domingo, 16 de agosto de 2026

¿Qué es lo que pasa al Final de la Calle Oak?


¿Existen las narrativas arriesgadas en tiempos de historias precocinadas para alimentar las fauces del megalómano streaming? Tal vez no lo parezca, pero el tiempo se ha convertido en el recurso más valioso y, por ende, en nuestra posesión más preciada. Muy pocos están dispuestos a arriesgarlo y prefieren ir a lo seguro: historias reconocibles, estructuras conocidas, personajes que podemos identificar antes incluso de que terminen de presentarse.

David Robert Mitchell parece pertenecer a esa clase de directores forajidos que todavía no le temen al riesgo y que, en lugar de entregar una historia diseñada para satisfacer nuestras expectativas, prefieren ponerlas en crisis. En su nueva película, El Final de la Calle Oak, propone una narración plagada de giros de tuerca, pero cuyo verdadero mérito está en la construcción de sus personajes y en la paciencia con la que decide revelar aquello que se esconde detrás de la aparente normalidad.

Sus primeros compases nos remiten a esa edulcorada hauntología de los vecindarios estadounidenses de los años ochenta del siglo XX: parrilladas familiares, colores pastel, jardines perfectamente cuidados y música pop escapando de grabadoras y cassettes. Todo parece pertenecer a un pasado cuidadosamente reconstruido, casi como si estuviéramos frente a una memoria que alguien hubiese conservado dentro de una caja.

Puede que esta mirada hacia atrás parezca, en principio, demasiado prolongada. Sin embargo, esa exposición resulta necesaria para lo que ocurrirá más adelante. Mitchell necesita que habitemos ese mundo, que reconozcamos sus códigos y, sobre todo, que confiemos en su aparente tranquilidad. Porque es precisamente allí donde comienza a operar la película: en el momento en que aquello que parecía familiar empieza a revelar pequeñas anomalías.

La película no oculta sus deudas con Spielberg y, de hecho, parece exhibirlas con cierta delectación. Hay algo del Spielberg de E.T., de Jurassic Park y de ese particular cine de suburbio donde lo extraordinario irrumpe en medio de familias aparentemente ordinarias. Pero aquí aparece una diferencia fundamental: Mitchell parece preguntarse qué ocurriría si esa familia promedio, ese ciudadano norteamericano que durante décadas fue presentado como capaz de enfrentar cualquier amenaza, se encontrara realmente frente a algo para lo cual no existe manual de instrucciones.

Porque una cosa es descubrir un dinosaurio en un parque temático y otra muy distinta encontrárselo en el jardín de la casa. El suburbio deja entonces de ser el refugio de la normalidad y se convierte en una trampa. El padre de familia, acostumbrado a desempeñar el papel de proveedor y protector, descubre que ninguna de las habilidades que le garantizan su lugar dentro de la estructura doméstica sirve demasiado cuando aquello que aparece frente a él no puede ser nombrado, comprendido ni controlado.

En este sentido, los guiños a Carl Sagan y a toda esa tradición de la ciencia popular norteamericana resultan particularmente sugerentes. Los portales, los experimentos alienígenas, las instalaciones de contención y la posibilidad de acceder a otros espacios parecen pertenecer inicialmente al terreno de la ciencia ficción más reconocible. Sin embargo, Mitchell introduce una pequeña pero importante torsión: la ciencia no aparece aquí como el instrumento que nos permitirá comprender lo desconocido, sino como aquello que quizá ha abierto la puerta hacia algo que todavía no estamos preparados para comprender.

Y mientras el exterior comienza a desmoronarse, dentro de la casa ocurre otra transformación. La película parece utilizar la familia como una pequeña maqueta de la sociedad norteamericana de los años ochenta. El padre debe ser el proveedor, el hombre que trabaja, sostiene la casa y garantiza la seguridad de los suyos; la madre, por su parte, ocupa el espacio doméstico y administra una vida que parece haber sido diseñada para ella antes incluso de que pudiera decidir qué quería hacer con ella.

Pero esta madre quiere escribir.

Y ese deseo aparentemente pequeño adquiere una dimensión mucho mayor cuando se coloca junto a todo lo que está ocurriendo. Mientras el padre intenta conservar la estructura familiar que conoce, ella empieza a imaginar una vida distinta. No quiere únicamente sobrevivir a la amenaza: quiere sobrevivir también al personaje que su época ha construido para ella. La escritura se convierte así en una forma de fuga, en otro tipo de portal.

Tal vez por eso la película resulta más interesante cuando deja de ser una historia sobre aquello que ha aparecido fuera de la casa y comienza a hablar de aquello que ya estaba allí dentro. El verdadero elemento extraño no es solamente el monstruo, el portal o el experimento alienígena. También lo es la posibilidad de que una familia aparentemente normal deje de comportarse de acuerdo con las reglas que durante décadas definieron qué debía ser un padre, qué debía ser una madre y qué significaba tener una vida exitosa en los suburbios norteamericanos.

Mitchell toma entonces el imaginario spielbergiano y parece preguntarse qué sucedería si lo observáramos desde el presente. Los mismos colores pastel, los mismos vecindarios, los mismos niños, los mismos padres y las mismas promesas de futuro siguen allí. Solo que algo ha cambiado. Ya no estamos completamente seguros de que ese mundo haya sido alguna vez tan seguro como las películas nos hicieron creer.

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