viernes, 31 de julio de 2026

Spider-Man: Brand New Day: el héroe que no puede soltar el pasado

 


Peter Parker regresa a la gran pantalla. Lo hace con ese aire lastimero y trágico propio de un héroe griego, dispuesto una vez más a despertar la empatía de una audiencia que parece cada vez más fatigada de tanto leotardo, puñetazo y espectáculo digital. En una época en la que las historias de superhéroes luchan por justificar su propia existencia, Spider-Man: Brand New Day reabre una discusión que parecía agotada: ¿todavía es posible contar algo nuevo sobre el "buen vecino" que protege las calles de Nueva York?

La respuesta, al menos en sus primeros compases, pasa por reconocer que Spider-Man nunca ha sido un superhéroe cualquiera. A diferencia de otros vigilantes, Peter Parker sigue siendo un personaje definido por la pérdida, la culpa y la precariedad cotidiana. Sus mayores batallas no ocurren únicamente entre rascacielos, sino también frente al alquiler, la soledad y las decisiones imposibles.

Resulta inevitable encontrar algunos guiños a Batman. La batería de monitores, la reconstrucción meticulosa de pistas y cierta confianza en la investigación recuerdan al detective de Gotham más que al adolescente improvisado de Queens. Sin embargo, donde Bruce Wayne convierte la tecnología en una extensión de su obsesión por el control, Peter la utiliza como una herramienta para compensar sus limitaciones, manteniendo intacta la vulnerabilidad que siempre ha definido al personaje.

En el apartado técnico, Spider-Man: Brand New Day demuestra que la acción no depende únicamente de la cantidad de explosiones o del vértigo digital, sino de la manera en que la cámara organiza el espacio. Las secuencias de balanceo entre edificios recuperan una cualidad casi física: la cámara acompaña el movimiento sin perder la orientación del espectador, permitiendo que cada impulso de la telaraña tenga peso y dirección. A diferencia de otras producciones recientes del género, donde el montaje fragmentado termina por diluir la tensión, aquí predominan planos lo suficientemente prolongados para que la coreografía pueda apreciarse en su totalidad. El resultado es una acción más legible y, por ello, más emocionante.

La fotografía alterna dos registros bien diferenciados. La cotidianidad de Peter Parker está construida con una luz más contenida y colores menos saturados, mientras que las escenas de combate explotan el paisaje vertical de Nueva York mediante contrastes de luces urbanas, reflejos sobre el vidrio y una paleta que acentúa la sensación de velocidad. Los efectos digitales, lejos de convertirse en un espectáculo autónomo, se integran con naturalidad a la puesta en escena, privilegiando la ilusión del movimiento antes que la exhibición tecnológica. El diseño sonoro termina de consolidar esta experiencia: el chasquido de las telarañas, el eco entre los edificios y el impacto de cada aterrizaje contribuyen a que el cuerpo de Spider-Man se perciba vulnerable, pesado y tangible, recordándonos que su heroísmo depende tanto de su agilidad como de su capacidad para resistir el golpe siguiente.

La fortaleza técnica de Spider-Man: Brand New Day se aprecia especialmente en sus secuencias de acción, donde el director evita que el espectáculo se convierta en una sucesión caótica de efectos digitales. Un ejemplo es la persecución inicial, en la que Spider-Man atraviesa las avenidas de Manhattan enlazando edificios mediante las telarañas. En lugar de recurrir a un montaje frenético, la película apuesta por planos amplios y movimientos de cámara fluidos que permiten seguir la trayectoria del personaje y comprender la geografía del espacio. La sensación de velocidad nace del desplazamiento mismo y no de la acumulación de cortes.

Otro momento destacado ocurre durante el enfrentamiento contra Boomerang. La pelea está construida a partir de un montaje que alterna planos generales con primeros planos estratégicos para enfatizar tanto la fuerza de los impactos como la improvisación característica de Peter Parker. La cámara permanece cerca del protagonista, reforzando la idea de que Spider-Man no es un combatiente perfecto, sino un héroe que constantemente debe adaptarse al entorno. Cada golpe, salto y balanceo responde a una lógica espacial que hace que la acción resulte legible y creíble.

La secuencia ambientada en el laboratorio de Oscorp también merece atención. Allí la puesta en escena reduce el ritmo para privilegiar la tensión. Los reflejos sobre el vidrio, la iluminación fría y el uso de pasillos estrechos generan una sensación de vigilancia constante. La fotografía aprovecha las superficies metálicas para fragmentar la figura de Peter, reforzando visualmente el conflicto entre su identidad cotidiana y su condición de héroe.

El trabajo sonoro complementa estas decisiones visuales. El característico disparo de las telarañas, el eco de los edificios y el diseño de los impactos construyen una experiencia inmersiva que devuelve peso físico a Spider-Man. En lugar de saturar la mezcla con música permanente, varias escenas permiten que los efectos ambientales respiren, haciendo que cada caída y cada aterrizaje transmitan una vulnerabilidad poco frecuente en las producciones recientes del género.

Más allá de sus secuencias de acción y de su evidente vocación por expandir el universo de Marvel, Spider-Man: Brand New Day deja sembradas una serie de preguntas que trascienden esta película. La presencia de Punisher introduce una visión del heroísmo donde la culpa se resuelve mediante la violencia; Hulk encarna el miedo a una transformación irreversible; la Agencia de Control de Daños recuerda que, en el universo superheroico, toda batalla deja cicatrices materiales y políticas; mientras que la irrupción del Clan de la Mano anuncia que el futuro de Spider-Man ya no estará definido únicamente por amenazas tecnológicas, sino también por conflictos donde lo místico y lo biológico comienzan a confundirse.

En ese entramado también aparecen Sara Grey, V-Max y la insinuada conexión con Jean Grey. La elección de Sadie Sink inevitablemente activa un juego metatextual con Stranger Things: resulta difícil no pensar en Max Mayfield y en la lucha de ese personaje por preservar su identidad frente a la invasión psíquica de Vecna. No se trata de un homenaje explícito, sino de un eco cultural que la película parece utilizar para hablar de la memoria como el último territorio que un héroe puede perder. En Brand New Day, recordar ya no significa únicamente conservar el pasado, sino decidir quién se es cuando los demás han olvidado tu existencia.

Es allí donde la película encuentra su verdadero conflicto. La mutación de Peter Parker no parece ser únicamente física. Es una transformación afectiva y existencial. El verdadero enemigo no es el villano de turno ni la siguiente amenaza cósmica, sino la imposibilidad de desprenderse de una vida que dejó de existir. MJ y Ned sobreviven únicamente como espectros de una normalidad perdida, recuerdos de un mundo al que Peter insiste en regresar, aunque ese mundo ya no lo recuerde. La pregunta que atraviesa toda la película es sencilla y devastadora: ¿cómo seguir siendo uno mismo cuando nadie puede confirmar quién fuiste?

Quizá esa sea la respuesta que Spider-Man: Brand New Day apenas comienza a formular. Peter Parker no necesita aceptar una nueva mutación porque su cuerpo haya cambiado, sino porque debe comprender que ningún poder puede devolverle el pasado. Lo único que se resiste a soltar no son sus telarañas ni su identidad secreta, sino la esperanza de recuperar la vida que compartía con quienes amaba. Mientras permanezca aferrado a esa memoria, seguirá siendo un héroe definido por la pérdida. Solo cuando entienda que crecer también implica aceptar el olvido podrá descubrir qué significa realmente este "nuevo día". Y tal vez ese sea el mayor acierto de la película: recordarnos que Spider-Man nunca ha sido el héroe que salva el mundo, sino el hombre que, una y otra vez, aprende a vivir con aquello que no puede recuperar.

domingo, 26 de julio de 2026

Nadie vuelve de Troya: La Odisea de Christopher Nolan y el largo viaje de la culpa

 


¿Qué se iba a imaginar un bardo griego como Homero que su epopeya sería llevada al cine en más de una ocasión? ¿Hasta dónde alcanzaba a sospechar la magnitud y el eco de su rapsodia en el mundo posmoderno? ¿Y si La Odisea no fuera únicamente el relato del regreso de un héroe, sino también el registro de un momento cíclico: el anuncio de la caída de una civilización?

Alerta de spoiler: Odiseo sí vuelve a casa. Pero ese dato ya no cuenta como revelación. El poema tiene casi tres mil años, es de dominio público y todavía sobrevive en los programas de literatura de algunos colegios. Háganse un favor: rescaten algún recuerdo de esas clases antes de entrar a la sala de cine.

Dicho esto, hablemos de La Odisea, la reciente película del director británico Christopher Nolan.

Se trata de un proyecto que, según diversas entrevistas y rumores de la industria, Nolan llevaba considerando desde hace más de veinte años. Durante mucho tiempo se especuló con la posibilidad de que dirigiera Troya (2004), aunque finalmente el proyecto quedó en manos del alemán Wolfgang Petersen. Nolan terminaría tomando otro camino: reinventar a Batman con Batman Begins y abrir una de las filmografías más influyentes del cine contemporáneo.

Aunque se trata de una adaptación, Nolan toma una decisión que ha generado bastante discusión: utilizar como base la traducción de Emily Wilson. Fue la primera mujer en traducir íntegramente La Odisea al inglés y su versión busca recuperar el ritmo oral del poema mediante una métrica constante, reducir algunas repeticiones formularias propias del griego arcaico y otorgar una voz más definida a cada personaje. Como suele ocurrir en nuestros tiempos, la discusión filológica terminó convertida en un episodio más de la guerra cultural: para algunos sectores, la traducción fue inmediatamente etiquetada como "woke", una acusación que dice mucho más sobre el clima ideológico contemporáneo que sobre el trabajo de Wilson.

En el terreno cinematográfico, Nolan despliega todo su arsenal técnico. Las cámaras IMAX vuelven a convertirse en una herramienta narrativa y no simplemente en un espectáculo visual. A ello se suma la extraordinaria banda sonora de Ludwig Göransson, quien incorpora timbres e instrumentos inspirados en la tradición mediterránea para acompañar los momentos de contemplación, violencia y desorientación que atraviesa Odiseo durante su viaje. Son decisiones formales que recuerdan por qué ciertas películas siguen justificando la experiencia colectiva de la sala de cine frente a la comodidad doméstica del streaming. La técnica también narra, y aquí merece ser comentada.

Tras este desvío contextual, conviene regresar al poema. Homero presenta a Odiseo, rey de Ítaca y uno de los estrategas al servicio de Agamenón, hijo de Atreo y comandante de la expedición aquea contra Troya —sí, de esa estirpe toma Frank Herbert el nombre de la Casa Atreides en Dune. A Odiseo se le atribuye la célebre idea del caballo de madera: un supuesto presente para los troyanos que ocultaba en su interior un pequeño grupo de guerreros encargados de abrir las puertas de la ciudad durante la noche. Más que una simple estratagema militar, el engaño constituye una transgresión del orden sagrado protegido por Zeus, quebrando el principio de hospitalidad (xenia) que regulaba las relaciones entre los pueblos y garantizaba el equilibrio político y comercial del mundo griego. Ese acto será el verdadero origen de todas las desgracias que vendrán después.

Lo verdaderamente interesante de la adaptación de Nolan no reside en la fidelidad arqueológica ni en el despliegue técnico, sino en comprender que La Odisea nunca fue una novela de aventuras. Es la historia de un hombre que regresa de la guerra incapaz de reconocerse a sí mismo.

La victoria sobre Troya no convierte a Odiseo en un héroe triunfante. Por el contrario, inaugura una culpa que lo acompañará durante todo el viaje. El caballo de madera, símbolo de su inteligencia, también es el instrumento mediante el cual rompe el orden sagrado que regulaba el mundo griego. La mētis, esa astucia que lo hace célebre termina siendo al mismo tiempo su mayor virtud y su condena. Cada obstáculo del viaje parece preguntarle si la inteligencia basta para escapar de las consecuencias de los propios actos.

No es casual que el viaje comience cuando deja de servir a Agamenón. Mientras combatía bajo el mando del rey de Micenas, Odiseo actuaba como parte de un ejército; una vez termina la guerra ya no responde ante ningún superior humano. A partir de entonces, su interlocutor es otro: los dioses. El héroe deja atrás la disciplina militar para enfrentarse a un universo gobernado por fuerzas que no puede negociar ni comprender del todo.

Esa tensión constituye uno de los ejes más fascinantes del poema. Homero no presenta a los dioses como simples antagonistas caprichosos. Son la expresión de un orden cósmico frente al cual el ser humano apenas puede desplegar su ingenio. Odiseo representa la inteligencia práctica; Poseidón, Atenea y Zeus representan un horizonte donde el cálculo humano encuentra siempre un límite. La pregunta que atraviesa toda la obra es profundamente moderna: ¿hasta dónde llega nuestra libertad cuando existen fuerzas que escapan a nuestro control?

Cada episodio del viaje puede leerse como una prueba psicológica más que como un monstruo al que derrotar.

