Confieso que nunca había leído Cien años de soledad, a pesar de que
en mi biblioteca reposa un ejemplar que tomé de la biblioteca de mi padre.
Supongo que hay libros que uno adquiere antes de leerlos, casi como si su
presencia en la casa fuera una obligación cultural. En todo hogar colombiano
debería existir, al menos, una copia de la gran novela que terminó definiendo
buena parte de la imagen internacional de nuestra literatura y que convirtió al
realismo mágico en una de las formas más reconocibles de narrar América Latina.
Por cultura general sabemos, más o menos, de qué trata: una familia que
comienza con el pie izquierdo y cuyas desventuras suceden en medio del
desarrollo de la historia de Colombia, en un pueblo llamado Macondo. Un pueblo
inventado que parece alimentarse de distintas tradiciones de la literatura
latinoamericana y que termina convirtiéndose en una representación condensada
del sentir de todo un país.
Lo curioso es que uno puede llegar a Cien años de soledad creyendo
que ya la conoce. Sabemos quiénes son los Buendía, conocemos la existencia de
Macondo, hemos escuchado hablar de la lluvia de flores amarillas, de la peste
del olvido, del coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento y,
por supuesto, de ese concepto tan repetido como problemático de “realismo
mágico”. Incluso quien nunca ha leído el libro puede reconocer algunas de sus
imágenes. La novela se ha salido de sus páginas y se ha convertido en parte de
nuestra cultura popular.
Y aquí aparece una paradoja que me interesa particularmente: yo llegué al
libro después de haber conocido durante años sus imágenes, sus personajes y su
importancia cultural, mientras que la serie llega después de más de medio siglo
en el que millones de lectores han construido su propio Macondo. Netflix no
solamente tuvo que adaptar a García Márquez; tuvo que enfrentarse a todos los
Macondos que los lectores ya llevaban dentro de la cabeza.
La dificultad de esa tarea es enorme. Una cosa es leer que en Macondo
ocurren hechos extraordinarios con la misma naturalidad con la que se habla de
preparar el almuerzo, y otra muy distinta es mostrar esos acontecimientos en
pantalla. La literatura puede permitirse que lo imposible aparezca sin
explicaciones porque las palabras controlan nuestra imaginación. El
audiovisual, en cambio, tiene que decidir qué aspecto tiene aquello que
imaginamos. La serie, por lo tanto, no puede evitar interpretar.
Y creo que ahí está uno de sus mayores aciertos y también uno de sus mayores
riesgos.
Pero mientras veía la serie me preguntaba constantemente si aquello que
estaba viendo era realmente Macondo o si era la versión que yo esperaba
encontrar. Esa pregunta terminó llevándome de nuevo al libro. Y allí descubrí
algo que quizá sea la verdadera dificultad de adaptar Cien años de soledad:
el Macondo de García Márquez no es solamente un lugar. Es una manera de
percibir el mundo.
En la novela, lo fantástico no llega como una ruptura de la realidad. La
realidad ya está rota. Los muertos conversan con los vivos, las enfermedades
modifican la memoria, una muchacha puede ascender al cielo mientras tiende las
sábanas y una lluvia puede convertirse en una experiencia colectiva de
proporciones casi míticas. Pero los personajes continúan con sus asuntos
cotidianos. El acontecimiento extraordinario no detiene el mundo; simplemente
pasa a formar parte de él.
La serie tiene que convertir esa lógica literaria en imágenes y, al hacerlo,
inevitablemente vuelve más concreto aquello que en la novela permanece abierto
a la imaginación. Esa es quizá la principal diferencia entre ambas
experiencias: leer Cien años de soledad
es construir Macondo; ver la serie es recibir una versión posible de Macondo.
Y, sin embargo, hay algo fascinante en que finalmente podamos verlo.
Después de tantos años de escuchar hablar de esta novela, de tener un
ejemplar en la biblioteca de mi padre y de saber quién era Aureliano Buendía
sin haber leído una sola página, la serie terminó funcionando para mí como una
puerta de entrada. No reemplazó la novela; hizo lo contrario. Me obligó a
leerla.
Quizás ese sea uno de los méritos más interesantes de la adaptación de
Netflix. No conseguir que la pantalla sustituya al libro, sino recordarnos que
detrás de todas esas imágenes que ya forman parte de nuestra cultura existe una
obra literaria que todavía puede sorprendernos.
Porque al final descubrí que Cien años de soledad no era el libro
que yo creía conocer. Y quizá esa sea la mejor condición para leerlo: llegar a
Macondo después de haber escuchado hablar de él durante toda la vida y
descubrir que, en realidad, nunca habíamos estado allí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario