Fringe suele ser recordada como una heredera contemporánea de The X-Files: ciencia anómala, universos paralelos, conspiraciones gubernamentales y una mitología que crece como un organismo vivo. Sin embargo, reducirla a un procedimental de ciencia ficción es perder de vista su núcleo real. Fringe no trata sobre el futuro, sino sobre el duelo: sobre aquello que, incapaces de aceptar su pérdida, insistimos en traer de vuelta. En ese gesto se entrelazan, de manera inquietante, la hauntología y el aceleracionismo.
Desde una perspectiva hauntológica, Fringe
está poblada de espectros. No solo de realidades alternativas, sino de vidas
que no deberían existir, decisiones que nunca tendrían que haber sido tomadas y
futuros sostenidos artificialmente. El motor secreto de la serie no es la
curiosidad científica, sino la negativa a dejar ir. Walter Bishop no abre
grietas entre universos por ambición, sino por amor; o, más precisamente, por
la incapacidad de aceptar la muerte de su hijo.
En términos hauntológicos, el niño que muere y
el niño traído desde otro universo no son equivalentes. El segundo es un
fantasma con cuerpo, una presencia que arrastra la violencia de un pasado que
no fue reparado, sino negado. El universo alternativo de Fringe no es un
“qué pasaría si”, sino la materialización de una herida abierta. El pasado no
retorna como recuerdo, sino como catástrofe ontológica.
Aquí, la serie desplaza la hauntología del
plano cultural al plano científico. No asistimos al regreso de estilos o
estéticas, sino a la persistencia literal de lo perdido. La ciencia en Fringe
no sirve para conocer el mundo, sino para corregirlo retrospectivamente, para
forzar un futuro en el que la pérdida nunca ocurrió. Es una ciencia del arrepentimiento.
Este impulso conecta con una lógica aceleracionista trágica. En Fringe, la aceleración del conocimiento no conduce a la emancipación, sino a la destrucción de los marcos que sostienen la realidad. Cada avance reduce la distancia entre universos, debilita fronteras ontológicas y acelera el colapso. El progreso no se acumula: desestabiliza.
A diferencia del optimismo tecnológico
clásico, la serie muestra una aceleración sin horizonte. La ciencia ya no
promete un mañana mejor, sino un presente insostenible. Sugiere que hay
umbrales que, una vez cruzados, no pueden desandarse. El problema no es cuánto
sabemos, sino la imposibilidad de detenerse.
En este punto, Fringe dialoga con una intuición central del aceleracionismo crítico: cuando los sistemas se aceleran más allá de su capacidad de regulación, no producen innovación, sino entropía. El universo alternativo, lejos de expandir lo posible, es un sistema exhausto: recursos explotados, conocimiento militarizado, ciencia subordinada a la supervivencia inmediata.
La serie establece un contraste elocuente
entre ambos mundos. El nuestro —más estable, más lento— se sostiene en parte
porque desconoce lo que el otro ya aprendió. El universo alternativo ha visto
el final y, en su intento de evitarlo, lo ha precipitado. El conocimiento,
acelerado sin ética ni duelo, se convierte en un arma contra la realidad.
Desde esta lectura, Fringe puede leerse como una alegoría del capitalismo cognitivo y su compulsión por convertir todo límite en un obstáculo técnico. La muerte, la pérdida, la irreversibilidad se tratan como problemas a resolver, no como condiciones de la existencia. El resultado no es la superación del trauma, sino su amplificación a escala cósmica.
Narrativamente, la serie articula esta tensión
en sus personajes. Walter Bishop encarna al científico hauntológico por
excelencia: alguien que vive rodeado de fantasmas, consciente de su culpa pero
incapaz de renunciar a los frutos de su transgresión. Olivia Dunham, por su
parte, es el cuerpo atravesado por la experimentación: el lugar donde la
ciencia deja de ser abstracción y se vuelve trauma inscrito en la memoria.
Los Observadores representan el extremo
aceleracionista: inteligencias que han eliminado emoción, apego y duelo en
nombre de la eficiencia. Su temporalidad no es humana; el tiempo es una
herramienta. Sin embargo, Fringe introduce una fisura crucial: incluso
ellos, al final, no pueden escapar del afecto. El intento de erradicar lo
humano produce una humanidad espectral, incapaz de vivir, pero también
de desaparecer.
El desenlace de la serie no ofrece soluciones
fáciles. No hay restauración total ni victoria pulcra. Hay, en cambio, un acto
de renuncia: la aceptación de que ciertos futuros no deben realizarse, de que
no toda posibilidad merece ser explorada. En términos hauntológicos, el cierre
de Fringe no exorciza los fantasmas; los reconoce y aprende a habitar su
ausencia.
En una cultura obsesionada con la expansión
infinita de lo posible, Fringe se vuelve extrañamente contemporánea. Su
advertencia no es tecnófoba, sino ética: acelerar sin duelo no libera,
destruye. El verdadero peligro no es abrir demasiadas puertas, sino negarse
a cerrar algunas.
Quizá por eso Fringe sigue resonando.
No como una serie sobre universos paralelos, sino como una meditación sombría
sobre el precio de no aceptar la pérdida. En su mundo, el fin no llega porque
el futuro sea inimaginable, sino porque el pasado ha sido obligado a
permanecer. Y en esa imposibilidad de dejar morir, la realidad misma se vuelve
un fantasma.
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