El cíclope Polifemo enfrenta a Odiseo con las consecuencias de su propia soberbia. Escapar de la cueva no basta; necesita proclamar su nombre, reclamar el mérito de la victoria. Ese instante de vanidad será el origen de la persecución de Poseidón. Nolan filma este momento menos como una hazaña que como un error irreparable: el héroe queda atrapado por la necesidad de ser reconocido.

Las sirenas representan otra amenaza menos evidente. No seducen únicamente mediante el deseo, sino mediante el conocimiento absoluto. Prometen revelar todas las verdades del mundo. Odiseo quiere escucharlas porque desea comprender el sentido de su sufrimiento, pero sólo puede hacerlo aceptando la inmovilidad y confiando en sus compañeros. El conocimiento exige renunciar, aunque sea por un instante, al control.

Escila y Caribdis, el monstruo y el remolino, eliminan cualquier ilusión de elección perfecta. Toda decisión implica una pérdida. El gobernante ya no puede aspirar a salvar a todos sus hombres; únicamente puede decidir cuál será el costo de seguir adelante. Es uno de los momentos donde el liderazgo deja de parecer heroico para convertirse en una carga moral.

Circe introduce otro tipo de peligro: la suspensión del tiempo. Su isla ofrece placer, descanso y el olvido de la guerra. Permanecer allí significaría abandonar toda responsabilidad. Sin embargo, regresar a Ítaca implica aceptar nuevamente el dolor, el deber y la memoria.

El descenso al Hades constituye quizá el centro filosófico del relato. Ningún héroe vuelve siendo el mismo después de mirar de frente a los muertos. Allí Odiseo comprende que su viaje no consiste únicamente en regresar a un lugar geográfico, sino en reconciliarse con aquello que hizo durante la guerra y con las vidas que quedaron atrás. Es el momento en que el héroe deja de luchar contra el mundo y comienza a enfrentarse a sí mismo.

Finalmente aparece Calipso, cuya isla ofrece algo aún más seductor que el placer: la inmortalidad. No es una simple tentación romántica. Es la posibilidad de escapar para siempre de la culpa, del envejecimiento y de la responsabilidad. Odiseo la rechaza porque comprende que regresar a Penélope significa aceptar la condición humana. Prefiere una vida limitada, llena de cicatrices y remordimientos, antes que una eternidad vacía de historia.

Por eso el viaje de Odiseo nunca trata únicamente de volver a Ítaca. Ítaca es la forma que adquiere una pregunta mucho más profunda: ¿qué significa regresar cuando la guerra ha destruido al hombre que partió?

Al final, uno comprende que La Odisea nunca trató de monstruos, dioses o criaturas fantásticas. Esos elementos son apenas el lenguaje con el que Homero habla de algo mucho más cercano: la culpa, la pérdida, la memoria y la necesidad casi imposible de regresar a aquello que alguna vez llamamos hogar. No importa si ese hogar es una isla del mar Jónico, una familia que nos espera o una versión de nosotros mismos que quedó enterrada bajo los escombros de una guerra.

Christopher Nolan entiende que adaptar un clásico no consiste en modernizarlo ni en llenarlo de referencias contemporáneas. Consiste en descubrir aquello que sigue latiendo bajo tres mil años de interpretaciones. Su Odisea no pretende competir con Homero; dialoga con él. Allí donde el poeta imaginó un mundo gobernado por dioses, Nolan encuentra un hombre enfrentado al peso insoportable de sus decisiones, un héroe cuya mayor batalla ya no ocurre contra cíclopes o sirenas, sino contra la conciencia de lo que ha hecho para sobrevivir.

Quizá por eso la película resulta tan pertinente en nuestra época. Vivimos convencidos de que la inteligencia técnica puede resolver cualquier problema, de que siempre existe un algoritmo, una estrategia o una innovación capaz de burlar los límites de la condición humana. Odiseo pensaba algo parecido. Su ingenio derrotó ejércitos, engañó monstruos y desafió a los dioses, pero nunca pudo escapar de las consecuencias de sus actos. Homero ya había comprendido que toda civilización fascinada por su propia astucia termina creyéndose invulnerable, y ese suele ser el primer síntoma de su decadencia.

Tres mil años después, seguimos leyendo La Odisea porque seguimos haciéndonos la misma pregunta: ¿cómo se vuelve a casa después de haber cambiado para siempre? Nolan no ofrece una respuesta definitiva, pero sí una imagen poderosa. Ítaca nunca fue un lugar al que regresar; fue la promesa de que, incluso después del horror, todavía vale la pena emprender el camino de vuelta. Y quizá esa sea la verdadera razón por la que Homero continúa hablándonos desde un pasado tan remoto: porque, en el fondo, todos seguimos navegando entre nuestros propios dioses, nuestras culpas y nuestros naufragios.

