lunes, 30 de marzo de 2026

Futuros caribeños entre lo místico y lo político: La Mucama de Ominculé, Rita Indiana (2015)

Después de mucho tiempo en el anaquel, me animé a leer La mucama de Omicunlé, de la escritora y artista dominicana Rita Indiana (1977-). La novela resulta una grata sorpresa: una apropiación de la ciencia ficción que no solo está bien articulada con la cultura caribeña, sino que además construye un complejo palimpsesto de la sociedad dominicana y sus estructuras de poder.

Indiana despliega un universo narrativo donde convergen la espiritualidad yoruba, la música, el arte y una imaginación futurista que se aleja de los moldes tradicionales del género. La presencia de anémonas sagradas, los cambios de sexo y el uso de sustancias que expanden la percepción no funcionan como simples recursos exóticos, sino como dispositivos que permiten explorar la identidad, el cuerpo y la relación entre lo humano y su entorno. En este sentido, la novela propone una visión donde lo místico y lo tecnológico coexisten, desdibujando las fronteras entre pasado, presente y futuro.

Uno de los ejes más potentes del texto es su preocupación ecológica. A través de su trama, Indiana plantea una crítica directa al turismo irresponsable y a la explotación de los recursos marinos, especialmente la destrucción de los corales. Sin caer en el didactismo, la autora construye una narrativa donde la ciencia ficción se convierte en un espacio de resistencia y reparación, imaginando alternativas frente al deterioro ambiental de la isla.

Asimismo, la obra destaca por su lenguaje vibrante y su ritmo narrativo, que dialoga con la tradición oral caribeña y con las sonoridades de la música popular. No es casual que Indiana también haya incursionado en la música, reinventando el merengue con letras atravesadas por imaginarios de ciencia ficción. Esta dimensión musical se filtra en la novela, dotándola de una cadencia particular que intensifica la experiencia de lectura.

En conjunto, La mucama de Omicunlé es una obra que desafía categorías: es ciencia ficción, pero también es crítica social, exploración espiritual y manifiesto ecológico. Rita Indiana logra construir un relato audaz y profundamente original, que amplía los límites del género desde una perspectiva caribeña, demostrando que otros futuros —más híbridos, más críticos y más enraizados en lo local— son posibles.

domingo, 22 de marzo de 2026

El proyecto Virgen del Agarradero... una reseña de Proyecto Hail Mary de Phil Lord y Christopher Miller

 

Si hay una palabra que define la obra de Andy Weir, esa es cooperación. En su primera novela, The Martian (conocida en español como Misión Rescate), ya proponía cómo los gobiernos de Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea crean una coalición para salvar la vida de Mark Watney, un xenobiólogo que, además de ser el primer humano en caminar sobre Marte, queda varado allí.

Se trata, quizás, de una relectura de Robinson Crusoe, donde más que colonizar, el protagonista es colonizado por la sensación de abandono: sobrevive cultivando sus propias papas y escuchando horas de música disco, hasta que recibe la noticia que lo cambia todo: lo van a rescatar. En la vida real, esto probablemente no ocurriría, pero, al fin y al cabo, es ciencia con altas dosis de ficción.

Weir vuelve a la carga —esta vez con una clara vocación cinematográfica— en la adaptación de su novela Project Hail Mary (Proyecto Salvación o Proyecto Fin del Mundo). Nuevamente, la cooperación entre gobiernos se convierte en el eje central ante una amenaza existencial: nuestro Sol podría estar muriendo.

El descubrimiento de unas misteriosas manchas solares que se expanden y atenúan la energía conduce a una investigación cuyo rastro apunta hacia Venus, dejando una línea conocida como la “Línea Petrova”. Ante esta situación, el gobierno recluta al biólogo molecular Ryland Grace para identificar la naturaleza de esta amenaza y encontrar una forma de debilitarla.

Sin embargo, Weir emplea aquí una estrategia narrativa distinta: el protagonista sufre amnesia tras un coma inducido de manera forzada. Esto genera en el lector una constante sensación de incertidumbre, mientras va reconstruyendo la identidad de Grace a través del desbloqueo gradual de sus recuerdos. Este proceso lo llevará, además, a un encuentro con una especie completamente distinta a los extraterrestres tradicionales que popularizó Star Trek.

