viernes, 16 de enero de 2026

Fisuras en el archivo: identidad, poder y teoría-ficción en Lluscuma

 


En el campo de los estudios culturales, las categorías de memoria e identidad figuran entre las más complejas, especialmente por la cantidad de relaciones que establecen tanto como objetos de estudio como en su función de dispositivos dentro de las narrativas del poder, susceptibles de ser intervenidos para resguardar los intereses de una minoría que busca preservar sus privilegios.

Portada original diseñada por
Jorge Baradit 
En Lluscuma (2013), Jorge Baradit realiza una apuesta arriesgada y al mismo tiempo valiosa al cuestionar justamente qué construye la identidad y en qué medida la memoria ha sido alterada o fabricada por una élite temerosa de la sombra que ocultó bajo el tapete. A través de Fernando Camargo, su protagonista —un joven que asiste al entierro de su abuelo, el general retirado Martín Camargo, conocido torturador al servicio de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) y figura paterna a quien quiso más que a su propio padre—, Baradit expone la tensión entre el afecto íntimo y la herencia maldita: el peso de las víctimas producidas por un aparato represivo financiado por la élite del norte que truncó el proyecto socialista de la Unidad Popular y desembocó en la cruenta dictadura encabezada por Augusto Pinochet.

Baradit sitúa a Fernando en un territorio que funciona simultáneamente como escenario geográfico y campo de resonancia simbólica: el desierto del norte. Allí, la aridez y la vastedad se convierten en metáforas de una memoria nacional erosionada, llena de vacíos y silencios que la historia oficial ha preferido no nombrar. El viaje que emprende el protagonista no es solo un desplazamiento físico, sino una inmersión en un espacio cargado de energías, mitologías y capas de pasado, donde cada huella arqueológica parece dialogar con las violencias recientes. La trama se desenvuelve como una excavación: a medida que avanza, el narrador descubre simultáneamente los vestigios de culturas antiguas y los restos aún calientes de las heridas dictatoriales.

Portada ilustrada por Claudio Romo
En ese trayecto, la escritura de Baradit adopta un tono híbrido que transita entre la crónica, la especulación histórica y la teoría-ficción. Esto le permite construir una narrativa donde lo documental y lo fantástico se contaminan mutuamente, revelando que toda identidad es un relato en disputa. El autor no busca reconstruir una verdad objetiva, sino poner en evidencia la fragilidad del archivo, la manipulación de los discursos y la profunda necesidad de recuperar aquellas voces enterradas por la violencia estatal y económica. En Lluscuma, la memoria no es un depósito estático, sino un campo de batalla donde se enfrentan el relato hegemónico y las pulsiones subterráneas que insisten en salir a la luz.

Uno de los puntos más inquietantes del libro surge cuando irrumpen las cintas, ese conjunto de registros audiovisuales que el abuelo dejó tras su muerte y que funcionan como un archivo contaminado, lleno de interferencias, silencios y distorsiones. Lejos de ser simples documentos, estas grabaciones operan como fisuras: grietas por las que se cuelan voces, imágenes y presencias que no obedecen a la lógica lineal de la historia oficial. Es en estos materiales donde aparece la sombra del evento Lluscuma, un suceso liminar que mezcla el mito local, la paranoia militar y el exceso interpretativo propio de las agencias de inteligencia durante la dictadura, siempre al borde de lo sobrenatural. El desierto se convierte, una vez más, en un umbral: un territorio donde lo real y lo imposible se tocan.

Baradit entrelaza estos registros con referencias a la abducción del cabo Valdés, quizá uno de los casos más célebres de la ufología chilena, y que en el universo del libro adquiere una nueva lectura: ya no como anécdota inexplicable, sino como síntoma de una batalla secreta librada en paralelo a los conflictos políticos del país. Las psicofonías que emergen de las cintas —esas voces sin cuerpo, esas frecuencias que no deberían existir— operan como residuos de una historia mutante, intervenida por fuerzas que desbordan el entendimiento racional. Baradit sugiere que el país ha sido atravesado por una guerra mágica, silenciosa y prolongada, cuyos efectos se manifiestan en la pérdida de memoria, en la manipulación del archivo y en la creación de narrativas desviadas para proteger a los poderosos.

En este entramado aparece la figura enigmática de Maria Orsic, no como un personaje histórico en sentido estricto, sino como un símbolo, una guía espectral que orienta a Fernando en su catarsis personal y colectiva. Su presencia apunta hacia un combate más profundo: la guerra contra el futuro, una lucha por impedir que se cierre definitivamente la posibilidad de imaginar un país distinto. Orsic, las psicofonías, las abducciones y las cintas funcionan como piezas de un rompecabezas que revela la dimensión oculta del trauma nacional: aquello que la dictadura y la élite intentaron borrar no solo mediante la violencia física, sino mediante la distorsión de la realidad misma.

El estilo de Baradit en Lluscuma se sitúa en un territorio intermedio donde la escritura abandona las fronteras tradicionales del relato para transformarse en un dispositivo especulativo. Su prosa opera como una máquina híbrida que combina elementos de crónica, ensayo, mito y conspiración, generando un discurso que se asemeja a la teoría-ficción: ese espacio donde el pensamiento se narra y la narración piensa. Baradit no construye teorías para explicarlas, sino para habitarlas, para mostrarlas funcionando como relatos capaces de afectar la percepción del mundo y reconfigurar las lógicas del archivo. Su estilo es fragmentario, atmosférico, cargado de imágenes que se comportan como ecuaciones simbólicas; cada fragmento parece emitir una hipótesis que no se verifica en la realidad empírica, sino en una dimensión sensorial y política. Esta operación es central para la teoría-ficción: se trata de mostrar cómo las grietas en la memoria, las distorsiones del archivo y las interferencias del pasado producen nuevos significados que desafían la hegemonía del relato oficial. En Lluscuma, la escritura misma se vuelve un campo de batalla donde se disputa el derecho a narrar el país.

En definitiva, Lluscuma es un libro que desestabiliza, incomoda y abre grietas allí donde la historia ha intentado sellar sus fracturas. Baradit consigue articular un relato donde el pasado no es un depósito muerto, sino una fuerza activa que pugna por reconfigurar el presente y disputar el porvenir. Su mezcla de archivo intervenido, mito, ufología, violencia estatal y teoría-ficción no es un simple juego estético: es un gesto político que revela la magnitud del daño infligido por quienes manipularon la memoria para perpetuar sus privilegios. Al seguir el viaje de Fernando Camargo hacia el corazón oscuro de su linaje y del país, comprendemos que la verdadera amenaza nunca fueron los espectros, las psicofonías o las abducciones, sino el silencio fabricado por la élite que intentó reescribir la realidad. Lluscuma emerge, así como una obra necesaria, un recordatorio de que toda nación es también una zona de conflicto narrativo y que solo confrontando aquello que intentamos ocultar podremos imaginar un futuro distinto.

No hay comentarios:

Fisuras en el archivo: identidad, poder y teoría-ficción en Lluscuma

  En el campo de los estudios culturales, las categorías de memoria e identidad figuran entre las más complejas, especialmente por la cant...