jueves, 29 de enero de 2026

El asombro sin garantías: leer Hacedor de Estrellas de Olaf Stapledon

 

Este es el caso en el que un libro te espera. Aguarda en el anaquel, ocultándose hasta que su lector toma la decisión de llevarlo consigo y por fin entregarse a su lectura. Mi buen amigo Daniel Monje, productor general del proyecto Estereoscopio —un canal de YouTube especializado en ciencia ficción, weird, terror y otras joyas de la industria cultural—, me dijo: “Hacedor de Estrellas le va a gustar, es muy en la onda del ensayo y la ficción especulativa; le va a gustar”. Siguiendo su recomendación, decidí ir a una librería que aún poseía una copia: la misma que había visto hacía más de seis meses.

Al día siguiente comencé mi periplo por la hábil combinación de palabras que fungían como testimonio de un hombre que sube una colina y, de repente, termina en un viaje cósmico: una suerte de experiencia psicodélica —sin psicodélicos— atravesada por conexiones psíquicas que le permiten observar otros planetas, galaxias, especies y culturas y, sobre todo, la manera en que cada sociedad concibe a sus deidades, sus cultos y sus ritos.

Pero conviene detenerse un momento y presentar al responsable de semejante desborde imaginativo. William Olaf Stapledon (1886–1950) fue un escritor y filósofo británico cuya vida estuvo marcada por la reflexión ética y la experiencia directa de la guerra. Nacido cerca de Liverpool, educado en Oxford y formado en Historia Moderna, sirvió como camillero durante la Primera Guerra Mundial, una vivencia que dejó una huella profunda en su pensamiento. Tras obtener su doctorado y publicar un tratado de ética, se volcó a la ficción con ambiciones desmesuradas: su éxito con Last and First Men lo impulsó a dedicarse por completo a la escritura y a desarrollar una obra obsesionada con la evolución de la inteligencia, el destino de las especies y el sentido último del cosmos. En sus últimos años participó activamente en movimientos pacifistas y murió repentinamente en 1950, dejando tras de sí un legado que hoy se reconoce como fundamental dentro de la ciencia ficción filosófica.

Con este trasfondo resulta difícil no leer Hacedor de Estrellas como la culminación de una sensibilidad marcada por la guerra, la especulación metafísica y una fe profundamente problemática en el progreso. Publicada en 1937, apenas dos años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, la novela parece escrita desde un mirador inquietante: el de una civilización que presiente su propia fragilidad. Stapledon imagina la historia total del universo, la aparición y extinción de especies enteras, el ascenso de inteligencias colectivas y la construcción —y destrucción— de sistemas éticos, políticos y religiosos a escala galáctica. No hay en ello una celebración ingenua del futuro: cada esplendor contiene su semilla de ruina, y toda conquista intelectual se ve amenazada por fuerzas que exceden la voluntad de individuos y civilizaciones.

Desde el punto de vista formal, Hacedor de Estrellas se resiste a los moldes de la novela tradicional. No hay una trama clásica ni un elenco reconocible de personajes que evolucionen psicológicamente. El narrador —ese hombre anónimo que sube una colina en Inglaterra— se disuelve pronto como individuo para convertirse en una conciencia errante que recorre eones y galaxias. Lo que sigue es una sucesión vertiginosa de mundos: sociedades que nacen, se organizan, inventan religiones, desarrollan artes y tecnologías y finalmente se extinguen.

Stapledon sustituye el drama íntimo por la cronología cósmica. Allí donde la novela realista se detenía en dilemas personales, aquí se impone una perspectiva panorámica que recuerda más a un tratado de cosmología especulativa o a una teodicea científica que a la ficción narrativa convencional. El lector no se identifica con héroes; se ve obligado a contemplar patrones: ciclos históricos, constantes metafísicas, repeticiones trágicas bajo ropajes biológicos distintos. Esta frialdad —casi académica por momentos— produce uno de los efectos más inquietantes del libro: la sensación de insignificancia ontológica. Al diluir al individuo en millones de años y billones de vidas, Stapledon fuerza a abandonar la escala humana y aceptar una temporalidad casi incomprensible.

Más que novela, Hacedor de Estrellas se presenta como un artefacto híbrido: ensayo filosófico, mito de creación y crónica universal escrita desde fuera del universo. Un texto exigente, poco complaciente, pero capaz de ofrecer una experiencia intelectual rara incluso dentro del canon de la ciencia ficción.

El título mismo anuncia su centro gravitacional: ese Hacedor de Estrellas que no es un dios tradicional, sino un problema metafísico. A lo largo del viaje, las distintas especies formulan concepciones divergentes de la divinidad: arquitectos benevolentes, fuerzas indiferentes, procesos naturales elevados a principio supremo. Ninguna interpretación se impone. Stapledon convierte la religión en un fenómeno comparado, producto inevitable de la biología, la historia y el entorno.

Cuando la conciencia narradora alcanza finalmente al Hacedor, lo que se revela no es un padre providente, sino una entidad remota, dedicada a la experimentación ontológica: creador de universos atento a la complejidad más que al sufrimiento de sus criaturas. El mal y la extinción no son anomalías corregibles, sino efectos colaterales de un proceso creativo que no se rige por la moral de quienes lo padecen. Aquí la vieja pregunta de la teodicea se desplaza a una escala cósmica donde la ética humana pierde centralidad: el Hacedor no es maligno, pero tampoco justo; es, quizá, estéticamente curioso.

Lo radical es que el libro no propone ni rebelión ni consuelo místico, sino una aceptación lúcida. Las civilizaciones más avanzadas no adoran: contemplan. Se alinean con esa pulsión creativa impersonal sabiendo que forman parte de un experimento que las excede. La espiritualidad que emerge no es la de la esperanza, sino la del asombro sin garantías.

En ese gesto final reside la perdurable incomodidad de Hacedor de Estrellas. Al negar cualquier promesa de salvación o centralidad cósmica, Stapledon anticipa corrientes posteriores de la ciencia ficción filosófica y del horror cósmico, pero sin caer en un nihilismo absoluto. Si existe un valor último en su universo, este radica en la expansión de la conciencia y en el empeño por comprender, aun sabiendo que la comprensión jamás será recompensada con justicia metafísica.

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