jueves, 1 de enero de 2026

Avatar 3: el espectáculo de la repetición

 

Criticar una película es uno de los ejercicios más saludables que se pueden ejercer, sobre todo si se tiene presente el enorme esfuerzo que existe detrás de llevarla a las salas de cine. Los espectadores, implacables verdugos, juzgan lo que ven sin importar cuánto trabajo haya supuesto cada toma, la edición, los efectos o la banda sonora. A esto se suma el músculo financiero del estudio que la produce, capaz de desplegar una agresiva campaña de mercadeo que implante en el inconsciente colectivo la necesidad de ver el largometraje porque, según la cuña publicitaria, se trata de la secuela más esperada de la franquicia. Así como la Navidad se vive desde septiembre, la tercera entrega de Avatar se vive desde octubre. Cada pausa comercial repite el nombre de James Cameron, los na’vi y una avalancha de imágenes espectaculares. Es entonces cuando una vocecita insiste: pues ni modo, tocó verla.

James Cameron se ha hecho un nombre en la industria con destellos inigualables como Terminator 2, The Abyss y la secuela de Alien. En todas ellas hace gala de efectos que fueron vanguardistas en su momento, siempre al servicio de la narración. La franquicia de Avatar no fue la excepción. La primera entrega cumplió con creces e inoculó en sus seguidores la semilla de una promesa épica: un mundo por descubrir. A la manera de etnógrafos, cada vez que regresábamos a Pandora —el planeta habitado por los na’vi— nos adentrábamos en una cultura que coexiste con la Gran Madre Eywa, una conciencia planetaria conectada a todo el ecosistema, poblado por especies fascinantes y exóticas que harían las delicias de cualquier xenobiólogo. Sin embargo, las entregas posteriores han caído en una fórmula narrativa que, por más efectos espectaculares y encuadres virtuosos que presente, se vuelve insostenible, además de introducir conflictos emocionales forzados que no provocan nada más allá de un tedio inmediato.


En este tercer encuentro, Cameron nos sitúa en la comunidad acuática donde se han refugiado Jake Sully y su familia. Tras la muerte de su hijo Neteyam, Neytiri ha desarrollado un profundo odio hacia los humanos —los “piel rosada”—, sentimiento que se intensifica particularmente hacia Spider, el hijo del coronel Miles Quaritch, quien se ha convertido en una amenaza latente para la frágil tranquilidad del grupo. Esta tensión los empuja a embarcarse en una caravana con destino al campamento de los na’vi supervivientes. Tras varios minutos de tomas aéreas y criaturas tan fascinantes como redundantes, emergen los problemas: los Mangkwan, una facción salvaje de los na’vi que rechaza las creencias originales y está liderada por Varang, atacan el convoy y dan inicio al conflicto central de la película, al que se suma, una vez más, el coronel Quaritch persiguiendo a Jake por su supuesta traición al uniforme. Flecha viene, fuego va, caídos por aquí y por allá, y la cinta nos devuelve sin demasiada sutileza a la ya conocida narrativa de la conquista y la colonización.

El veredicto final es claro: más de lo mismo. Da la impresión de que a Cameron ya no le provoca ni pudor mostrarnos una vez más el mismo relato, regido por la dicotomía narrativa por antonomasia: los buenos y los malos, la corporación contra los nativos, el progreso frente al equilibrio natural, la ciencia contra las creencias ancestrales. Eso sí, ahora hay una insistencia marcada en rituales que parecen extraídos de una toma de yagé —rapé incluido—, subrayando una espiritualidad cada vez más caricaturesca.

El impresionante despliegue técnico, los diseños conceptuales y la rimbombante edulcoración visual, sumados a diálogos predecibles que anteponen un drama familiar con el que algunos espectadores podrán identificarse, hacen que esta entrega resulte poco consistente y se resuelva, nuevamente, de la misma manera que las anteriores: Eywa interviene porque quiere a Jake y al clan Sully.

Hay, sin embargo, temas que podrían dar pie a un análisis más detenido: Kiri como posible encarnación humana de la Madre Cósmica; la idea de que los humanos, al unirse con Eywa, podrían incluso respirar el aire de Pandora; o la aparición de facciones salvajes surgidas de lo que alguna vez fue una gran familia na’vi. Quizá el momento más interesante de la película sea aquel en el que el consejo de los tulkun —las ballenas de este mundo— decide pelear y ajustar cuentas por la masacre cometida contra uno de los suyos en la segunda entrega.

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