En el campo de los estudios culturales, las
categorías de memoria e identidad figuran entre las más
complejas, especialmente por la cantidad de relaciones que establecen tanto
como objetos de estudio como en su función de dispositivos dentro de las
narrativas del poder, susceptibles de ser intervenidos para resguardar los
intereses de una minoría que busca preservar sus privilegios.
| Portada original diseñada por Jorge Baradit |
Baradit sitúa a Fernando en un territorio que
funciona simultáneamente como escenario geográfico y campo de
resonancia simbólica: el desierto del norte. Allí, la aridez y la vastedad
se convierten en metáforas de una memoria nacional erosionada, llena de vacíos
y silencios que la historia oficial ha preferido no nombrar. El viaje que
emprende el protagonista no es solo un desplazamiento físico, sino una
inmersión en un espacio cargado de energías, mitologías y capas de pasado,
donde cada huella arqueológica parece dialogar con las violencias recientes. La
trama se desenvuelve como una excavación: a medida que avanza, el
narrador descubre simultáneamente los vestigios de culturas antiguas y los
restos aún calientes de las heridas dictatoriales.
| Portada ilustrada por Claudio Romo |
Uno de los puntos más inquietantes del libro
surge cuando irrumpen las cintas, ese conjunto de registros
audiovisuales que el abuelo dejó tras su muerte y que funcionan como un archivo
contaminado, lleno de interferencias, silencios y distorsiones. Lejos de ser
simples documentos, estas grabaciones operan como fisuras: grietas por
las que se cuelan voces, imágenes y presencias que no obedecen a la lógica
lineal de la historia oficial. Es en estos materiales donde aparece la sombra
del evento Lluscuma, un suceso liminar que mezcla el mito local, la
paranoia militar y el exceso interpretativo propio de las agencias de
inteligencia durante la dictadura, siempre al borde de lo sobrenatural. El
desierto se convierte, una vez más, en un umbral: un territorio donde lo
real y lo imposible se tocan.
Baradit entrelaza estos registros con
referencias a la abducción del cabo Valdés, quizá uno de los casos más
célebres de la ufología chilena, y que en el universo del libro adquiere una
nueva lectura: ya no como anécdota inexplicable, sino como síntoma de
una batalla secreta librada en paralelo a los conflictos políticos del país.
Las psicofonías que emergen de las cintas —esas voces sin cuerpo, esas
frecuencias que no deberían existir— operan como residuos de una historia
mutante, intervenida por fuerzas que desbordan el entendimiento racional.
Baradit sugiere que el país ha sido atravesado por una guerra mágica,
silenciosa y prolongada, cuyos efectos se manifiestan en la pérdida de memoria,
en la manipulación del archivo y en la creación de narrativas desviadas para
proteger a los poderosos.
En este entramado aparece la figura enigmática
de Maria Orsic, no como un personaje histórico en sentido estricto, sino
como un símbolo, una guía espectral que orienta a Fernando en su catarsis
personal y colectiva. Su presencia apunta hacia un combate más profundo: la
guerra contra el futuro, una lucha por impedir que se cierre
definitivamente la posibilidad de imaginar un país distinto. Orsic, las
psicofonías, las abducciones y las cintas funcionan como piezas de un
rompecabezas que revela la dimensión oculta del trauma nacional: aquello que la
dictadura y la élite intentaron borrar no solo mediante la violencia física,
sino mediante la distorsión de la realidad misma.
El estilo de Baradit en Lluscuma se sitúa en un territorio intermedio donde la escritura abandona las fronteras tradicionales del relato para transformarse en un dispositivo especulativo. Su prosa opera como una máquina híbrida que combina elementos de crónica, ensayo, mito y conspiración, generando un discurso que se asemeja a la teoría-ficción: ese espacio donde el pensamiento se narra y la narración piensa. Baradit no construye teorías para explicarlas, sino para habitarlas, para mostrarlas funcionando como relatos capaces de afectar la percepción del mundo y reconfigurar las lógicas del archivo. Su estilo es fragmentario, atmosférico, cargado de imágenes que se comportan como ecuaciones simbólicas; cada fragmento parece emitir una hipótesis que no se verifica en la realidad empírica, sino en una dimensión sensorial y política. Esta operación es central para la teoría-ficción: se trata de mostrar cómo las grietas en la memoria, las distorsiones del archivo y las interferencias del pasado producen nuevos significados que desafían la hegemonía del relato oficial. En Lluscuma, la escritura misma se vuelve un campo de batalla donde se disputa el derecho a narrar el país.
En definitiva, Lluscuma es un libro que desestabiliza, incomoda y abre grietas allí donde la historia ha intentado sellar sus fracturas. Baradit consigue articular un relato donde el pasado no es un depósito muerto, sino una fuerza activa que pugna por reconfigurar el presente y disputar el porvenir. Su mezcla de archivo intervenido, mito, ufología, violencia estatal y teoría-ficción no es un simple juego estético: es un gesto político que revela la magnitud del daño infligido por quienes manipularon la memoria para perpetuar sus privilegios. Al seguir el viaje de Fernando Camargo hacia el corazón oscuro de su linaje y del país, comprendemos que la verdadera amenaza nunca fueron los espectros, las psicofonías o las abducciones, sino el silencio fabricado por la élite que intentó reescribir la realidad. Lluscuma emerge, así como una obra necesaria, un recordatorio de que toda nación es también una zona de conflicto narrativo y que solo confrontando aquello que intentamos ocultar podremos imaginar un futuro distinto.
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