Esta puesta en escena fílmica es llevada a cabo por Drew Goddard en el guion, y por Phil Lord y Christopher Miller —los responsables del aclamado Spiderverso animado— en la dirección.

Lo difícil de toda adaptación es satisfacer tanto a lectores como a espectadores: algo que no siempre se logra o que rara vez resulta perfecto. Sin embargo, en este caso consiguen un balance notable entre el humor, la emotividad y los momentos de tensión, dosificados de tal manera que el espectador no percibe el peso de sus casi tres horas y media de duración. Se trata de un viaje espacial que supera con creces a otras producciones, precisamente porque en un formato más breve no habría sido posible desarrollar la historia con la misma profundidad.

Es, además, una misión de ida sin regreso, que lleva a este científico —una suerte de rebelde accidental— a transformarse en alguien que finalmente encuentra una motivación para cambiar su vida y convertirse en la última esperanza de la humanidad. Y sí, por si no lo sabían, la expresión Hail Mary hace referencia a ese recurso desesperado de último momento que puede conducir a la victoria: aquí vendría a ser algo así como un “Ave María”… aunque, en clave más criolla, podríamos decir: “Virgen del agarradero, llévame a mí primero”.

En resumen, es una experiencia fílmica que te mantiene atento al próximo horizonte de eventos y que, además, construye una amistad basada en un verdadero intercambio cultural entre especies que tal vez ni Carl Sagan ni Frank Drake hubieran imaginado. Muy recomendada; además, es child-friendly, es decir, apta para toda la familia.

viernes, 20 de marzo de 2026

Fragmentación y desorden en la modernidad: una lectura de V.

 

El mercado editorial ofrece una plétora de opciones con las cuales pasar el tiempo: algunas amenas y sencillas, otras inquietantes y entretenidas, y otras, finalmente, complejas y desafiantes. Sin duda, la obra de Thomas Pynchon pertenece a esta última categoría. Se trata de un autor que encontró en la literatura una forma de experimentación radical, convirtiendo la novela en un artefacto donde el lenguaje opera como un dispositivo refinado que extrapola el presente, valiéndose de la ficción, el absurdo y una dosis constante de caos que refleja —y a la vez deforma— la realidad. El turno es, en esta ocasión, para V. (1963), su primera novela.

V. desafía cualquier intento de lectura lineal o interpretación unívoca. A través de una estructura fragmentaria y de múltiples líneas narrativas, la obra propone una reflexión profunda sobre la entropía como principio organizador —o, más precisamente, desorganizador— de la experiencia moderna. Más que contar una historia, Pynchon construye un sistema en el que tanto los personajes como la historia misma parecen tender inevitablemente hacia la dispersión, el caos y la pérdida de sentido.

En este contexto, la figura de “V.” no debe entenderse como un personaje en sentido tradicional, sino como un proceso. Aunque en distintos momentos parece encarnarse en mujeres concretas o en episodios históricos específicos, “V.” funciona finalmente como una etiqueta provisional: un intento humano de nombrar y dar coherencia a una fuerza mucho más amplia e inasible. Dicha fuerza está íntimamente ligada al progreso moderno, entendido no como avance ordenado, sino como un fenómeno que acelera la deshumanización, la mecanización de la vida y la fragmentación de la identidad. Así, “V.” es menos una entidad que un síntoma: la huella de un proceso histórico que transforma lo humano en objeto y lo significativo en residuo.

La novela articula esta visión a través de dos ejes narrativos principales: la búsqueda obsesiva de Herbert Stencil y la deriva pasiva de Benny Profane. Ambos encarnan respuestas opuestas, pero igualmente insuficientes, frente a la entropía. Stencil intenta imponer orden al caos mediante la reconstrucción del pasado; sin embargo, su investigación no hace más que multiplicar las versiones y profundizar la incertidumbre. Profane, por su parte, adopta una postura casi inercial, dejándose arrastrar por los acontecimientos sin aspirar a comprenderlos. En ambos casos, Pynchon sugiere que el sujeto moderno está atrapado entre la imposibilidad de conocer y la imposibilidad de actuar con sentido.

