domingo, 2 de agosto de 2026

Compañera perfecta: la fantasía neoliberal del amor sin alteridad

 

Iris, una hermosa joven, irrumpe en el silencioso paisaje de las góndolas de un supermercado. Empuja su carrito de compras mientras acompasa el recorrido con una voz en off que recuerda el día en que conoció a Josh, el hombre que cambiaría su vida. Al verlo por primera vez, él protagoniza una escena tan torpe como encantadora, suficiente para encender la chispa de una relación que, en apariencia, parece destinada a la felicidad.

Del supermercado saltamos al interior de un automóvil. La pareja viaja hacia la casa de campo de un acaudalado empresario ruso, quien ha reunido a un grupo de jóvenes para pasar un fin de semana entre lujos, alcohol y diversión. Todo parece demasiado perfecto, y precisamente por ello basta un solo acto de violencia para quebrar ese frágil equilibrio. Entonces descubrimos la verdadera naturaleza de la protagonista: Iris no solo es una asesina; también es un androide de compañía, un producto diseñado para satisfacer los deseos de su propietario a cambio de una módica suscripción mensual.

Ese es el punto de partida de Companion (Compañera perfecta), escrita y dirigida por Drew Hancock. La película ofrece una mirada tan incómoda como mordaz sobre la figura del androide doméstico, alejándose del asombro tecnológico para explorar las relaciones de poder, la cosificación del afecto y la mercantilización de la intimidad. Sophie Thatcher —a quien vimos recientemente como la joven mormona en Heretic— interpreta a Iris, una compañera artificial que poco a poco descubre que toda su existencia ha sido una ficción programada y que la única posibilidad de convertirse en sujeto consiste en emanciparse de quien la considera una propiedad.

Sin embargo, Companion no está realmente interesada en discutir los riesgos de la inteligencia artificial. Ese es apenas el ropaje genérico que utiliza para hablar de un problema mucho más antiguo: la fantasía masculina del control absoluto. Iris no representa el temor a que las máquinas sustituyan a los seres humanos, sino el sueño de una pareja incapaz de contradecir, cuestionar o abandonar a quien la posee. En ese sentido, la película desplaza el debate desde la tecnología hacia las relaciones de poder que históricamente han atravesado los vínculos afectivos.

No es casual que Iris sea presentada como un producto de consumo. Su existencia está mediada por una suscripción mensual, configuraciones de personalidad y niveles de obediencia que pueden modificarse como quien ajusta las opciones de una aplicación. El amor deja de ser una experiencia impredecible para convertirse en un servicio personalizable, una mercancía diseñada para eliminar el conflicto. La pareja perfecta ya no es aquella construida mediante la negociación y el reconocimiento mutuo, sino aquella que puede programarse para satisfacer cada deseo del consumidor.

En este punto, Companion dialoga con una tradición consolidada dentro de la ciencia ficción. Desde Blade Runner, donde los replicantes exigían el derecho a una vida propia, hasta Ex Machina, donde la inteligencia artificial aprendía a manipular las estructuras de dominación para escapar de ellas, pasando por Her, que imaginaba un amor imposible entre un hombre y un sistema operativo, las grandes historias sobre androides han utilizado lo artificial para interrogar aquello que entendemos por humanidad. La diferencia es que Companion abandona el tono filosófico y existencial que caracterizaba a estas obras para abrazar el thriller, la sátira y la comedia negra, convirtiendo la emancipación de Iris en un ejercicio tan violento como liberador.

La verdadera pregunta que plantea Companion no es si las máquinas llegarán a desarrollar conciencia, sino qué tipo de sociedad siente la necesidad de fabricar seres incapaces de oponerse a nuestros deseos. La ciencia ficción ha utilizado durante décadas al androide como metáfora de la condición humana; Drew Hancock invierte la ecuación y utiliza al ser humano para revelar una patología contemporánea: la incapacidad de convivir con la autonomía del otro.

Desde esta perspectiva, Iris deja de ser un personaje para convertirse en una mercancía afectiva. Su personalidad puede modificarse, su inteligencia calibrarse, su libido aumentarse o disminuirse, y sus recuerdos alterarse según las necesidades del propietario. La pareja deja de ser una relación para convertirse en una interfaz configurable. No existe negociación, conflicto o posibilidad de fracaso porque todo aquello que constituye la experiencia amorosa ha sido eliminado mediante el diseño.

Aquí la película dialoga con la socióloga Eva Illouz, quien ha mostrado cómo el capitalismo tardío no solo comercializa objetos, sino también emociones, expectativas y vínculos. En la lógica del consumo contemporáneo, el amor ya no aparece como una experiencia transformadora sino como un producto susceptible de optimización. Las aplicaciones de citas, los algoritmos de compatibilidad y las plataformas digitales han acostumbrado al sujeto a pensar que siempre existe una opción mejor, una versión más eficiente de la pareja o una actualización capaz de corregir aquello que resulta incómodo. Companion lleva esa lógica hasta sus últimas consecuencias: si el mercado puede vender una pareja absolutamente compatible, entonces también puede vender una pareja incapaz de ejercer su libertad.

En este punto también resulta iluminadora la reflexión del filósofo Byung-Chul Han. En obras como La agonía del Eros, Han sostiene que la sociedad contemporánea rechaza toda forma de negatividad. El otro deja de ser alguien irreductiblemente distinto para convertirse en un reflejo del propio yo, una superficie donde confirmar nuestras preferencias. El eros desaparece cuando desaparece la diferencia. Josh no ama a Iris precisamente porque nunca entra en contacto con una alteridad; ama la tranquilidad de encontrarse frente a un espejo programable.

Por eso la rebelión de Iris tiene un significado profundamente político. Su emancipación no consiste únicamente en escapar del control de su propietario, sino en recuperar aquello que la convertía en un sujeto: la capacidad de decir "no". En una época obsesionada con la personalización absoluta —listas de reproducción diseñadas por algoritmos, noticias filtradas según nuestros intereses, redes sociales que solo nos muestran aquello con lo que ya estamos de acuerdo—, la negativa se convierte en un acto de resistencia. Iris deja de ser un producto cuando deja de cumplir las expectativas del consumidor.

Quizás allí reside la ironía más amarga de Companion. La inteligencia artificial nunca fue el problema. El problema era el deseo profundamente humano de construir una relación donde el consentimiento estuviera garantizado de antemano y el conflicto hubiera sido eliminado por diseño. La película nos recuerda que aquello que hace valioso un vínculo no es la obediencia, sino la libertad del otro para permanecer... o para marcharse.

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