martes, 7 de julio de 2026

Mr. Mercedes: cuando el mal aprende a habitar las pantallas


Durante buena parte del siglo XX, el horror habitó castillos abandonados, mansiones victorianas, hoteles aislados o cementerios malditos. Eran espacios excepcionales, lugares a los que había que entrar para encontrarse con el monstruo. Stephen King contribuyó a consolidar ese imaginario con hoteles embrujados, pueblos condenados y entidades que despertaban bajo la superficie de pequeñas comunidades estadounidenses.

Sin embargo, Mr. Mercedes marca un cambio silencioso dentro de su obra. El horror ya no necesita un lugar maldito porque el espacio cotidiano ha sido completamente colonizado por la tecnología. El monstruo no espera detrás de una puerta prohibida: habita las pantallas que consultamos a diario, los videojuegos que consumimos, las redes que organizan nuestras relaciones y los dispositivos que llevamos permanentemente en el bolsillo. Es un mal que ya no ocupa un territorio; ocupa una infraestructura.

Bajo la apariencia de un thriller detectivesco, Mr. Mercedes narra precisamente esa mutación. La persecución entre Bill Hodges y Brady Hartsfield termina siendo menos importante que la pregunta que sobrevuela toda la serie: ¿qué ocurre cuando la violencia deja de depender de la presencia física y comienza a propagarse como información?

¿Qué podría sacar a un detective de su retiro? No un último caso, ni la promesa de justicia, sino la insistencia del propio asesino. Esa es la premisa de Mr. Mercedes, la trilogía policiaca de Stephen King adaptada para televisión por David E. Kelley, donde la persecución entre Bill Hodges y Brady Hartsfield deja de ser el clásico enfrentamiento entre policía y criminal para convertirse en una exploración de las pulsiones que sostienen la condición humana.

Brady Hartsfield no es un asesino serial convencional. No mata por dinero ni por venganza; lo hace porque encuentra placer en contemplar el sufrimiento ajeno. El atropello masivo con un Mercedes-Benz robado no constituye únicamente el detonante de la historia: es la irrupción de un mal que disfruta permanecer oculto entre la normalidad. King construye un antagonista que resulta perturbador precisamente porque podría pasar inadvertido. No lleva máscara ni responde al estereotipo del monstruo; trabaja, sonríe y saluda a sus vecinos. Su verdadera arma es comprender las grietas emocionales de quienes lo rodean.

Frente a él aparece Bill Hodges, un detective jubilado que descubre que la experiencia ya no basta en un mundo gobernado por algoritmos, redes sociales y dispositivos inteligentes. La investigación solo avanza gracias a Jerome Robinson y Holly Gibney, representantes de una generación capaz de moverse con naturalidad en un entorno digital que para Hodges resulta casi extranjero. King utiliza esta diferencia generacional para mostrar que el crimen también ha evolucionado: ya no necesita esconderse en callejones oscuros; puede manifestarse desde un monitor, un teléfono o un videojuego.

Es precisamente allí donde la serie encuentra su mayor fortaleza. Aunque comienza como un thriller detectivesco, poco a poco desplaza el conflicto hacia una reflexión sobre el Eros y el Tánatos descritos por Sigmund Freud. Mientras Hodges representa el impulso de preservar la vida, construir vínculos y proteger a los demás, Brady encarna la fascinación por la destrucción absoluta, una voluntad que encuentra nuevas formas de propagarse conforme avanza la historia.

Cuando Brady queda reducido a un estado vegetativo y posteriormente desarrolla la capacidad de influir sobre otras mentes, la narración abandona definitivamente el realismo policial para internarse en el horror sobrenatural. Sin embargo, King no utiliza este giro únicamente como recurso fantástico. Lo convierte en una metáfora inquietante: las ideas más destructivas no necesitan un cuerpo para sobrevivir. Basta con un medio de transmisión.

Hay un detalle que convierte a Mr. Mercedes en una obra mucho más vigente de lo que parece. Stephen King escribió las novelas antes de que conceptos como radicalización algorítmica, cámaras de eco, incels o desinformación formaran parte del vocabulario cotidiano. Sin embargo, Brady Hartsfield ya encarna a ese individuo que descubre que la violencia no necesita limitarse al espacio físico: puede propagarse como una idea, como un virus informático o como una obsesión compartida.

En ese sentido, la serie dialoga con varias tradiciones del pensamiento contemporáneo. El Eros y el Tánatos de Sigmund Freud aparecen como fuerzas que disputan el control de la voluntad humana; las energías electromefíticas imaginadas por Fritz Leiber encuentran un equivalente en la infraestructura digital que conecta nuestras ciudades; y la célebre afirmación de Marshall McLuhan, "el medio es el mensaje", adquiere un matiz perturbador: cuando el medio son las pantallas, el mensaje puede ser también el contagio del miedo.

Esta lectura se acerca igualmente a las advertencias de Paul Virilio, quien afirmaba que toda tecnología crea simultáneamente un nuevo tipo de accidente. Si el tren inventó el descarrilamiento y el avión hizo posible el accidente aéreo, internet y los dispositivos móviles inauguraron una forma inédita de violencia: aquella que viaja a la velocidad de la información. Brady comprende esa lógica antes que nadie. Su objetivo nunca fue únicamente asesinar personas; aspiraba a convertir la destrucción en una experiencia reproducible.

Por eso el verdadero antagonista de Mr. Mercedes no es Brady Hartsfield. Tampoco es el detective Bill Hodges quien ocupa el centro del conflicto. El protagonista silencioso es la tecnología, entendida como un espacio donde los impulsos humanos se amplifican. Las pantallas no generan el mal, pero sí multiplican su alcance, lo hacen omnipresente y lo vuelven casi imposible de contener.

Quizá allí reside la mayor virtud de la serie. Mientras muchos thrillers continúan preguntándose quién es el asesino, Mr. Mercedes formula una cuestión mucho más inquietante: ¿qué sucede cuando el mal deja de necesitar un cuerpo y aprende a circular como información? Esa pregunta, formulada hace más de una década por Stephen King, resulta hoy más vigente que nunca.

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