Entre las ráfagas de las ametralladoras, los tanques y las divisiones
acorazadas se libran guerras que solo pueden ser percibidas por quienes son
capaces de mirar más allá del velo de la realidad. Maxim Cronin, artista
circense y espía del KGB, es retenido por el coronel Glen Aristov, su antiguo
colega y maestro, un experto en control mental capaz de manipular la voluntad y
los recuerdos, y de infiltrarse con extraordinaria habilidad en el territorio
de los sueños.
Aristov somete a Maxim a una especie de borrado de memoria y lo envía a las
minas de Granitniy, un centro de extracción de uranio. Es 1941. Maxim todavía
no lo sabe, pero su destino está ligado a acontecimientos mucho más grandes que
lo conducirán hasta un lugar liminal conocido como El Vado de los Zorros,
situado en algún punto entre la Unión Soviética y Manchuria. Allí convergen las
distintas tramas de la novela alrededor de lo circular y lo liminal: un
territorio suspendido, donde las fronteras entre espacio y tiempo comienzan a
desdibujarse y donde el pasado, el presente y aquello que todavía no ha
ocurrido parecen coexistir.
La búsqueda de Maxim por encontrar a su amada esposa, Yelena, terminará
convirtiéndose también en una búsqueda por comprender la naturaleza del Vado y
aquello que se oculta detrás de él. En el camino aparecerán las investigaciones
del Escuadrón 512 y experimentos como el 103, piezas de una maquinaria secreta
que parece explorar los límites de la mente, la materia y la propia realidad.
Así, El Vado de los Zorros construye su universo sobre la intersección entre
la novela de espionaje, la ciencia ficción, el horror y la fantasía, pero lo
hace desde un territorio particularmente inquietante: aquel en el que la guerra
ya no se libra únicamente entre ejércitos, sino también sobre la percepción, la
memoria y las estructuras mismas de la realidad.
Ana Starobinets, la escritora detrás de este gran relato nos deleita con una
laberíntica novela en la que se entrecruzan la guerra, el esoterismo, la
ciencia y la obsesión con la inmortalidad. Más de 768 páginas repletas de
acciones trepidantes, reflexiones y decisiones llevan a sus protagonistas a
orquestar una compleja coreografía en la que cada personaje —militares,
científicos, espías, sacerdotes y agentes de inteligencia— ocupa una pieza
dentro de un mecanismo mucho más grande que ellos mismos.
Starobinets demuestra en esta novela una gran maestría para relatar,
apoyándose en una extensa investigación, los acontecimientos que entrelazan la
guerra con antiguas tradiciones mágico-rituales. La novela establece conexiones
entre estos acontecimientos y el ejército de terracota, así como con la leyenda
del emperador chino que habría sido envenenado con mercurio en su búsqueda de
la vida eterna. Una obsesión que, lejos de pertenecer únicamente al mundo
antiguo, reaparece aquí como una de las grandes promesas de la modernidad:
vencer los límites del cuerpo y conquistar la inmortalidad mediante la ciencia,
la tecnología y el conocimiento.
Pero Starobinets introduce una tensión particularmente interesante al
enfrentar esta promesa moderna con la dimensión religiosa. Allí donde la
ciencia pretende prolongar indefinidamente la existencia, la fe plantea otra
concepción de la eternidad: no como extensión infinita de la vida material,
sino como trascendencia. Es en ese punto donde El Vado de los Zorros comienza a
adquirir una dimensión filosófica que va mucho más allá de su trama de
espionaje, guerra y conspiraciones.
Esta tensión entre la promesa de la ciencia, la persistencia de las antiguas
creencias y el deseo humano de escapar de la muerte convierte a El Vado de los
Zorros en algo más que una novela de espionaje fantástico. El Vado funciona
como una frontera en la que diferentes temporalidades quedan atrapadas unas
dentro de otras. El pasado regresa, el futuro parece haber ocurrido ya y el
presente se convierte en un territorio inestable. Los personajes se mueven por
una historia que no avanza necesariamente hacia adelante, sino que parece
plegarse sobre sí misma, como si cada acontecimiento estuviera condenado a
regresar bajo otra forma.
Es aquí donde la novela puede leerse desde aquello que Mark Fisher denominó hauntología:
la persistencia de aquello que ya no está, pero que continúa ejerciendo una
fuerza sobre el presente. En Fisher, lo espectral no corresponde únicamente a
fantasmas en el sentido tradicional, sino también a futuros perdidos,
posibilidades que alguna vez fueron imaginadas y que, sin embargo, nunca
llegaron a realizarse. El Vado parece habitar precisamente ese territorio. Es
un lugar poblado por las promesas incumplidas de la modernidad: la conquista de
la naturaleza, el dominio absoluto de la materia, la superación de la muerte y
la construcción de un futuro en el que el conocimiento permitiría finalmente
escapar de nuestras propias limitaciones.
La obsesión con la inmortalidad adquiere entonces otra dimensión. El deseo
de vencer a la muerte puede entenderse como el deseo de impedir que el futuro
desaparezca, de conservar eternamente una posibilidad. La ciencia, el
esoterismo y la religión aparecen como diferentes lenguajes para formular una
misma pregunta: ¿qué ocurriría si pudiéramos atravesar la frontera que separa
la vida de la muerte? Y el Vado responde a esa pregunta no ofreciendo una
solución, sino convirtiéndose él mismo en la anomalía.
En este sentido, la novela también puede relacionarse con las estéticas de
lo liminal que Valentina Tanni ha estudiado a partir de las culturas visuales
contemporáneas: espacios de tránsito, imágenes suspendidas y territorios que
parecen familiares pero que, al mismo tiempo, producen una sensación de
extrañamiento. El Vado de los Zorros lleva esa experiencia a una escala
narrativa mucho mayor. No se trata solamente de un lugar entre dos territorios;
es un espacio entre épocas, entre sistemas de conocimiento y entre estados de
existencia. Su inquietud surge precisamente de esa condición intermedia.
Quizás por eso la novela produce una sensación tan particular: mientras la
historia parece avanzar entre guerras, conspiraciones, experimentos y
persecuciones, debajo de ella existe otra historia que permanece suspendida.
Una historia hecha de futuros que no llegaron, de muertos que no terminan de
desaparecer, de imperios que buscan prolongarse más allá de su tiempo y de
personajes que intentan escapar de un destino que parece haber sido escrito
antes de que ellos mismos pudieran recordarlo.
Al final, El Vado de los Zorros puede leerse como una enorme máquina
narrativa construida alrededor de una paradoja: cuanto más intentamos
escapar del tiempo, más profundamente quedamos atrapados en él. Y
quizás sea precisamente ahí donde reside la inquietud más profunda de la
novela. El verdadero horror no consiste en descubrir que existe un lugar
situado entre la Unión Soviética y Manchuria donde el tiempo puede detenerse,
sino en descubrir que quizá nosotros mismos vivimos dentro de uno de esos
lugares: atrapados entre el futuro que se nos prometió y el futuro que nunca
llegó.