domingo, 8 de marzo de 2026

La novia toma la palabra: Maggie Gyllenhaal convierte el mito de Frankenstein en una fábula sobre la batalla de los sexos

Hay películas que adaptan un mito y otras que lo discuten. La nueva propuesta de Maggie Gyllenhaal pertenece claramente al segundo grupo. Desde su primer gesto —un logo de Warner que se hunde en la oscuridad— anunciando su intención de apartarse del relato tradicional para explorar aquello que siempre quedó fuera de campo: la historia de la novia. Así, el universo de Frankenstein se traslada a los convulsos años treinta, entre mafias, contrabando y la vida nocturna de un país que parece tan inestable como los personajes que lo habitan.

La propia Mary inaugura el relato con una confesión: «Escribí Frankenstein para ganar una apuesta —la que hice con Lord Byron una noche de tormenta en 1818—, pero esta es la historia que verdaderamente habría querido contar si no hubiera muerto antes». A partir de ese gesto metanarrativo, la puesta en escena adopta un montaje de pulsación rítmica donde el marcado contraste de luces y sombras —heredero directo del expresionismo— se enfrenta al cromatismo excesivo de los clubes nocturnos. Allí encontramos a Aida, interpretada por Jessie Buckley, una mujer que parece desplazada del mundo que la rodea, como si su propia presencia anunciara la grieta que la narradora tanto esperaba.

En paralelo aparece Frankenstein, encarnado por Christian Bale con una contención casi metódica. Su llegada a Chicago responde a una necesidad que oscila entre lo afectivo y lo patológico: encontrar a un científico capaz de devolver a la vida el cuerpo de una mujer que pueda convertirse en su compañera. La sorpresa llega cuando ese científico resulta ser Cornelia Euphronious, figura que subvierte de inmediato la lógica masculina del relato. Será ella quien devuelva a Aida a la vida y la transforme en la Novia, no como simple objeto de compañía, sino como una figura que encarna la posibilidad de una emancipación frente a la violencia posesiva de los hombres.

En lo formal, Maggie Gyllenhaal construye un híbrido estilístico que combina la estética del expresionismo alemán con resonancias del imaginario criminal de los años de la Gran Depresión. Hay algo del mito romántico de Bonnie y Clyde en la deriva de esta pareja monstruosa, pero también del cine de gangsters que convirtió el contrabando y la vida nocturna en el telón de fondo moral de toda una época. Sin embargo, la directora decide concentrar el peso dramático casi exclusivamente en la relación central, relegando a un segundo plano subtramas como la del cantante de musicales Ronnie Reed —una suerte de eco de Fred Astaire— o la investigación policial que vincula a la detective Myrna Malloy (Penélope Cruz) con el detective Jake Wiles (Peter Sarsgaard). Estos hilos narrativos intentan expandir el universo del relato, aunque nunca logran competir con la fuerza simbólica de la pareja protagonista.

Es en esa tensión donde la película encuentra su verdadero campo de batalla. Bajo la superficie de su relato gótico y criminal, La Novia termina por convertirse en una alegoría contemporánea sobre una disputa tan antigua como persistente: la batalla de los sexos.


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