 

lunes, 20 de julio de 2026

Antes de Freddy Krueger hubo clones: el otro Wes Craven en El Noveno Clon

Hay descubrimientos que obligan a replantear la imagen que tenemos de ciertos autores. Para muchos, Wes Craven es, ante todo, el director que redefinió el cine de terror con A Nightmare on Elm Street o Scream. Sin embargo, resulta una grata sorpresa descubrir que antes de convertirse en uno de los cineastas más influyentes del género fue profesor de humanidades y, además, novelista. Esa formación académica se percibe en El Noveno Clon, una novela que se aleja del horror sobrenatural para adentrarse en los terrenos de la ciencia ficción tecnothriller.

Desde sus primeras páginas es inevitable encontrar ecos de Los niños del Brasil de Ira Levin. Al igual que aquella obra, Craven toma un concepto científico con suficiente sustento —en este caso la clonación y los avances de la ingeniería genética— para construir una historia donde lo inquietante no proviene de monstruos o fantasmas, sino de la posibilidad de que la ciencia sea instrumentalizada por quienes concentran el poder.

La novela se sostiene gracias a un cuidadoso equilibrio entre especulación científica y verosimilitud. Craven evita convertir la genética en un simple recurso fantástico; por el contrario, procura que cada hipótesis parezca una consecuencia lógica de las investigaciones contemporáneas. Ese esfuerzo por anclar la ficción en los debates científicos de su época dota al relato de una tensión particular: el lector nunca siente que está ante una imposibilidad absoluta, sino frente a un futuro peligrosamente plausible.

Pero El Noveno Clon no es únicamente una historia sobre clones. En el fondo, la novela examina la alianza entre grandes corporaciones, organismos estatales y laboratorios privados, cuestionando quién controla realmente el conocimiento científico y con qué fines. La manipulación genética aparece como la punta de un iceberg mucho mayor, donde los intereses económicos y geopolíticos pesan más que cualquier consideración ética. En ese sentido, Craven demuestra una sensibilidad muy cercana a la tradición de la ciencia ficción paranoica de los años setenta y ochenta, en la que la amenaza no es una criatura desconocida, sino las instituciones que operan tras bambalinas.

Quizá el mayor mérito de la novela sea precisamente ese: transformar un tema que fácilmente podría derivar en la aventura o el sensacionalismo en una reflexión sobre el poder, la identidad y los límites morales de la ciencia. Aunque algunos pasajes responden a las convenciones del thriller y hoy ciertos aspectos científicos hayan envejecido, la pregunta central permanece vigente: ¿qué ocurre cuando la capacidad de crear vida deja de ser un asunto biológico para convertirse en una herramienta política y empresarial?

El Noveno Clon confirma que Wes Craven nunca fue solamente un maestro del horror cinematográfico. Mucho antes de filmar nuestras pesadillas, ya estaba escribiendo sobre otros miedos, quizá más silenciosos y persistentes: aquellos que nacen cuando la ciencia, el capital y el Estado descubren que pueden reescribir la naturaleza humana.

viernes, 10 de julio de 2026

La novela que ya era una serie: Reina Roja o cómo el thriller aprendió a pensar en streaming.

 


El nombre de Juan Gómez-Jurado resuena con fuerza entre los lectores del thriller contemporáneo, especialmente gracias a la trilogía Reina Roja, bautizada así por el nombre de un proyecto secreto —si no fuera un secreto, perdería toda la gracia— desarrollado por la policía española para reclutar individuos con capacidades intelectuales extraordinarias y convertirlos en herramientas capaces de resolver los crímenes más complejos.

La saga comenzó en 2018 con Reina Roja, continuó con Loba Negra en 2019 y concluyó con Rey Blanco en 2020. En ella conocemos a Antonia Scott, considerada la persona más inteligente del mundo, con un coeficiente intelectual de 242. Su mente privilegiada la convierte en un arma perfecta contra el crimen organizado, pero también en una mujer devastada por el dolor y el aislamiento tras una tragedia personal. Cuando su antiguo superior, conocido únicamente como Mentor, decide reactivar el proyecto, Antonia deberá regresar al tablero acompañada por Jon Gutiérrez, un inspector vasco de buen corazón, corpulento y testarudo, que está a punto de ser expulsado del cuerpo policial por defender a una mujer víctima de violencia.

