Un hombre que lleva a cuestas el peso de los años deambula por las
concurridas calles de la ciudad que nunca duerme. Sus pasos parecen recorrer
una vida hecha de bares, proxenetas, pornografía, redadas y corrupción;
espectros de un pasado que todavía lo persiguen. De pronto, entre la multitud,
aparece un hombre parecido a él, pero mucho más joven. Lo acompaña hasta la
entrada del metro y desaparece, como si aquella ciudad también estuviera
despidiéndose de la persona que alguna vez fue.
Lo que acabamos de describir corresponde a las escenas finales de The
Deuce, serie creada por David Simon y George Pelecanos y protagonizada,
entre otros, por James Franco y Maggie Gyllenhaal. La serie nos conduce por el
Nueva York de los años setenta y los primeros años de
los ochenta para narrar la transformación de una ciudad a través de sus
márgenes: la prostitución, la industria pornográfica, los bares, las salas
recreativas, las drogas, la especulación inmobiliaria y la corrupción policial
y política.
Pero The Deuce no es únicamente una serie sobre el nacimiento de la
industria del porno. Su verdadero interés está en mostrar cómo una ciudad
produce determinadas formas de vida y, al mismo tiempo, cómo termina
devorándolas. Lo que comienza como una economía marginal instalada alrededor de
la calle 42 y Times Square irá convirtiéndose progresivamente en una industria,
mientras el territorio que la hizo posible también comienza a desaparecer.
Por eso resulta tan significativa la escena final. El hombre que camina por
Nueva York no solamente está recorriendo un espacio físico: está atravesando
los restos de una época. Su encuentro con aquel doble joven parece condensar
toda la serie en una imagen: el presente se encuentra con su propio pasado y
descubre que ya no puede regresar a él.
Los personajes de The Deuce funcionan como piezas de una maquinaria
mucho más grande que ellos mismos. Vincent y Frankie Martino, interpretados por
James Franco, representan la posibilidad de habitar simultáneamente dos mundos:
el de los negocios aparentemente legales y el de las estructuras criminales que
controlan buena parte de Times Square. A su alrededor aparecen proxenetas como
Larry Brown y C.C., mafiosos como Rudy Pipilo, policías como Chris Alston,
trabajadores como Bobby Dwyer y personajes que intentan construir una vida
diferente en medio de aquel territorio, como Paul Hendrickson y Sandra
Washington.
Lo interesante es que ninguno de estos personajes existe de manera aislada.
Sus historias se cruzan constantemente y cada encuentro revela una nueva
conexión entre prostitución, pornografía, mafia, policía, construcción,
periodismo y transformación urbana. La serie construye así una especie de
cartografía humana de Times Square: cada personaje ocupa una posición dentro de
un sistema económico que parece ofrecer oportunidades mientras, al mismo
tiempo, establece los límites de aquello que cada uno puede llegar a ser.
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