¿Hasta dónde los escritores, dibujantes y cineastas no inventan historias,
sino que las recuerdan? Durante décadas, investigadores de la creatividad han
intentado explicar el origen del ingenio artístico mediante teorías
psicológicas, sociológicas o estéticas. Todas coinciden en que una obra es el
resultado de múltiples influencias culturales, políticas y económicas. Sin
embargo, desde hace algunos años he comenzado a considerar una hipótesis
distinta, una que pertenece más al territorio de la especulación que al de la
ciencia: los narradores no crean mundos; recuerdan episodios de otras
existencias.
Desde luego, la pseudociencia no ofrece fundamento verificable para una idea
semejante. Permanecería en el mismo estante que tantas hipótesis extravagantes
que circulan entre blogs, artículos marginales y viejos fanzines. Pero
precisamente allí reside su potencia narrativa. ¿Y si cada historia fuera el
eco de una memoria olvidada? ¿Y si cada novela, cómic o película no fuera una
invención, sino el registro fragmentario de una línea temporal diferente? En
ese escenario, todos poseeríamos la capacidad de recuperar experiencias de
nuestros otros "yo", fractales de una conciencia que vive múltiples
posibilidades al mismo tiempo.
| Gareth Edwards |
Los primeros minutos presentan una humanidad que desarrolla inteligencias
artificiales capaces de integrarse plenamente en la vida cotidiana. Como ha
ocurrido con casi toda revolución tecnológica, la fascinación inicial termina
transformándose en miedo: las máquinas comienzan a ocupar espacios
tradicionalmente humanos y el temor a la sustitución desemboca en una respuesta
política y militar. La tecnología deja de ser una herramienta para convertirse
en un enemigo.
Resulta imposible no pensar en el presente. En 2022 las inteligencias
artificiales generativas se masificaron y pusieron al alcance del público
herramientas que hasta entonces parecían reservadas para laboratorios
especializados. De repente, cualquier persona podía producir ilustraciones,
textos o composiciones musicales en cuestión de segundos. El entusiasmo
convivió desde el primer momento con la ansiedad: ¿desaparecerán los artistas?,
¿seguirá existiendo el trabajo creativo?, ¿qué significa crear cuando una
máquina también puede hacerlo? The Creator recoge ese temor colectivo
y lo proyecta hacia el futuro, construyendo una guerra donde el verdadero
enemigo nunca son las máquinas, sino el miedo humano frente a aquello que ya no
puede controlar.
La estación orbital NOMAD sintetiza esa lógica. Suspendida sobre el planeta como un dios mecánico, observa, identifica y destruye objetivos desde una distancia segura. No combate; administra la muerte. Su presencia recuerda que el poder contemporáneo ya no necesita ocupar físicamente un territorio para dominarlo: basta con controlar el cielo, la información y la capacidad de intervenir en cualquier momento. La guerra deja de ser un enfrentamiento entre iguales y se convierte en una operación tecnológica donde un adversario posee la capacidad de decidir quién vive y quién desaparece.
Sin embargo, Edwards subvierte el relato clásico de la ciencia ficción.
Durante décadas el cine nos enseñó a desconfiar de las máquinas. Desde The
Terminator hasta The Matrix, la inteligencia artificial aparecía
como la amenaza definitiva para la humanidad. En The Creator ocurre
exactamente lo contrario: el verdadero monstruo no es la máquina, sino la
incapacidad humana para reconocer vida donde no encuentra un reflejo de sí
misma.
Los androides sienten duelo, establecen vínculos familiares, practican
rituales religiosos y desarrollan afectos que resultan indistinguibles de los
nuestros. Paradójicamente, quienes actúan de manera mecánica son los soldados y
los estrategas militares, entrenados para obedecer protocolos que reducen
cualquier forma de diferencia a un objetivo legítimo. Edwards invierte la
ecuación moral: las máquinas aprenden a ser humanas mientras los humanos
perfeccionan el arte de comportarse como máquinas.
Quizá por eso la película llegó en un momento tan particular. Mientras el
mundo discutía la expansión de las inteligencias artificiales generativas y los
artistas temían ser reemplazados por algoritmos, The Creator planteaba
una pregunta mucho más incómoda: ¿y si el problema nunca hubiera sido la
inteligencia artificial? ¿Y si el verdadero peligro fuera nuestra tendencia a
repetir los mismos mecanismos de exclusión cada vez que aparece una nueva forma
de vida, una nueva tecnología o alteridad? La historia demuestra que siempre
hemos necesitado fabricar un enemigo para justificar nuestros miedos.
Si mi hipótesis inicial tiene algo de cierto, Gareth Edwards no filmó una
predicción. Recordó una guerra que todavía no ocurre y, al hacerlo, descubrió
que se parece demasiado a todas las guerras que ya hemos vivido. Quizá la
ciencia ficción no sea un género que imagine el futuro, sino un dispositivo
para recordar aquello que la humanidad insiste en repetir.