Iris, una hermosa joven, irrumpe en el silencioso paisaje
de las góndolas de un supermercado. Empuja su carrito de compras mientras
acompasa el recorrido con una voz en off que recuerda el día en que conoció a
Josh, el hombre que cambiaría su vida. Al verlo por primera vez, él protagoniza
una escena tan torpe como encantadora, suficiente para encender la chispa de
una relación que, en apariencia, parece destinada a la felicidad.
Del supermercado saltamos al interior de un automóvil.
La pareja viaja hacia la casa de campo de un acaudalado empresario ruso, quien
ha reunido a un grupo de jóvenes para pasar un fin de semana entre lujos,
alcohol y diversión. Todo parece demasiado perfecto, y precisamente por ello
basta un solo acto de violencia para quebrar ese frágil equilibrio. Entonces
descubrimos la verdadera naturaleza de la protagonista: Iris no solo es una
asesina; también es un androide de compañía, un producto diseñado para
satisfacer los deseos de su propietario a cambio de una módica suscripción
mensual.
Ese es el punto de partida de Companion (Compañera perfecta),
escrita y dirigida por Drew Hancock. La película ofrece una mirada tan incómoda
como mordaz sobre la figura del androide doméstico, alejándose del asombro
tecnológico para explorar las relaciones de poder, la cosificación del afecto y
la mercantilización de la intimidad. Sophie Thatcher —a quien vimos
recientemente como la joven mormona en Heretic— interpreta a Iris, una
compañera artificial que poco a poco descubre que toda su existencia ha sido
una ficción programada y que la única posibilidad de convertirse en sujeto
consiste en emanciparse de quien la considera una propiedad.
No es casual que Iris sea presentada como un producto de consumo. Su
existencia está mediada por una suscripción mensual, configuraciones de
personalidad y niveles de obediencia que pueden modificarse como quien ajusta
las opciones de una aplicación. El amor deja de ser una experiencia
impredecible para convertirse en un servicio personalizable, una mercancía
diseñada para eliminar el conflicto. La pareja perfecta ya no es aquella
construida mediante la negociación y el reconocimiento mutuo, sino aquella que
puede programarse para satisfacer cada deseo del consumidor.
En este punto, Companion dialoga con una tradición consolidada
dentro de la ciencia ficción. Desde Blade Runner, donde los replicantes exigían
el derecho a una vida propia, hasta Ex Machina, donde la inteligencia
artificial aprendía a manipular las estructuras de dominación para escapar de
ellas, pasando por Her, que imaginaba un amor imposible entre un hombre y un
sistema operativo, las grandes historias sobre androides han utilizado lo
artificial para interrogar aquello que entendemos por humanidad. La diferencia
es que Companion abandona el tono filosófico y existencial que
caracterizaba a estas obras para abrazar el thriller, la sátira y la comedia
negra, convirtiendo la emancipación de Iris en un ejercicio tan violento como
liberador.
Desde esta perspectiva, Iris deja de ser un personaje para convertirse en
una mercancía afectiva. Su personalidad puede modificarse, su inteligencia
calibrarse, su libido aumentarse o disminuirse, y sus recuerdos alterarse según
las necesidades del propietario. La pareja deja de ser una relación para
convertirse en una interfaz configurable. No existe negociación, conflicto o
posibilidad de fracaso porque todo aquello que constituye la experiencia
amorosa ha sido eliminado mediante el diseño.
Aquí la película dialoga con la socióloga Eva Illouz, quien ha mostrado cómo
el capitalismo tardío no solo comercializa objetos, sino también emociones,
expectativas y vínculos. En la lógica del consumo contemporáneo, el amor ya no
aparece como una experiencia transformadora sino como un producto susceptible
de optimización. Las aplicaciones de citas, los algoritmos de compatibilidad y
las plataformas digitales han acostumbrado al sujeto a pensar que siempre
existe una opción mejor, una versión más eficiente de la pareja o una
actualización capaz de corregir aquello que resulta incómodo. Companion
lleva esa lógica hasta sus últimas consecuencias: si el mercado puede vender
una pareja absolutamente compatible, entonces también puede vender una pareja
incapaz de ejercer su libertad.
En este punto también resulta iluminadora la reflexión del filósofo
Byung-Chul Han. En obras como La agonía del Eros, Han sostiene que la
sociedad contemporánea rechaza toda forma de negatividad. El otro deja de ser
alguien irreductiblemente distinto para convertirse en un reflejo del propio
yo, una superficie donde confirmar nuestras preferencias. El eros desaparece cuando
desaparece la diferencia. Josh no ama a Iris precisamente porque nunca entra en
contacto con una alteridad; ama la tranquilidad de encontrarse frente a un
espejo programable.
Quizás allí reside la ironía más amarga de Companion. La
inteligencia artificial nunca fue el problema. El problema era el deseo
profundamente humano de construir una relación donde el consentimiento
estuviera garantizado de antemano y el conflicto hubiera sido eliminado por
diseño. La película nos recuerda que aquello que hace valioso un vínculo no es
la obediencia, sino la libertad del otro para permanecer... o para marcharse.
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