En 2022, el propio Gómez-Jurado anunciaba que Amazon Prime Video adaptaría la novela en formato de serie. El resultado, estrenado en 2024, reunió a Vicky Luengo como Antonia Scott y al imponente Hovik Keuchkerian como Jon Gutiérrez, una de esas parejas improbables que sostienen por sí solas una historia. Ella representa la razón llevada al extremo; él, la empatía y el instinto. Como un Quijote y Sancho Panza contemporáneos, ambos terminan construyendo una relación que resulta mucho más atractiva que el propio caso policial que investigan.

Reina Roja entra en la retina del espectador como una hamburguesa gourmet. No es precisamente alta cocina ni pretende reinventar el menú del thriller, pero sabe combinar ingredientes conocidos con una ejecución impecable. Hay investigación criminal, conspiraciones, tecnología, asesinos meticulosos, crítica social y una organización secreta que mueve los hilos desde las sombras. Son elementos que el género ha utilizado hasta el cansancio, pero Gómez-Jurado los organiza con suficiente habilidad para que el conjunto funcione.

Porque, siendo honestos, el misterio termina siendo lo menos importante. Lo que realmente engancha es observar cómo Antonia y Jon aprenden a confiar el uno en el otro mientras cargan con sus propios fantasmas. La serie entiende que el crimen es apenas la excusa para explorar a sus protagonistas, y allí encuentra su mayor virtud.

Sin embargo, el formato seriado también juega en su contra. Como ocurre con muchas producciones contemporáneas, la primera temporada dedica buena parte de su metraje a sembrar interrogantes que solo encontrarán respuesta en futuras entregas. Esa necesidad de expandir el universo termina debilitando el impacto del conflicto principal y deja la sensación de que el desenlace ha sido postergado deliberadamente para garantizar la continuidad de la franquicia.

Aun así, Reina Roja demuestra que todavía hay espacio para contar historias policiales sin necesidad de reinventar el género. Basta con construir personajes memorables y permitir que la química entre ellos haga el resto. Al final, el espectador no regresa para descubrir quién cometió el crimen; regresa para seguir acompañando a Antonia Scott y Jon Gutiérrez en el siguiente movimiento del tablero.

Existe, además, una razón por la que Reina Roja funciona tan bien en televisión: Juan Gómez-Jurado escribe como si la cámara ya estuviera encendida. Sus capítulos son breves, terminan casi siempre en un cliffhanger y administran la información con el ritmo de un episodio de cuarenta minutos. Más que novelas tradicionales, sus libros parecen temporadas esperando ser filmadas. Amazon Prime Video entendió esto desde el primer momento y, en lugar de reinventar la historia, se limitó a traducir un lenguaje que ya era profundamente audiovisual.

Quizá esa sea también su mayor limitación. En ocasiones la necesidad de mantener un ritmo vertiginoso sacrifica la profundidad de algunos personajes secundarios y convierte ciertos giros argumentales en mecanismos para sostener el suspenso más que en consecuencias naturales de la historia. Pero ese es precisamente el pacto que propone Gómez-Jurado con sus lectores: no detenerse demasiado a contemplar el paisaje, sino avanzar sin descanso hacia la siguiente sorpresa.

En tiempos donde el thriller parece agotado por la repetición de fórmulas, Reina Roja demuestra que la innovación no siempre consiste en inventar un nuevo género, sino en perfeccionar el existente. Su éxito no reside en ofrecer una historia inédita, sino en ejecutar con precisión una maquinaria narrativa donde cada pieza está diseñada para mantener al espectador pasando páginas —o episodios— con la misma ansiedad.

Ya no leemos novelas para imaginar una serie; ahora las novelas nacen imaginando cómo será su adaptación.

La epidemia de la sospecha: Utopia de Dennis Kelly y la conspiración como lenguaje del siglo XXI.

¿Dónde está Jessica Hyde? Pero, aún más importante, ¿quién es Jessica Hyde y por qué la buscan con tanta insistencia? Esas son las preguntas que impulsan el desarrollo de Utopia , serie escrita por Dennis Kelly para el canal británico Channel 4 y emitida entre 2013 y 2014, con dos temporadas de seis episodios cada una.

La historia sigue a cinco usuarios de un foro de internet dedicado a los cómics que consiguen el manuscrito original de la novela gráfica de culto The Utopia Experiments , obra de un dibujante considerado un maníaco depresivo y psicótico. Lo que parecía el sueño de cualquier coleccionista pronto se convierte en una pesadilla cuando descubren que tanto el manuscrito como su autor son perseguidos por una organización clandestina conocida como The Network . Sus vidas cambian para siempre cuando entran en el radar de los emisarios del Señor Liebre, dos asesinos implacables cuya única misión es encontrar al dibujante y, sobre todo, a su hija, Jessica Hyde. Ella guarda un secreto capaz de alterar el destino de la humanidad: lleva en su organismo la clave para enfrentar una cepa de gripe diseñada para desencadenar una pandemia de escalada mundial.

Catalogada como un thriller conspirativo, Utopía trasciende el simple entretenimiento para construir una inquietante reflexión sobre el poder, la información y los mecanismos de control social. Vista hoy, después de la pandemia de COVID-19, resulta inevitable encontrar resonancias con acontecimientos que marcaron el inicio de la década de 2020. No porque la serie haya "predicho" el futuro, sino porque comprendió con notable lucidez la fragilidad de un mundo globalizado y la facilidad con la que el miedo puede convertirse en una herramienta de gobierno.

Sin embargo, el mayor hecho de Dennis Kelly no es la pandemia, sino la sospecha permanente que instala en el espectador. Utopía nos obliga a preguntarnos hasta qué punto las grandes corporaciones, los gobiernos y las organizaciones clandestinas son capaces de moldear la realidad a través del control de la información. Cada episodio alimenta la duda de si las crisis son simples accidentes históricos o acontecimientos aprovechados —o incluso provocados— por quienes ostentan el poder.

Es allí donde la serie encuentra su verdadera fuerza. La utopía funciona como un espejo de la cultura contemporánea, saturada de filtraciones, teorías conspirativas, vigilancia masiva y desconfianza institucional. Kelly no pretende ofrecer respuestas definitivas; al contrario, utiliza la paranoia como lenguaje narrativo para confrontar al espectador con una pregunta incómoda: ¿qué tan transparente es el mundo que creemos conocer?

Y quizás esa sea la razón por la que, más de una década después de su estreno, Utopia sigue resultando tan perturbadora. No porque revele una verdad oculta detrás de los acontecimientos, sino porque entiende que la sospecha se ha convertido en uno de los relatos fundamentales del siglo XXI. En una época donde la información circula más rápido que su verificación, la conspiración deja de ser únicamente un recurso de la ficción para transformarse en una forma de interpretar la realidad.

martes, 7 de julio de 2026

Mr. Mercedes: cuando el mal aprende a habitar las pantallas


Durante buena parte del siglo XX, el horror habitó castillos abandonados, mansiones victorianas, hoteles aislados o cementerios malditos. Eran espacios excepcionales, lugares a los que había que entrar para encontrarse con el monstruo. Stephen King contribuyó a consolidar ese imaginario con hoteles embrujados, pueblos condenados y entidades que despertaban bajo la superficie de pequeñas comunidades estadounidenses.

Sin embargo, Mr. Mercedes marca un cambio silencioso dentro de su obra. El horror ya no necesita un lugar maldito porque el espacio cotidiano ha sido completamente colonizado por la tecnología. El monstruo no espera detrás de una puerta prohibida: habita las pantallas que consultamos a diario, los videojuegos que consumimos, las redes que organizan nuestras relaciones y los dispositivos que llevamos permanentemente en el bolsillo. Es un mal que ya no ocupa un territorio; ocupa una infraestructura.

Bajo la apariencia de un thriller detectivesco, Mr. Mercedes narra precisamente esa mutación. La persecución entre Bill Hodges y Brady Hartsfield termina siendo menos importante que la pregunta que sobrevuela toda la serie: ¿qué ocurre cuando la violencia deja de depender de la presencia física y comienza a propagarse como información?

¿Qué podría sacar a un detective de su retiro? No un último caso, ni la promesa de justicia, sino la insistencia del propio asesino. Esa es la premisa de Mr. Mercedes, la trilogía policiaca de Stephen King adaptada para televisión por David E. Kelley, donde la persecución entre Bill Hodges y Brady Hartsfield deja de ser el clásico enfrentamiento entre policía y criminal para convertirse en una exploración de las pulsiones que sostienen la condición humana.

