Bob Howard, ateo declarado, se enfrenta a una de sus mayores pruebas de fe: descubrir que aquello que consideraba imposible no solo existe, sino que puede acabar con el mundo. Tras un incidente ocurrido en un hangar durante el exorcismo de un avión de pruebas —que termina con la muerte de una civil—, Bob es llamado a rendir cuentas ante Iris, la nueva directora de La Lavandería, y ante su jefe directo, Angleton, un oscuro y reservado burócrata que parece saber mucho más de lo que está dispuesto a revelar.
Lo que comienza como una investigación burocrática pronto conduce a Bob hacia uno de los secretos más inquietantes de la organización: la existencia de un devorador de almas recluido en un cuerpo humano y conocido con el inquietante nombre de La Tetera. Como si esto no fuera suficiente, Mo, la esposa de Bob y agente tan competente como temeraria, sufre un extraño percance durante una misión en Ámsterdam, donde termina enfrentándose a los cultistas de la Hermandad Oscura, seguidores del mismísimo Faraón Negro.
Entre exorcismos, expedientes clasificados, cultos lovecraftianos y funcionarios que intentan impedir el apocalipsis desde sus escritorios, Bob solo cuenta con su particular talento para sobrevivir a situaciones absurdas y con una herramienta tan indispensable como improbable: su Necronomipod, el dispositivo que le permite comunicarse con La Lavandería y mantener a raya las amenazas que acechan desde los rincones más oscuros de la realidad.
El memorando Fuller demuestra nuevamente por qué Charles Stross consigue algo tan difícil como combinar el horror cósmico de Lovecraft con el humor de una novela de espionaje y la burocracia de una oficina pública. Aquí el fin del mundo no se anuncia con trompetas celestiales, sino mediante memorandos, protocolos de seguridad y funcionarios agotados que intentan evitar que Londres —y, de paso, el resto de la humanidad— sea devorado por una amenaza primigenia.
En El memorando Fuller, el espionaje y el horror cósmico terminan siendo dos caras de una misma moneda. Si en las historias clásicas de Lovecraft el terror surge de descubrir que el universo es mucho más antiguo, vasto e incomprensible de lo que podemos imaginar, en el mundo de Bob Howard ese descubrimiento ha sido convertido en información clasificada. Los dioses existen, los rituales funcionan, las dimensiones paralelas son una posibilidad técnica y las criaturas que habitan más allá de nuestra realidad pueden ser invocadas mediante procedimientos que, en manos de un funcionario competente, terminan pareciendo casi un trámite administrativo.Es precisamente allí donde Stross introduce una de las ideas más divertidas y perturbadoras de la novela: ¿qué ocurriría si el horror cósmico fuera conocido por los servicios de inteligencia? En lugar de unos pocos investigadores enfrentándose a manuscritos prohibidos en bibliotecas olvidadas, tenemos una organización clandestina dedicada a contener aquello que no debería existir. La Lavandería funciona como una agencia de espionaje, pero también como una gigantesca oficina de gestión del apocalipsis. Sus agentes no solamente investigan cultos y amenazas sobrenaturales; administran información, clasifican riesgos y procuran que el ciudadano común jamás descubra hasta qué punto la realidad es frágil.
Esta transformación modifica también nuestra relación con el monstruo. El horror lovecraftiano tradicional se construye alrededor del descubrimiento: conocer demasiado significa perder la razón. En el universo de Stross, en cambio, conocer demasiado es parte del trabajo. Bob no puede permitirse el lujo de enloquecer ante aquello que contempla porque al día siguiente tiene que llenar un informe, responder ante sus superiores y probablemente volver a salir de misión. El conocimiento prohibido deja de ser una maldición individual para convertirse en un problema burocrático.
Por eso el espionaje resulta tan apropiado para actualizar el horror cósmico. Ambos géneros comparten una obsesión fundamental: la información que permanece oculta. El espía sabe que detrás de lo visible existe una estructura secreta que debe ser descubierta; el investigador lovecraftiano descubre que detrás de la realidad cotidiana existe otra estructura mucho más antigua y terrible. En ambos casos, saber es peligroso. La diferencia es que el agente de La Lavandería tiene un protocolo para ello.
| Charles Stross |
Y quizás ahí reside una de las mayores virtudes de El memorando Fuller: convertir la vieja angustia lovecraftiana ante un universo indiferente en una sátira de nuestro propio mundo burocrático. Frente a los dioses antiguos ya no necesitamos un sacerdote ni un ocultista. Necesitamos un funcionario con autorización de seguridad, acceso a un Necronomipod y suficiente paciencia para completar el formulario antes de que llegue el fin del mundo.
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