Uno de los aspectos más notables de la novela es su tono, que oscila constantemente entre la parodia y la seriedad. Pynchon recurre al humor absurdo, la exageración y la sátira —como se evidencia en episodios aparentemente ridículos o en personajes caricaturescos—, pero este registro cómico no anula la densidad filosófica de la obra. Por el contrario, la parodia funciona como un mecanismo crítico: al llevar ciertas lógicas culturales, artísticas e históricas al extremo, revela su vacío y su arbitrariedad. Este juego tonal permite que la novela sea simultáneamente lúdica y profundamente inquietante.

En última instancia, V. plantea una tesis incómoda: la modernidad, lejos de organizar el mundo, ha intensificado su desintegración. La entropía no es solo una metáfora, sino una condición estructural que atraviesa todos los niveles de la experiencia, desde la historia global hasta la subjetividad individual. En este sentido, la novela no ofrece respuestas ni resoluciones, sino que obliga al lector a confrontar un universo donde el significado es siempre provisional y donde cualquier intento de orden está condenado a diluirse en el ruido del sistema.

martes, 10 de marzo de 2026

La herejía del fotograma: una reseña de Parpadeo de Theodore Roszak (Ed. Pálido Fuego)

 

Theodore Roszak

En Parpadeo, la monumental novela del profesor y crítico Theodore Roszak (1933-2011), la cinefilia no es solo una pasión estética: es el punto de partida de una conspiración. Su protagonista, Johnatan Gates, comienza como un espectador devoto del cine europeo clásico y termina convertido en un investigador obsesivo que cree haber encontrado, en el interior mismo del lenguaje cinematográfico, la huella de una verdad secreta. A lo largo de 745 páginas, publicadas por la editorial Pálido Fuego, la novela se despliega como una curiosa mezcla de ensayo sobre historia del cine, relato de iniciación intelectual y thriller metafísico.

Durante buena parte de su extensión, la novela funciona como una suerte de historiografía apasionada del cine del siglo XX. Gates recorre con entusiasmo la nouvelle vague, el neorrealismo italiano y la edad dorada de Hollywood, y en ese trayecto la novela despliega su faceta más convincente: la de un ensayo narrado donde la erudición cinéfila se vuelve parte de la trama. Hay aquí un evidente placer por el detalle, por la genealogía estética, por el modo en que las películas dialogan entre sí a lo largo de las décadas.

El punto de inflexión llega cuando Gates descubre la obra de un supuesto cineasta alemán, Max Castle. Sus películas introducen una perturbación que la novela intenta convertir en revelación teórica: lo verdaderamente importante del cine no ocurre en la imagen, sino en el intervalo entre imágenes. Ese intersticio —el “parpadeo”— sería una técnica capaz de inocular mensajes subliminales que no buscan vender productos ni manipular conductas, sino mantener viva una antigua tradición religiosa vinculada con los cátaros y los caballeros de Malta.

El lector también puede reconocer ecos de ficciones obsesivas como La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, donde el análisis de una obra audiovisual deriva en una experiencia casi metafísica, o del vértigo erudito de El péndulo de Foucault de Umberto Eco, con su maquinaria de conspiraciones intelectuales que acaban devorando a quienes las imaginan. Incluso la idea de que el cine oculta una dimensión secreta remite inevitablemente al misterio central de Mulholland Drive de David Lynch, donde la lógica narrativa se fractura y la imagen parece esconder algo que nunca termina de revelarse.

La idea del “parpadeo” es, en sí misma, una intuición brillante: una metáfora sobre el cine entendida desde su materialidad más básica, ese instante oscuro que separa dos imágenes y que el espectador nunca percibe conscientemente. En sus mejores momentos, la novela convierte esa intuición en una reflexión sugestiva sobre la naturaleza de la mirada y sobre la facilidad con que la cinefilia puede transformarse en una forma de fe.

Pero Parpadeo también padece el peso de su propia ambición. A medida que la trama avanza, la acumulación de referencias históricas, teológicas y cinematográficas termina por diluir parte de la tensión narrativa. La conspiración se vuelve cada vez más barroca, y el impulso ensayístico —que al inicio resulta estimulante— acaba por ralentizar el relato.

