Si una idea es creída por una enorme cantidad de personas, puede llegar a
convertirse en una realidad. Desde hace mucho tiempo, los seres humanos han
sido regulados por un conjunto de narrativas que mantienen el frágil equilibrio
sobre el que se construyen las sociedades. Al fin y al cabo, un país no es
solamente un territorio: también es una ficción compartida.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos crean el Departamento
de la Verdad, una agencia encargada de controlar las narrativas,
investigar su origen y determinar el impacto que pueden tener sobre la
sociedad. Para conocer los secretos de esta institución necesitamos a alguien
acostumbrado a moverse entre conspiraciones: Nathan Cole,
agente del FBI y especialista en teorías conspirativas, quien es reclutado por
el Departamento después de sobrevivir a uno de sus primeros experimentos
narrativos: el misterioso hombre con un pentagrama marcado en el rostro.
Pero hay algo todavía más extraño. Su jefe es Lee Harvey Oswald,
el hombre que la historia recuerda como el asesino de John F. Kennedy. Sin
embargo, en el universo del cómic, el asesinato del presidente no fue
exactamente lo que creemos. Oswald tenía otra misión: participar en una
operación destinada a demostrar hasta dónde puede llegar el poder de una
ficción cuando consigue instalarse en la conciencia colectiva de una nación.
Pero Nathan Cole pronto descubrirá que el Departamento de la Verdad no es la
única organización interesada en manipular las narrativas. Detrás de buena
parte de los acontecimientos aparece Hawk, una figura
vinculada al ocultismo de Aleister Crowley y a una tradición mucho más antigua
relacionada con Babalon, la Mujer Escarlata. En este punto, el
cómic comienza a mezclar conspiración, ocultismo y teoría narrativa para
plantear una posibilidad todavía más perturbadora: quizá las ficciones no
solamente sirven para modificar la realidad; también pueden cobrar vida propia.
La figura de Babalon, la Mujer Escarlata, adquiere entonces
un significado particular. Más que una simple referencia al universo de
Crowley, representa la posibilidad de una ficción completamente desatada, una
entidad narrativa que ya no necesita ser controlada por quienes la inventaron.
Su propósito es accionar el gatillo: provocar el acontecimiento que permita que
una determinada ficción se manifieste en el mundo real.
Esta idea conecta directamente con las teorías de los tulpas
y los egregores, conceptos provenientes de diferentes
tradiciones ocultistas que el cómic utiliza para construir su propia mitología.
Un pensamiento repetido, una creencia compartida o una imagen sostenida durante
suficiente tiempo podría terminar adquiriendo una especie de autonomía. La
ficción deja entonces de ser solamente una representación de algo y comienza a
comportarse como algo que existe.
Pero el Departamento de la Verdad tampoco actúa solo. Frente a él aparece Sombrero
Negro, una organización que opera desde una lógica diferente y que
convierte la guerra por las narrativas en una disputa mucho más amplia. Si el
Departamento pretende controlar las ficciones para preservar determinado orden,
Sombrero Negro parece comprender que el verdadero poder consiste en liberar
esas ficciones y permitir que entren en circulación.
De esta manera, el cómic transforma la clásica batalla entre el bien y el
mal en algo mucho más ambiguo: dos fuerzas enfrentadas por el control
de aquello que una sociedad está dispuesta a creer.
Y ahí es donde la figura de Hawk y toda la tradición de Crowley adquieren
importancia. La Mujer Escarlata, las tulpas y los egregores funcionan como
metáforas de una idea que resulta especialmente inquietante en la época de las
redes sociales, las teorías conspirativas y la desinformación: quizá una
ficción no necesita convertirse en verdad para cambiar el mundo. Solo necesita
encontrar suficientes personas dispuestas a actuar como si lo fuera.
Y quizá la revelación más inquietante de El Departamento
de la Verdad no se encuentra en las conspiraciones, en Crowley, en Babalon
o en las criaturas nacidas de la imaginación colectiva, sino en una pregunta
mucho más cercana: ¿quién decidió cuál sería la historia que todos
nosotros recordaríamos como verdadera?
Frente al Departamento de la Verdad aparece entonces el Ministerio de la Mentira, y con él una idea todavía más perturbadora: la realidad que conocemos podría ser el resultado de una guerra de narrativas en la que solamente una de ellas consiguió sobrevivir. Porque los vencedores no solamente escriben la historia; también determinan qué acontecimientos merecen ser recordados, cuáles deben ser olvidados y qué interpretación debemos aceptar como legítima.
La historia oficial puede ser, en ese sentido, la conspiración más exitosa
de todas: una ficción que ha conseguido borrar las huellas de su propia
fabricación.
El cómic lleva esta idea hasta sus últimas consecuencias. Si una narración
puede modificar la realidad cuando suficientes personas creen en ella, entonces
la historia deja de ser solamente el registro de lo ocurrido y se convierte en
un territorio de disputa. El poder no consiste únicamente en controlar las
armas, los gobiernos o los medios de comunicación. Consiste también en
controlar el relato que permite interpretar todo lo demás.
Tal vez por eso el verdadero Departamento de la Verdad no necesita existir
como una oficina secreta. Puede encontrarse en los archivos, en los monumentos,
en los libros de historia, en los noticieros y en todas aquellas instituciones
que deciden qué debe ser recordado y qué debe desaparecer.
Al final, El Departamento de la Verdad nos
deja frente a una pregunta incómoda: si la historia fue escrita por los
vencedores, ¿cuántas de nuestras verdades no son más que ficciones que tuvieron
la suerte de ganar?