| Theodore Roszak |
En Parpadeo,
la monumental novela del profesor y crítico Theodore
Roszak (1933-2011), la cinefilia no es solo una pasión estética: es el
punto de partida de una conspiración. Su protagonista, Johnatan Gates, comienza
como un espectador devoto del cine europeo clásico y termina convertido en un
investigador obsesivo que cree haber encontrado, en el interior mismo del
lenguaje cinematográfico, la huella de una verdad secreta. A lo largo de 745
páginas, publicadas por la editorial Pálido Fuego, la novela se despliega como
una curiosa mezcla de ensayo sobre historia del cine, relato de iniciación
intelectual y thriller metafísico.
Durante buena parte de su extensión, la novela funciona como
una suerte de historiografía apasionada del cine del siglo XX. Gates recorre
con entusiasmo la nouvelle
vague, el neorrealismo italiano y la edad dorada de Hollywood, y en
ese trayecto la novela despliega su faceta más convincente: la de un ensayo
narrado donde la erudición cinéfila se vuelve parte de la trama. Hay aquí un
evidente placer por el detalle, por la genealogía estética, por el modo en que
las películas dialogan entre sí a lo largo de las décadas.
El punto de inflexión llega
cuando Gates descubre la obra de un supuesto cineasta alemán, Max Castle. Sus
películas introducen una perturbación que la novela intenta convertir en
revelación teórica: lo verdaderamente importante del cine no ocurre en la imagen,
sino en el intervalo entre imágenes. Ese intersticio —el “parpadeo”— sería una
técnica capaz de inocular mensajes subliminales que no buscan vender productos
ni manipular conductas, sino mantener viva una antigua tradición religiosa
vinculada con los cátaros y los caballeros de Malta.
La idea del “parpadeo” es, en
sí misma, una intuición brillante: una metáfora sobre el cine entendida desde
su materialidad más básica, ese instante oscuro que separa dos imágenes y que
el espectador nunca percibe conscientemente. En sus mejores momentos, la novela
convierte esa intuición en una reflexión sugestiva sobre la naturaleza de la
mirada y sobre la facilidad con que la cinefilia puede transformarse en una
forma de fe.
Y, sin embargo, es
precisamente esa desmesura lo que vuelve a la novela memorable. Parpadeo no es
una lectura ligera ni siempre disciplinada, pero sí una obra fascinante para
lectores que disfrutan perderse en los laberintos de la cultura y la
interpretación. Más que una novela sobre cine, es una novela sobre lo que
ocurre cuando mirar películas deja de ser un placer estético y se convierte en
una obsesión hermenéutica.
Recomendarla depende, en
última instancia, del tipo de lector. Quienes busquen una narración ágil
probablemente se sentirán abrumados por su densidad. Pero para el lector
cinéfilo —ese que sospecha que las películas esconden siempre algo más de lo
que muestran— Parpadeo puede
convertirse en una experiencia tan inquietante como adictiva: un recordatorio
de que el verdadero misterio del cine quizá no está en las imágenes, sino en la
oscuridad que las separa.
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