Y, sin embargo, es precisamente esa desmesura lo que vuelve a la novela memorable. Parpadeo no es una lectura ligera ni siempre disciplinada, pero sí una obra fascinante para lectores que disfrutan perderse en los laberintos de la cultura y la interpretación. Más que una novela sobre cine, es una novela sobre lo que ocurre cuando mirar películas deja de ser un placer estético y se convierte en una obsesión hermenéutica.

Recomendarla depende, en última instancia, del tipo de lector. Quienes busquen una narración ágil probablemente se sentirán abrumados por su densidad. Pero para el lector cinéfilo —ese que sospecha que las películas esconden siempre algo más de lo que muestran— Parpadeo puede convertirse en una experiencia tan inquietante como adictiva: un recordatorio de que el verdadero misterio del cine quizá no está en las imágenes, sino en la oscuridad que las separa.

 

domingo, 8 de marzo de 2026

La novia toma la palabra: Maggie Gyllenhaal convierte el mito de Frankenstein en una fábula sobre la batalla de los sexos

Hay películas que adaptan un mito y otras que lo discuten. La nueva propuesta de Maggie Gyllenhaal pertenece claramente al segundo grupo. Desde su primer gesto —un logo de Warner que se hunde en la oscuridad— anunciando su intención de apartarse del relato tradicional para explorar aquello que siempre quedó fuera de campo: la historia de la novia. Así, el universo de Frankenstein se traslada a los convulsos años treinta, entre mafias, contrabando y la vida nocturna de un país que parece tan inestable como los personajes que lo habitan.

La propia Mary inaugura el relato con una confesión: «Escribí Frankenstein para ganar una apuesta —la que hice con Lord Byron una noche de tormenta en 1818—, pero esta es la historia que verdaderamente habría querido contar si no hubiera muerto antes». A partir de ese gesto metanarrativo, la puesta en escena adopta un montaje de pulsación rítmica donde el marcado contraste de luces y sombras —heredero directo del expresionismo— se enfrenta al cromatismo excesivo de los clubes nocturnos. Allí encontramos a Aida, interpretada por Jessie Buckley, una mujer que parece desplazada del mundo que la rodea, como si su propia presencia anunciara la grieta que la narradora tanto esperaba.

En paralelo aparece Frankenstein, encarnado por Christian Bale con una contención casi metódica. Su llegada a Chicago responde a una necesidad que oscila entre lo afectivo y lo patológico: encontrar a un científico capaz de devolver a la vida el cuerpo de una mujer que pueda convertirse en su compañera. La sorpresa llega cuando ese científico resulta ser Cornelia Euphronious, figura que subvierte de inmediato la lógica masculina del relato. Será ella quien devuelva a Aida a la vida y la transforme en la Novia, no como simple objeto de compañía, sino como una figura que encarna la posibilidad de una emancipación frente a la violencia posesiva de los hombres.

En lo formal, Maggie Gyllenhaal construye un híbrido estilístico que combina la estética del expresionismo alemán con resonancias del imaginario criminal de los años de la Gran Depresión. Hay algo del mito romántico de Bonnie y Clyde en la deriva de esta pareja monstruosa, pero también del cine de gangsters que convirtió el contrabando y la vida nocturna en el telón de fondo moral de toda una época. Sin embargo, la directora decide concentrar el peso dramático casi exclusivamente en la relación central, relegando a un segundo plano subtramas como la del cantante de musicales Ronnie Reed —una suerte de eco de Fred Astaire— o la investigación policial que vincula a la detective Myrna Malloy (Penélope Cruz) con el detective Jake Wiles (Peter Sarsgaard). Estos hilos narrativos intentan expandir el universo del relato, aunque nunca logran competir con la fuerza simbólica de la pareja protagonista.

Es en esa tensión donde la película encuentra su verdadero campo de batalla. Bajo la superficie de su relato gótico y criminal, La Novia termina por convertirse en una alegoría contemporánea sobre una disputa tan antigua como persistente: la batalla de los sexos.


La IA no es el problema (somos nosotros), reseña de "Buena suerte, diviértete y no mueras" de Gore Verbinski

  Al parecer, el cine sigue recurriendo a la idea de que el futuro puede corregirse enviando emisarios al pasado. Lo hicieron antes James Co...