En 2009, el director mexicano Guillermo del Toro y el escritor Chuck Hogan se embarcaron en la escritura de una trilogía de novelas que culminaría en 2011 con The Night Eternal. La primera entrega, The Strain (traducida al español como Nocturna), comienza con el aterrizaje de un Boeing 777 en el aeropuerto JFK de Nueva York. En su interior viaja un misterioso cargamento que pronto se convertirá en una amenaza para la humanidad.
Tras una revisión preliminar, las autoridades solicitan la intervención del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). El equipo Canary, encabezado por el doctor Ephraim Goodweather, epidemiólogo, y conformado por la doctora Nora Martinez y Jim Kent, comienza a investigar lo que parece ser un extraño episodio de mortalidad colectiva. Sin embargo, solamente cuatro pasajeros sobreviven. Entre ellos se encuentran un músico, una abogada, el capitán del avión y un ejecutivo. Lo que Goodweather y su equipo todavía ignoran es que este incidente constituye el primer episodio de una plaga que amenaza con transformar a la humanidad.
Sin duda, estamos ante una reinterpretación del mito de Drácula. Al igual que el conde de Bram Stoker, que abandona Transilvania para extender su influencia sobre Inglaterra, el vampirismo de The Strain encuentra en los desplazamientos internacionales su principal vehículo de propagación. Pero aquí hay una diferencia sustancial: el monstruo ya no necesita viajar oculto en un ataúd dentro de un barco mercante. Ahora puede llegar en un avión comercial, atravesar los controles aeroportuarios y mezclarse con la cotidianidad de una de las ciudades más cosmopolitas del planeta.Del Toro y Hogan recuperan algunos elementos clásicos de la mitología vampírica: una antigua estirpe, un consejo de vampiros ancestrales, libros prohibidos, cazadores, linajes y una lucha milenaria entre depredadores y presas. Sin embargo, introducen una modificación fundamental: el vampirismo adquiere una dimensión biológica. Los vampiros dejan de ser exclusivamente criaturas sobrenaturales para convertirse en organismos parasitarios cuya reproducción depende de la infección, la transformación y la propagación. El horror no está solamente en la posibilidad de morir, sino en perder progresivamente la condición humana y convertirse en un instrumento de contagio.
Esta perspectiva aproxima la serie a una tradición del horror biológico que encuentra en películas como Alien (Ridley Scott, 1979) y The Thing (John Carpenter, 1982) algunos de sus referentes más representativos. En estas historias, el cuerpo humano deja de ser un espacio seguro y se convierte en un territorio susceptible de invasión. La amenaza no viene necesariamente de un monstruo que podamos identificar a simple vista, sino de un organismo capaz de penetrar, modificar y apropiarse de nuestra propia naturaleza. En The Strain, el vampirismo funciona como una infección que reescribe la biología humana: el cuerpo se transforma en vehículo de propagación y el individuo pierde progresivamente su autonomía.
Esta transformación también modifica nuestra percepción del vampiro. El aristócrata seductor, dueño de castillos y envuelto en una atmósfera de misterio, cede su lugar a una criatura grotesca, parasitaria y depredadora. La sangre deja de ser únicamente un símbolo de vitalidad para convertirse en el medio de transmisión de una enfermedad. El vampiro ya no necesita conquistar voluntades mediante la seducción: necesita reproducirse.
En este sentido, Nueva York es mucho más que un escenario. La ciudad, con sus aeropuertos, sistemas de transporte, redes de comunicación, diversidad cultural y enormes concentraciones de población, representa el ecosistema perfecto para una epidemia. La misma infraestructura que permite el intercambio cultural y económico facilita la expansión de la plaga. El aeropuerto JFK funciona como una puerta de entrada al horror globalizado: la amenaza llega a través de los mismos mecanismos que conectan al mundo.
Pero hay otro elemento que merece especial atención: la presencia de Abraham Setrakian. El anciano profesor, sobreviviente del Holocausto y cazador de vampiros, representa la memoria histórica de una amenaza que la sociedad contemporánea ha olvidado. Su conocimiento proviene de una experiencia traumática que lo vincula con el pasado europeo y con una tradición de persecución que parece repetirse bajo nuevas formas. Setrakian funciona como un puente entre el mito antiguo y la catástrofe moderna. Mientras las instituciones científicas intentan comprender el fenómeno desde la epidemiología, él sabe que se encuentran frente a algo mucho más antiguo que cualquier enfermedad conocida. Su figura introduce una dimensión histórica al relato: el monstruo no ha aparecido de repente, simplemente ha encontrado nuevas condiciones para prosperar.
