viernes, 27 de febrero de 2026

La Lista de los Siete: el origen literario de Arthur Conan Doyle

 

Twin Peaks significó, para quienes la vieron y la han visto, un auténtico hito narrativo que tomó la telenovela estadounidense y la fusionó con el policiaco, el surrealismo y dosis de thriller psicológico, construyendo un espacio casi mítico en el que un fantasma —el agente Cooper— recorre sus calles en busca de descubrir quién mató a Laura Palmer. Los responsables de esta maravilla audiovisual fueron el genial David Lynch y Mark Frost. Este último también ha desarrollado una sólida carrera literaria con obras tan significativas como La Lista de los Siete, publicada recientemente por Impedimenta, donde, tomando como protagonista a Arthur Conan Doyle —sí, el creador del detective más célebre del mundo, Sherlock Holmes—, nos conduce a un Londres decimonónico poblado de médiums, sociedades secretas que ambicionan el control del mundo, rituales paganos y presencias sobrenaturales, todo atravesado por un gran misterio capaz de poner en riesgo a la monarquía y con invitados tan notorios como Helena Blavatsky y Bram Stoker.

Frost teje hábilmente una trama en la que cada página nos arrastra a una cadena de situaciones en las que Doyle —como será nombrado en adelante— se ve involucrado junto a Jack Sparks, agente al servicio de Su Majestad, quien lo guía en una espiral que lo conduce a explorar el legado sobrenatural de Inglaterra: su mitología ancestral, los rituales paganos y las hermandades secretas. Todo ello para develar un complot cuyo objetivo último es abrir un portal y traer de regreso al mismísimo hijo de Lucifer. Todo comienza en la Navidad de 1884, cuando Doyle es invitado a una sesión espiritista con el fin de demostrar que forma parte de una red de médiums fraudulentos que se aprovechan del dolor ajeno canalizando supuestos mensajes de los difuntos; sin embargo, la velada culmina con el asesinato de dos asistentes y con Doyle huyendo gracias a la ayuda de un misterioso aliado, Sparks, decidido a llegar al fondo del asunto y a encontrar la conexión con una hermandad oscura.

En ese sentido, uno de los mayores aciertos de la obra es la construcción de un Doyle todavía en ciernes: no el autor consagrado que la historia literaria recuerda, sino un médico escéptico, curioso y profundamente racional que, a su pesar, se ve arrastrado a un mundo donde la lógica parece resquebrajarse ante lo inexplicable. Frost explota de manera constante esa tensión, mostrando cómo cada experiencia límite, cada conspiración y cada encuentro con lo oculto va sedimentando en Doyle una forma particular de observar, deducir y narrar la realidad.

Así, el relato puede leerse como una suerte de proto-génesis literaria: todo lo que Doyle presencia —las intrigas, los disfraces, las sociedades clandestinas, los enigmas aparentemente insolubles— funciona como el germen imaginativo de lo que más tarde cristalizará en la figura de Sherlock Holmes. El método, la atención obsesiva al detalle y la necesidad de encontrar una explicación racional incluso ante lo sobrenatural emergen aquí no como rasgos abstractos, sino como respuestas vitales frente al caos que lo rodea.

No obstante, Frost no se limita a una aventura detectivesca con tintes históricos; su apuesta más sugerente reside en la densa atmósfera esotérica que atraviesa toda la obra. El Londres que presenta está impregnado de misticismo finisecular, de sesiones espiritistas, rituales herméticos y doctrinas ocultistas que dialogan con figuras históricas como Helena Blavatsky, cuyo influjo teosófico se filtra en las hermandades y en la cosmovisión sobrenatural que sostiene el conflicto central. A ello se suma una dimensión simbólica que puede leerse en clave de tradición esotérica occidental, cercana a los imaginarios que más tarde desarrollarían autoras ocultistas como Dion Fortune, donde magia, espiritualidad y poder se entrelazan con estructuras secretas que operan desde las sombras.

De este modo, La Lista de los Siete articula una doble genealogía: por un lado, la del escritor que está por nacer; por otro, la de un universo oculto que desafía las certezas positivistas de la época victoriana. Entre persecuciones, revelaciones y conspiraciones arcanas, Doyle no solo investiga un complot sobrenatural, sino que, sin saberlo, está reuniendo el material simbólico, intelectual y emocional que dará forma al detective más célebre de la literatura. Frost convierte así la aventura en un mito de origen: el tránsito de un médico racional hacia el narrador que, años después, transformará el misterio en método y la experiencia en ficción, en una operación narrativa que dialoga, además, con su propia concepción del misterio como estructura central del relato.

jueves, 5 de febrero de 2026

Genialidad técnica y compromiso político: una relectura de Leni Riefenstahl

 

Cuando se habla de propaganda, especialmente en el periodo de entreguerras, resulta inevitable citar el ejemplo del nacionalsocialismo y su vasta maquinaria mediática, que incluía la prensa, la radio, la recién desarrollada televisión y, por supuesto, el cine. Una de las películas que causó mayor impacto —tanto por su temática como por su realización técnica— fue El triunfo de la voluntad (1934), en la que se detalla la llegada de Adolf Hitler a un mitin en el recién construido estadio de Núremberg.