Brady Hartsfield no es un asesino serial convencional. No mata por dinero ni por venganza; lo hace porque encuentra placer en contemplar el sufrimiento ajeno. El atropello masivo con un Mercedes-Benz robado no constituye únicamente el detonante de la historia: es la irrupción de un mal que disfruta permanecer oculto entre la normalidad. King construye un antagonista que resulta perturbador precisamente porque podría pasar inadvertido. No lleva máscara ni responde al estereotipo del monstruo; trabaja, sonríe y saluda a sus vecinos. Su verdadera arma es comprender las grietas emocionales de quienes lo rodean.

Frente a él aparece Bill Hodges, un detective jubilado que descubre que la experiencia ya no basta en un mundo gobernado por algoritmos, redes sociales y dispositivos inteligentes. La investigación solo avanza gracias a Jerome Robinson y Holly Gibney, representantes de una generación capaz de moverse con naturalidad en un entorno digital que para Hodges resulta casi extranjero. King utiliza esta diferencia generacional para mostrar que el crimen también ha evolucionado: ya no necesita esconderse en callejones oscuros; puede manifestarse desde un monitor, un teléfono o un videojuego.

Es precisamente allí donde la serie encuentra su mayor fortaleza. Aunque comienza como un thriller detectivesco, poco a poco desplaza el conflicto hacia una reflexión sobre el Eros y el Tánatos descritos por Sigmund Freud. Mientras Hodges representa el impulso de preservar la vida, construir vínculos y proteger a los demás, Brady encarna la fascinación por la destrucción absoluta, una voluntad que encuentra nuevas formas de propagarse conforme avanza la historia.

Cuando Brady queda reducido a un estado vegetativo y posteriormente desarrolla la capacidad de influir sobre otras mentes, la narración abandona definitivamente el realismo policial para internarse en el horror sobrenatural. Sin embargo, King no utiliza este giro únicamente como recurso fantástico. Lo convierte en una metáfora inquietante: las ideas más destructivas no necesitan un cuerpo para sobrevivir. Basta con un medio de transmisión.

Hay un detalle que convierte a Mr. Mercedes en una obra mucho más vigente de lo que parece. Stephen King escribió las novelas antes de que conceptos como radicalización algorítmica, cámaras de eco, incels o desinformación formaran parte del vocabulario cotidiano. Sin embargo, Brady Hartsfield ya encarna a ese individuo que descubre que la violencia no necesita limitarse al espacio físico: puede propagarse como una idea, como un virus informático o como una obsesión compartida.

En ese sentido, la serie dialoga con varias tradiciones del pensamiento contemporáneo. El Eros y el Tánatos de Sigmund Freud aparecen como fuerzas que disputan el control de la voluntad humana; las energías electromefíticas imaginadas por Fritz Leiber encuentran un equivalente en la infraestructura digital que conecta nuestras ciudades; y la célebre afirmación de Marshall McLuhan, "el medio es el mensaje", adquiere un matiz perturbador: cuando el medio son las pantallas, el mensaje puede ser también el contagio del miedo.

Esta lectura se acerca igualmente a las advertencias de Paul Virilio, quien afirmaba que toda tecnología crea simultáneamente un nuevo tipo de accidente. Si el tren inventó el descarrilamiento y el avión hizo posible el accidente aéreo, internet y los dispositivos móviles inauguraron una forma inédita de violencia: aquella que viaja a la velocidad de la información. Brady comprende esa lógica antes que nadie. Su objetivo nunca fue únicamente asesinar personas; aspiraba a convertir la destrucción en una experiencia reproducible.

Por eso el verdadero antagonista de Mr. Mercedes no es Brady Hartsfield. Tampoco es el detective Bill Hodges quien ocupa el centro del conflicto. El protagonista silencioso es la tecnología, entendida como un espacio donde los impulsos humanos se amplifican. Las pantallas no generan el mal, pero sí multiplican su alcance, lo hacen omnipresente y lo vuelven casi imposible de contener.

Quizá allí reside la mayor virtud de la serie. Mientras muchos thrillers continúan preguntándose quién es el asesino, Mr. Mercedes formula una cuestión mucho más inquietante: ¿qué sucede cuando el mal deja de necesitar un cuerpo y aprende a circular como información? Esa pregunta, formulada hace más de una década por Stephen King, resulta hoy más vigente que nunca.

El memorando Fuller, de Charles Stross

  Bob Howard, ateo declarado, se enfrenta a una de sus mayores pruebas de fe: descubrir que aquello que consideraba imposible no solo existe...