martes, 10 de marzo de 2026

La herejía del fotograma: una reseña de Parpadeo de Theodore Roszak (Ed. Pálido Fuego)

 

Theodore Roszak

En Parpadeo, la monumental novela del profesor y crítico Theodore Roszak (1933-2011), la cinefilia no es solo una pasión estética: es el punto de partida de una conspiración. Su protagonista, Johnatan Gates, comienza como un espectador devoto del cine europeo clásico y termina convertido en un investigador obsesivo que cree haber encontrado, en el interior mismo del lenguaje cinematográfico, la huella de una verdad secreta. A lo largo de 745 páginas, publicadas por la editorial Pálido Fuego, la novela se despliega como una curiosa mezcla de ensayo sobre historia del cine, relato de iniciación intelectual y thriller metafísico.

Durante buena parte de su extensión, la novela funciona como una suerte de historiografía apasionada del cine del siglo XX. Gates recorre con entusiasmo la nouvelle vague, el neorrealismo italiano y la edad dorada de Hollywood, y en ese trayecto la novela despliega su faceta más convincente: la de un ensayo narrado donde la erudición cinéfila se vuelve parte de la trama. Hay aquí un evidente placer por el detalle, por la genealogía estética, por el modo en que las películas dialogan entre sí a lo largo de las décadas.

El punto de inflexión llega cuando Gates descubre la obra de un supuesto cineasta alemán, Max Castle. Sus películas introducen una perturbación que la novela intenta convertir en revelación teórica: lo verdaderamente importante del cine no ocurre en la imagen, sino en el intervalo entre imágenes. Ese intersticio —el “parpadeo”— sería una técnica capaz de inocular mensajes subliminales que no buscan vender productos ni manipular conductas, sino mantener viva una antigua tradición religiosa vinculada con los cátaros y los caballeros de Malta.

El lector también puede reconocer ecos de ficciones obsesivas como La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, donde el análisis de una obra audiovisual deriva en una experiencia casi metafísica, o del vértigo erudito de El péndulo de Foucault de Umberto Eco, con su maquinaria de conspiraciones intelectuales que acaban devorando a quienes las imaginan. Incluso la idea de que el cine oculta una dimensión secreta remite inevitablemente al misterio central de Mulholland Drive de David Lynch, donde la lógica narrativa se fractura y la imagen parece esconder algo que nunca termina de revelarse.

La idea del “parpadeo” es, en sí misma, una intuición brillante: una metáfora sobre el cine entendida desde su materialidad más básica, ese instante oscuro que separa dos imágenes y que el espectador nunca percibe conscientemente. En sus mejores momentos, la novela convierte esa intuición en una reflexión sugestiva sobre la naturaleza de la mirada y sobre la facilidad con que la cinefilia puede transformarse en una forma de fe.

Pero Parpadeo también padece el peso de su propia ambición. A medida que la trama avanza, la acumulación de referencias históricas, teológicas y cinematográficas termina por diluir parte de la tensión narrativa. La conspiración se vuelve cada vez más barroca, y el impulso ensayístico —que al inicio resulta estimulante— acaba por ralentizar el relato.

Y, sin embargo, es precisamente esa desmesura lo que vuelve a la novela memorable. Parpadeo no es una lectura ligera ni siempre disciplinada, pero sí una obra fascinante para lectores que disfrutan perderse en los laberintos de la cultura y la interpretación. Más que una novela sobre cine, es una novela sobre lo que ocurre cuando mirar películas deja de ser un placer estético y se convierte en una obsesión hermenéutica.

Recomendarla depende, en última instancia, del tipo de lector. Quienes busquen una narración ágil probablemente se sentirán abrumados por su densidad. Pero para el lector cinéfilo —ese que sospecha que las películas esconden siempre algo más de lo que muestran— Parpadeo puede convertirse en una experiencia tan inquietante como adictiva: un recordatorio de que el verdadero misterio del cine quizá no está en las imágenes, sino en la oscuridad que las separa.

 

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