La responsable de esta pieza audiovisual fue Leni Riefenstahl, actriz y directora de cine que ya contaba con una obra destacada titulada La luz azul. Mediante diversas técnicas de filmación, como el uso de grúas y travellings, Riefenstahl desarrolló una producción que se convertiría en un hito en la historia del cine, aunque profundamente cuestionable por su contenido ideológico. Quizá una de las preguntas que la propia directora se haría sería: ¿cómo será recordada? La persecución mediática que enfrentó durante el resto de su vida dio lugar a múltiples interrogantes en torno a su vínculo con los ideales nazis, su cercanía con Hitler y su conocimiento de las atrocidades cometidas por el régimen, en especial el exterminio de la población judía. Estas acusaciones fueron siempre negadas por Riefenstahl, quien sostuvo que su postura respondía más a una visión artística que a un interés político.

¿Quién miente? ¿Se confabularon la prensa, la televisión y la radio para difamar a una gran cineasta, o fue ella misma quien construyó un relato conveniente? ¿Por qué adherirse al ideal político dominante en su época? ¿Acaso influyeron en ello su espíritu competitivo o su relación con su padre?

En 2016, los herederos de Riefenstahl cedieron su patrimonio a la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano. Este incluía más de siete mil cajas con guiones, cartas, notas, fragmentos de películas, fotografías, grabaciones privadas en Super 8, cintas de casete con conversaciones telefónicas y varios borradores de sus memorias, todo ello en un estado caótico. La periodista Sandra Maischberger ofreció a la fundación la elaboración de un inventario detallado del material; a cambio, obtuvo permiso para utilizarlo en la producción de un documental.

En 2018, el documentalista Andres Veiel se sumó al proyecto junto a su equipo de editores y el camarógrafo Toby Cornish. A partir de este vasto acervo, el director buscó completar las lagunas del autorretrato que Riefenstahl había construido durante décadas mediante la incorporación de fuentes externas. Un ejemplo revelador es la afirmación reiterada por la cineasta de que nunca había leído Mi lucha, de Adolf Hitler, contradicha por una entrevista publicada en abril de 1934 en el periódico británico Daily Express, en la que aseguraba haber comprado un ejemplar del libro camino al rodaje de La luz azul. Allí declaró: «Después de la primera página, ya soy una nacionalsocialista convencida». Esta entrevista no figura en el archivo organizado por su familia, aunque aún podía consultarse en los registros del periódico en Inglaterra.

El documental no se limita, por tanto, a reconstruir la trayectoria de Riefenstahl, sino que se propone desmontar la narrativa que ella misma cultivó durante décadas: la de una artista apolítica, ajena a los crímenes del régimen que impulsó su carrera. A través del examen minucioso de su archivo personal y la confrontación con fuentes externas, la obra sugiere que la cineasta fue plenamente consciente de las oportunidades que el nacionalsocialismo le ofrecía y que supo beneficiarse de ellas para alcanzar prestigio y reconocimiento. Sin emitir un juicio categórico inmediato, la película construye un retrato complejo que oscila entre la genialidad técnica y la responsabilidad moral.

En términos formales, el documental articula su investigación mediante un uso sistemático del material de archivo, no como simple ilustración histórica, sino como eje discursivo central. Las imágenes filmadas por Riefenstahl son recontextualizadas a través del montaje, que contrapone sus declaraciones tardías con documentos contemporáneos, generando fricciones entre palabra e imagen. Esta estrategia convierte cada plano en un objeto de análisis: lo que antes funcionaba como espectáculo monumental pasa a ser evidencia sometida a escrutinio crítico.

La puesta en escena es sobria y analítica. La voz narrativa evita la grandilocuencia, el montaje mantiene un ritmo contenido y los textos en pantalla ayudan a contextualizar fechas y contradicciones. La banda sonora, utilizada con mesura, refuerza el tono reflexivo, mientras que los silencios invitan al espectador a cuestionar la fiabilidad del testimonio de la cineasta. De este modo, el documental emplea sus recursos formales para desactivar el aura épica de las imágenes propagandísticas y revelar los mecanismos de construcción simbólica que las sustentan.

En conjunto, la obra de Veiel se erige como una investigación rigurosa y necesaria sobre una de las figuras más controvertidas de la historia del cine. Al confrontar el legado cuidadosamente construido por Riefenstahl con documentos olvidados y contradicciones internas, la película obliga a replantear la responsabilidad ética del artista en contextos autoritarios.

Su valor no reside únicamente en la revelación de nuevos materiales, sino en la manera en que estos son organizados para transformar el archivo en argumento cinematográfico. Más que dictar una sentencia definitiva, el documental propone una interrogación incómoda pero indispensable: ¿hasta qué punto puede separarse la innovación artística de la complicidad política? En ese cruce entre virtuosismo técnico y ambigüedad moral se sitúa el legado de Riefenstahl, y es precisamente allí donde la película encuentra su mayor fuerza crítica.

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