Desde su estreno en 2016, Stranger Things
se ha consolidado como uno de los productos culturales más exitosos de la era
del streaming. Su eficacia narrativa, su carisma actoral y su dominio del
suspense serial explican parte de su popularidad, pero no agotan la pregunta
central que la serie plantea: ¿por qué volver —una y otra vez— a los años
ochenta? ¿Qué se activa realmente cuando ese pasado reaparece con la nitidez de
un recuerdo que muchos espectadores, paradójicamente, nunca vivieron?
Lejos de funcionar como una evocación
histórica, Stranger Things opera en un régimen claramente hauntológico.
No se trata de nostalgia en un sentido clásico —un anhelo melancólico por un
tiempo perdido—, sino de la persistencia espectral de un pasado que se rehúsa a
desaparecer porque encierra promesas culturales incumplidas. Como
señalaba Mark Fisher, la hauntología no invoca lo que fue, sino aquello que podría
haber sido y nunca llegó a materializarse. En ese sentido, los ochenta de Stranger
Things no son un período histórico: son un archivo fantasma, una
superficie estética suspendida fuera del tiempo.
La serie construye su mundo a partir de signos inmediatamente reconocibles: bicicletas BMX, sintetizadores analógicos, walkie-talkies, máquinas de juego, referencias explícitas a Spielberg, Stephen King o John Carpenter. Sin embargo, estos elementos no funcionan como citas críticas, sino como interfaces afectivas. No invitan a pensar el pasado, sino a habitarlo de forma segura, sin fricción. El resultado es un pasado permanentemente presente, atrapado en un loop cultural que neutraliza tanto la memoria como la imaginación.
Aquí la hauntología se cruza con una lógica aceleracionista
—no en su vertiente filosófica radical, sino en su manifestación cultural
contemporánea—. Netflix no solo distribuye nostalgia: la optimiza, la
comprime y la acelera. Décadas enteras son reducidas a estilos visuales y
sonoros fácilmente consumibles, despojados de contexto histórico. Los años
ochenta dejan de ser una época para convertirse en un preset: un paquete
emocional listo para el binge-watching.
Esta aceleración no produce novedad, sino saturación. En lugar de abrir futuros, intensifica el reciclaje. Stranger Things no revive los ochenta: los reproduce como simulacro de alta definición, más nítido que cualquier recuerdo real. Como en la lógica del capitalismo tardío descrita por Fredric Jameson, la historia se aplana en una sucesión de estilos intercambiables, disponibles para ser reactivados según la demanda del mercado.
Uno de los aspectos más reveladores de la
serie es la forma en que deshistoriza su propio escenario. La Guerra
Fría aparece como telón de fondo, pero nunca como conflicto político real; el
reaganismo, con su proyecto económico y social, está completamente ausente; las
tensiones raciales y de clase apenas existen. El mal, en Stranger Things,
nunca es sistémico: siempre es extradimensional. El Upside Down funciona como
una solución narrativa cómoda, una externalización del horror que evita
cualquier lectura estructural de la violencia o el poder.
Esta operación convierte a los años ochenta en una envoltura edulcorada, un parque temático emocional donde la infancia es eterna, la amistad lo redime todo y el peligro puede ser derrotado al final de cada temporada. Incluso la muerte es provisional. No hay duelo real porque no hay historia real: solo repetición estilizada.
Nada de esto implica que Stranger Things
sea una serie fallida. Al contrario: su dominio del lenguaje serial es notable.
Los personajes están cuidadosamente diseñados para maximizar identificación, el
ritmo narrativo mantiene la tensión y la puesta en escena es impecable. El
problema no es estético, sino cultural. El valor principal de la serie
no reside en lo que narra, sino en lo que activa: memorias prestadas,
afectos prefabricados, una sensación de familiaridad que reduce el riesgo
emocional y cognitivo.
En este sentido, Stranger Things no explota la nostalgia: la gestiona. La convierte en un recurso estable, predecible y altamente rentable. Cada temporada no solo es un evento narrativo, sino una plataforma para la reactivación de mercancías asociadas: música, moda, videojuegos, reediciones. La nostalgia deja de ser una experiencia subjetiva para convertirse en una infraestructura económica.
La pregunta entonces no es si Stranger
Things es “buena” o “mala”, sino qué dice de la cultura que la produce y la
consume. La serie parece confirmar una intuición inquietante: vivimos en un
tiempo que ha perdido la capacidad de imaginar futuros alternativos. Donde
antes la ciencia ficción, el terror o la aventura funcionaban como laboratorios
de lo posible, hoy predominan las reencarnaciones seguras de imaginarios
ya agotados.
Desde esta perspectiva, Stranger Things
no es la causa del estancamiento cultural, sino su síntoma más pulido.
Un fantasma que no solo no desaparece, sino que sigue generando valor económico
precisamente porque ya no amenaza nada. Su éxito demuestra que el capitalismo
cultural puede seguir extrayendo rentabilidad incluso de los restos de una
imaginación colectiva que ya no cree en el porvenir.
Quizá por eso el verdadero horror de Stranger
Things no habita en el Upside Down, sino en su superficie luminosa y
reconocible: en la evidencia de que el pasado ha dejado de ser un lugar al que
volver para convertirse en un espacio del que no sabemos salir.
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