de la serie |
En
definitiva, Misfits no solo
irrumpió como una serie irreverente sobre jóvenes con poderes, sino que terminó
consolidándose como una de las propuestas más originales del panorama británico
contemporáneo. Su mezcla de humor negro, crítica social y desmitificación del
superhéroe la convierte en un recordatorio de que las historias más poderosas
suelen surgir de los márgenes, donde nadie espera encontrar heroísmo. Al final,
lo que deja Misfits no es una
gran batalla ni una epopeya salvadora, sino la certeza de que incluso los
inadaptados —o quizá solo ellos— pueden revelar lo absurdo, lo trágico y lo
profundamente humano que hay en todos nosotros.
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