Twin Peaks significó, para quienes la vieron y la han visto, un auténtico hito narrativo que tomó la telenovela estadounidense y la fusionó con el policiaco, el surrealismo y dosis de thriller psicológico, construyendo un espacio casi mítico en el que un fantasma —el agente Cooper— recorre sus calles en busca de descubrir quién mató a Laura Palmer. Los responsables de esta maravilla audiovisual fueron el genial David Lynch y Mark Frost. Este último también ha desarrollado una sólida carrera literaria con obras tan significativas como La Lista de los Siete, publicada recientemente por Impedimenta, donde, tomando como protagonista a Arthur Conan Doyle —sí, el creador del detective más célebre del mundo, Sherlock Holmes—, nos conduce a un Londres decimonónico poblado de médiums, sociedades secretas que ambicionan el control del mundo, rituales paganos y presencias sobrenaturales, todo atravesado por un gran misterio capaz de poner en riesgo a la monarquía y con invitados tan notorios como Helena Blavatsky y Bram Stoker.
Frost teje
hábilmente una trama en la que cada página nos arrastra a una cadena de
situaciones en las que Doyle —como será nombrado en adelante— se ve involucrado
junto a Jack Sparks, agente al servicio de Su Majestad, quien lo guía en una
espiral que lo conduce a explorar el legado sobrenatural de Inglaterra: su
mitología ancestral, los rituales paganos y las hermandades secretas. Todo ello
para develar un complot cuyo objetivo último es abrir un portal y traer de
regreso al mismísimo hijo de Lucifer. Todo comienza en la Navidad de 1884,
cuando Doyle es invitado a una sesión espiritista con el fin de demostrar que
forma parte de una red de médiums fraudulentos que se aprovechan del dolor
ajeno canalizando supuestos mensajes de los difuntos; sin embargo, la velada
culmina con el asesinato de dos asistentes y con Doyle huyendo gracias a la
ayuda de un misterioso aliado, Sparks, decidido a llegar al fondo del asunto y
a encontrar la conexión con una hermandad oscura.
Así, el relato
puede leerse como una suerte de proto-génesis literaria: todo lo que Doyle
presencia —las intrigas, los disfraces, las sociedades clandestinas, los
enigmas aparentemente insolubles— funciona como el germen imaginativo de lo que
más tarde cristalizará en la figura de Sherlock Holmes. El método, la atención
obsesiva al detalle y la necesidad de encontrar una explicación racional
incluso ante lo sobrenatural emergen aquí no como rasgos abstractos, sino como
respuestas vitales frente al caos que lo rodea.
No obstante, Frost
no se limita a una aventura detectivesca con tintes históricos; su apuesta más
sugerente reside en la densa atmósfera esotérica que atraviesa toda la obra. El
Londres que presenta está impregnado de misticismo finisecular, de sesiones espiritistas,
rituales herméticos y doctrinas ocultistas que dialogan con figuras históricas
como Helena Blavatsky, cuyo influjo teosófico se filtra en las hermandades y en
la cosmovisión sobrenatural que sostiene el conflicto central. A ello se suma
una dimensión simbólica que puede leerse en clave de tradición esotérica
occidental, cercana a los imaginarios que más tarde desarrollarían autoras
ocultistas como Dion Fortune, donde magia,
espiritualidad y poder se entrelazan con estructuras secretas que operan desde
las sombras.
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