¿Existen las narrativas arriesgadas en tiempos de historias precocinadas para alimentar las fauces del megalómano streaming? Tal vez no lo parezca, pero el tiempo se ha convertido en el recurso más valioso y, por ende, en nuestra posesión más preciada. Muy pocos están dispuestos a arriesgarlo y prefieren ir a lo seguro: historias reconocibles, estructuras conocidas, personajes que podemos identificar antes incluso de que terminen de presentarse.
David Robert Mitchell parece pertenecer a esa clase de directores forajidos que todavía no le temen al riesgo y que, en lugar de entregar una historia diseñada para satisfacer nuestras expectativas, prefieren ponerlas en crisis. En su nueva película, El Final de la Calle Oak, propone una narración plagada de giros de tuerca, pero cuyo verdadero mérito está en la construcción de sus personajes y en la paciencia con la que decide revelar aquello que se esconde detrás de la aparente normalidad.
Sus primeros compases nos remiten a esa
edulcorada hauntología de los vecindarios estadounidenses de los años ochenta
del siglo XX: parrilladas familiares, colores pastel, jardines perfectamente
cuidados y música pop escapando de grabadoras y cassettes. Todo parece
pertenecer a un pasado cuidadosamente reconstruido, casi como si estuviéramos
frente a una memoria que alguien hubiese conservado dentro de una caja.
Puede que esta mirada hacia atrás parezca, en
principio, demasiado prolongada. Sin embargo, esa exposición resulta necesaria
para lo que ocurrirá más adelante. Mitchell necesita que habitemos ese mundo,
que reconozcamos sus códigos y, sobre todo, que confiemos en su aparente
tranquilidad. Porque es precisamente allí donde comienza a operar la película:
en el momento en que aquello que parecía familiar empieza a revelar pequeñas
anomalías.
La película no oculta sus deudas con Spielberg y, de hecho, parece
exhibirlas con cierta delectación. Hay algo del Spielberg de E.T., de Jurassic
Park y de ese particular cine de suburbio donde lo extraordinario irrumpe
en medio de familias aparentemente ordinarias. Pero aquí aparece una diferencia
fundamental: Mitchell parece preguntarse qué ocurriría si esa familia promedio,
ese ciudadano norteamericano que durante décadas fue presentado como capaz de
enfrentar cualquier amenaza, se encontrara realmente frente a algo para lo cual
no existe manual de instrucciones.
En este sentido, los guiños a Carl Sagan y a toda esa tradición de la
ciencia popular norteamericana resultan particularmente sugerentes. Los
portales, los experimentos alienígenas, las instalaciones de contención y la
posibilidad de acceder a otros espacios parecen pertenecer inicialmente al
terreno de la ciencia ficción más reconocible. Sin embargo, Mitchell introduce
una pequeña pero importante torsión: la ciencia no aparece aquí como el
instrumento que nos permitirá comprender lo desconocido, sino como aquello que
quizá ha abierto la puerta hacia algo que todavía no estamos preparados para
comprender.
Pero esta madre quiere escribir.
Y ese deseo aparentemente pequeño adquiere una dimensión mucho mayor cuando
se coloca junto a todo lo que está ocurriendo. Mientras el padre intenta
conservar la estructura familiar que conoce, ella empieza a imaginar una vida
distinta. No quiere únicamente sobrevivir a la amenaza: quiere sobrevivir
también al personaje que su época ha construido para ella. La escritura se
convierte así en una forma de fuga, en otro tipo de portal.
Tal vez por eso la película resulta más interesante cuando deja de ser una
historia sobre aquello que ha aparecido fuera de la casa y comienza a hablar de
aquello que ya estaba allí dentro. El verdadero elemento extraño no es
solamente el monstruo, el portal o el experimento alienígena. También lo es la
posibilidad de que una familia aparentemente normal deje de comportarse de
acuerdo con las reglas que durante décadas definieron qué debía ser un padre,
qué debía ser una madre y qué significaba tener una vida exitosa en los
suburbios norteamericanos.
Mitchell toma entonces el imaginario spielbergiano y parece preguntarse qué sucedería si lo observáramos desde el presente. Los mismos colores pastel, los mismos vecindarios, los mismos niños, los mismos padres y las mismas promesas de futuro siguen allí. Solo que algo ha cambiado. Ya no estamos completamente seguros de que ese mundo haya sido alguna vez tan seguro como las películas nos hicieron creer.
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