A lo largo de sus cuatro temporadas, la serie desarrolla una transformación narrativa bastante particular. Pasamos de la investigación científica y la búsqueda de explicaciones a la supervivencia, para terminar en una lucha de resistencia contra un régimen totalitario gobernado por los vampiros. Después de la devastación nuclear, Nueva York se convierte en el territorio de un nuevo orden: una sociedad sometida, vigilada y organizada alrededor de las necesidades de sus depredadores. El apocalipsis no representa simplemente la desaparición de la civilización, sino su sustitución por otra estructura de poder.
Aquí el vampirismo adquiere una dimensión política. El Amo no pretende únicamente alimentarse de los seres humanos: busca establecer un sistema de dominación en el que los individuos pierden su voluntad y quedan sometidos a una estructura de obediencia. La transformación biológica se convierte también en una transformación social. La población es clasificada, vigilada y utilizada como recurso. El monstruo deja de ser una amenaza individual para convertirse en un régimen. La ciudad ya no está infestada de vampiros: está gobernada por ellos.
Pero detrás de esta historia de contagios, conspiraciones y dominación existe otro conflicto mucho más íntimo: las relaciones entre padres e hijos.
La relación entre Ephraim Goodweather y su hijo Zach constituye uno de los principales motores dramáticos de la serie. Marcada por el abandono, las ausencias y una familia disfuncional, esta relación se deteriora hasta convertirse en un enfrentamiento que reproduce, en el ámbito familiar, la tragedia que atraviesa la humanidad. Algo semejante ocurre entre el Amo y el Nacido, una relación de filiación atravesada por la dominación, la herencia y el rechazo. En ambos casos, la paternidad se presenta como una forma de transmisión: se heredan nombres, destinos, creencias y, en este universo, incluso monstruosidades.Lo interesante es que estas relaciones no funcionan como simples subtramas familiares. Constituyen una especie de espejo del conflicto central. Mientras Ephraim fracasa repetidamente en su intento de recuperar el vínculo con Zach, el Amo reproduce una relación de autoridad y sometimiento con el Nacido. Ambos modelos de paternidad están atravesados por la incapacidad de construir un vínculo basado en el reconocimiento del otro. La familia, que debería ser un espacio de protección, termina convirtiéndose en otro territorio de disputa.
Aquí aparece una de las contradicciones más interesantes de The Strain. Mientras el Amo busca imponer un orden sustentado en el miedo, la obediencia y la transformación de los seres humanos en criaturas sometidas a su voluntad, la posibilidad de salvar a la humanidad parece encontrarse precisamente en aquello que los vampiros han perdido: la capacidad de amar. El amor, entendido no como un sentimiento romántico, sino como un vínculo de responsabilidad, sacrificio y reconocimiento del otro, se convierte en una fuerza capaz de oponerse a la lógica del parasitismo.
Esta oposición permite interpretar la serie desde una perspectiva que trasciende el relato de terror. Frente a una estructura que convierte a los individuos en organismos intercambiables, la resistencia depende de los vínculos que todavía permiten reconocer al otro como un ser humano. El parasitismo representa la apropiación y la anulación de la voluntad; la solidaridad, por el contrario, representa la posibilidad de preservar la individualidad y construir una comunidad.
Al final, The Strain es una historia de vampiros, pero también una historia sobre la familia, la memoria, la herencia y las consecuencias del abandono. Su mayor acierto consiste en tomar una criatura ampliamente conocida por la cultura popular y devolverle parte de su naturaleza monstruosa, incorporando elementos del horror biológico, el relato epidémico y la ficción distópica.
Del castillo de Transilvania al aeropuerto JFK, de la investigación epidemiológica a la resistencia clandestina, el vampiro ha encontrado una nueva forma de conquistar el mundo. Ya no necesita esconderse de la humanidad: puede infiltrarse en sus instituciones, apropiarse de sus ciudades y convertir sus propias estructuras de supervivencia en mecanismos de dominación.
El resultado es una historia en la que el monstruo no solamente viene a beber nuestra sangre: viene a ocupar nuestro lugar.


















