jueves, 27 de agosto de 2026

La nación de los sueños diurnos: cuando la ficción aprende a existir

 

En La nación de los sueños diurnos, Juan Mattio construye un mundo en el que la realidad ha dejado de ser un territorio estable. No estamos exactamente frente a una novela sobre el fin del mundo, sino ante algo mucho más inquietante: un mundo que continúa existiendo después de que las categorías que utilizábamos para comprenderlo han comenzado a desaparecer.

El punto de partida parece reconocible. Un fotógrafo entrega un enorme archivo de imágenes a un programador, quien utiliza ese material para alimentar una inteligencia artificial generativa. A partir de allí, las imágenes comienzan a producir consecuencias que desbordan el ámbito de la representación. Una pandemia, transformaciones territoriales y la aparición de entidades extrañas van configurando un paisaje en el que resulta cada vez más difícil distinguir entre aquello que ocurrió, aquello que fue imaginado y aquello que comenzó a existir precisamente porque fue imaginado.

Aquí aparece uno de los conceptos fundamentales de la novela: la hiperstición. Una hiperstición no es simplemente una mentira que termina siendo creída por suficientes personas. Es una ficción capaz de producir las condiciones materiales de su propia existencia. Mattio lleva esta idea a un territorio particularmente contemporáneo al vincularla con las imágenes y la inteligencia artificial generativa. La máquina ya no se limita a representar una realidad previa: recombina sus rastros, fabrica nuevas imágenes y, en el universo de la novela, esas imágenes adquieren la capacidad de intervenir sobre lo real.

La operación resulta especialmente perturbadora porque comienza con un archivo fotográfico. La fotografía tradicional parece ofrecer una relación privilegiada con la realidad: algo tuvo que estar allí frente a la cámara para que la imagen existiera. Pero cuando ese archivo entra en una inteligencia artificial, esa relación se rompe. La máquina puede producir imágenes de aquello que nunca ocurrió, utilizando como materia prima aquello que alguna vez sí ocurrió.

El recorrido podría resumirse de una manera casi matemática:

realidad → archivo → imagen → ficción → nueva realidad.

Pero Mattio se encarga de demostrar que esta flecha no funciona como una cadena causal sencilla. La novela está construida como una red de contaminaciones en la que los acontecimientos, las imágenes, los recuerdos, las enfermedades y las entidades parecen afectarse mutuamente. El lector intenta reconstruir una explicación racional mientras la propia novela desarma la posibilidad de encontrarla.

Por eso el paisaje posterior al desastre puede entenderse como un desierto semántico. El problema no consiste únicamente en que el mundo haya sido destruido, sino en que las palabras y categorías con las que intentábamos describirlo ya no son suficientes. ¿Qué es una imagen cuando puede convertirse en materia? ¿Qué es un recuerdo cuando puede producir consecuencias físicas? ¿Qué diferencia existe entre una criatura que nació en el mundo y una criatura que nació de una ficción?

En este punto, La nación de los sueños diurnos se aproxima al horror weird. El miedo no procede únicamente de la aparición de monstruos o de una amenaza exterior, sino de descubrir que nuestras certezas ontológicas eran mucho más frágiles de lo que suponíamos. El horror aparece cuando comprendemos que quizá nunca existió una frontera segura entre representación y realidad.

La inteligencia artificial adquiere entonces una dimensión que va más allá de la tecnología. No es simplemente una herramienta narrativa ni una máquina capaz de producir imágenes falsas. Es, en cierto sentido, un dispositivo hipersticional: una máquina capaz de acelerar el tránsito entre ficción y realidad. Si durante siglos las ficciones necesitaron tiempo para instalarse en el imaginario colectivo, las máquinas contemporáneas pueden producir, multiplicar y distribuir imágenes a una velocidad prácticamente instantánea.

Y ahí reside una de las ideas más perturbadoras de la novela: quizá el problema no sea que las inteligencias artificiales puedan crear imágenes falsas, sino que puedan producir ficciones con suficiente densidad como para comenzar a competir con lo real.

Mattio también parece desconfiar de nuestra necesidad de encontrar una explicación definitiva. El lector quiere establecer relaciones claras: una imagen produce un acontecimiento, una tecnología provoca una enfermedad, una causa genera una consecuencia. Sin embargo, la novela insiste en desordenar esas conexiones. En lugar de ofrecernos un mecanismo perfectamente explicable, construye una realidad en la que las causas y los efectos parecen contaminarse entre sí.

Por eso el título resulta tan sugerente. Los “sueños diurnos” son aquellos estados en los que la imaginación invade la vigilia. Pero aquí el sueño no permanece en la cabeza del soñador. Sale de ella. Se convierte en imagen, circula, se reproduce y finalmente adquiere una existencia que ya no necesita del sujeto que la imaginó.

La novela puede leerse, entonces, como una especie de pesadilla sobre nuestra actual economía de las imágenes. Vivimos rodeados de fotografías, simulaciones, archivos, algoritmos y representaciones producidas automáticamente. Mattio lleva esa situación hasta su extremo fantástico: ¿qué ocurriría si las imágenes dejaran de ser ventanas hacia el mundo y comenzaran a convertirse en puertas?

Quizá esa sea la verdadera amenaza de La nación de los sueños diurnos. No que una inteligencia artificial destruya el mundo, sino que nos obligue a preguntarnos si aquello que llamamos “mundo” siempre fue, en alguna medida, una construcción narrativa.

Y si las ficciones pueden germinar en nuestra imaginación hasta convertirse en realidad, entonces la pregunta final deja de ser qué es verdadero y qué es falso.

La pregunta es mucho más incómoda:

¿qué ficciones estamos alimentando para que existan?

 

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