lunes, 28 de septiembre de 2026

La promesa de la eternidad: guerra, esoterismo y hauntología en El Vado de los Zorros

 

Entre las ráfagas de las ametralladoras, los tanques y las divisiones acorazadas se libran guerras que solo pueden ser percibidas por quienes son capaces de mirar más allá del velo de la realidad. Maxim Cronin, artista circense y espía del KGB, es retenido por el coronel Glen Aristov, su antiguo colega y maestro, un experto en control mental capaz de manipular la voluntad y los recuerdos, y de infiltrarse con extraordinaria habilidad en el territorio de los sueños.

Aristov somete a Maxim a una especie de borrado de memoria y lo envía a las minas de Granitniy, un centro de extracción de uranio. Es 1941. Maxim todavía no lo sabe, pero su destino está ligado a acontecimientos mucho más grandes que lo conducirán hasta un lugar liminal conocido como El Vado de los Zorros, situado en algún punto entre la Unión Soviética y Manchuria. Allí convergen las distintas tramas de la novela alrededor de lo circular y lo liminal: un territorio suspendido, donde las fronteras entre espacio y tiempo comienzan a desdibujarse y donde el pasado, el presente y aquello que todavía no ha ocurrido parecen coexistir.

La búsqueda de Maxim por encontrar a su amada esposa, Yelena, terminará convirtiéndose también en una búsqueda por comprender la naturaleza del Vado y aquello que se oculta detrás de él. En el camino aparecerán las investigaciones del Escuadrón 512 y experimentos como el 103, piezas de una maquinaria secreta que parece explorar los límites de la mente, la materia y la propia realidad.

Así, El Vado de los Zorros construye su universo sobre la intersección entre la novela de espionaje, la ciencia ficción, el horror y la fantasía, pero lo hace desde un territorio particularmente inquietante: aquel en el que la guerra ya no se libra únicamente entre ejércitos, sino también sobre la percepción, la memoria y las estructuras mismas de la realidad.

Ana Starobinets, la escritora detrás de este gran relato nos deleita con una laberíntica novela en la que se entrecruzan la guerra, el esoterismo, la ciencia y la obsesión con la inmortalidad. Más de 768 páginas repletas de acciones trepidantes, reflexiones y decisiones llevan a sus protagonistas a orquestar una compleja coreografía en la que cada personaje —militares, científicos, espías, sacerdotes y agentes de inteligencia— ocupa una pieza dentro de un mecanismo mucho más grande que ellos mismos.

Starobinets demuestra en esta novela una gran maestría para relatar, apoyándose en una extensa investigación, los acontecimientos que entrelazan la guerra con antiguas tradiciones mágico-rituales. La novela establece conexiones entre estos acontecimientos y el ejército de terracota, así como con la leyenda del emperador chino que habría sido envenenado con mercurio en su búsqueda de la vida eterna. Una obsesión que, lejos de pertenecer únicamente al mundo antiguo, reaparece aquí como una de las grandes promesas de la modernidad: vencer los límites del cuerpo y conquistar la inmortalidad mediante la ciencia, la tecnología y el conocimiento.

Pero Starobinets introduce una tensión particularmente interesante al enfrentar esta promesa moderna con la dimensión religiosa. Allí donde la ciencia pretende prolongar indefinidamente la existencia, la fe plantea otra concepción de la eternidad: no como extensión infinita de la vida material, sino como trascendencia. Es en ese punto donde El Vado de los Zorros comienza a adquirir una dimensión filosófica que va mucho más allá de su trama de espionaje, guerra y conspiraciones.

Esta tensión entre la promesa de la ciencia, la persistencia de las antiguas creencias y el deseo humano de escapar de la muerte convierte a El Vado de los Zorros en algo más que una novela de espionaje fantástico. El Vado funciona como una frontera en la que diferentes temporalidades quedan atrapadas unas dentro de otras. El pasado regresa, el futuro parece haber ocurrido ya y el presente se convierte en un territorio inestable. Los personajes se mueven por una historia que no avanza necesariamente hacia adelante, sino que parece plegarse sobre sí misma, como si cada acontecimiento estuviera condenado a regresar bajo otra forma.

Es aquí donde la novela puede leerse desde aquello que Mark Fisher denominó hauntología: la persistencia de aquello que ya no está, pero que continúa ejerciendo una fuerza sobre el presente. En Fisher, lo espectral no corresponde únicamente a fantasmas en el sentido tradicional, sino también a futuros perdidos, posibilidades que alguna vez fueron imaginadas y que, sin embargo, nunca llegaron a realizarse. El Vado parece habitar precisamente ese territorio. Es un lugar poblado por las promesas incumplidas de la modernidad: la conquista de la naturaleza, el dominio absoluto de la materia, la superación de la muerte y la construcción de un futuro en el que el conocimiento permitiría finalmente escapar de nuestras propias limitaciones.

La obsesión con la inmortalidad adquiere entonces otra dimensión. El deseo de vencer a la muerte puede entenderse como el deseo de impedir que el futuro desaparezca, de conservar eternamente una posibilidad. La ciencia, el esoterismo y la religión aparecen como diferentes lenguajes para formular una misma pregunta: ¿qué ocurriría si pudiéramos atravesar la frontera que separa la vida de la muerte? Y el Vado responde a esa pregunta no ofreciendo una solución, sino convirtiéndose él mismo en la anomalía.

En este sentido, la novela también puede relacionarse con las estéticas de lo liminal que Valentina Tanni ha estudiado a partir de las culturas visuales contemporáneas: espacios de tránsito, imágenes suspendidas y territorios que parecen familiares pero que, al mismo tiempo, producen una sensación de extrañamiento. El Vado de los Zorros lleva esa experiencia a una escala narrativa mucho mayor. No se trata solamente de un lugar entre dos territorios; es un espacio entre épocas, entre sistemas de conocimiento y entre estados de existencia. Su inquietud surge precisamente de esa condición intermedia.

Quizás por eso la novela produce una sensación tan particular: mientras la historia parece avanzar entre guerras, conspiraciones, experimentos y persecuciones, debajo de ella existe otra historia que permanece suspendida. Una historia hecha de futuros que no llegaron, de muertos que no terminan de desaparecer, de imperios que buscan prolongarse más allá de su tiempo y de personajes que intentan escapar de un destino que parece haber sido escrito antes de que ellos mismos pudieran recordarlo.

Al final, El Vado de los Zorros puede leerse como una enorme máquina narrativa construida alrededor de una paradoja: cuanto más intentamos escapar del tiempo, más profundamente quedamos atrapados en él. Y quizás sea precisamente ahí donde reside la inquietud más profunda de la novela. El verdadero horror no consiste en descubrir que existe un lugar situado entre la Unión Soviética y Manchuria donde el tiempo puede detenerse, sino en descubrir que quizá nosotros mismos vivimos dentro de uno de esos lugares: atrapados entre el futuro que se nos prometió y el futuro que nunca llegó.

No hay comentarios:

La promesa de la eternidad: guerra, esoterismo y hauntología en El Vado de los Zorros

  Entre las ráfagas de las ametralladoras, los tanques y las divisiones acorazadas se libran guerras que solo pueden ser percibidas por quie...