Criticar una película es uno de los ejercicios más saludables que se pueden
ejercer, sobre todo si se tiene presente el enorme esfuerzo que existe detrás
de llevarla a las salas de cine. Los espectadores, implacables verdugos, juzgan
lo que ven sin importar cuánto trabajo haya supuesto cada toma, la edición, los
efectos o la banda sonora. A esto se suma el músculo financiero del estudio que
la produce, capaz de desplegar una agresiva campaña de mercadeo que implante en
el inconsciente colectivo la necesidad de ver el largometraje porque, según la
cuña publicitaria, se trata de la secuela más esperada de la franquicia. Así
como la Navidad se vive desde septiembre, la tercera entrega de Avatar se vive desde octubre. Cada pausa
comercial repite el nombre de James Cameron, los na’vi y una avalancha de
imágenes espectaculares. Es entonces cuando una vocecita insiste: pues ni modo,
tocó verla.
James Cameron se ha hecho un nombre en la
industria con destellos inigualables como Terminator
2, The Abyss y la secuela de Alien. En todas ellas hace gala de efectos
que fueron vanguardistas en su momento, siempre al servicio de la narración. La
franquicia de Avatar no fue la
excepción. La primera entrega cumplió con creces e inoculó en sus seguidores la
semilla de una promesa épica: un mundo por descubrir. A la manera de
etnógrafos, cada vez que regresábamos a Pandora —el planeta habitado por los
na’vi— nos adentrábamos en una cultura que coexiste con la Gran Madre Eywa, una
conciencia planetaria conectada a todo el ecosistema, poblado por especies
fascinantes y exóticas que harían las delicias de cualquier xenobiólogo. Sin
embargo, las entregas posteriores han caído en una fórmula narrativa que, por
más efectos espectaculares y encuadres virtuosos que presente, se vuelve
insostenible, además de introducir conflictos emocionales forzados que no
provocan nada más allá de un tedio inmediato.
En este tercer encuentro, Cameron nos sitúa en la comunidad acuática donde se han refugiado Jake Sully y su familia. Tras la muerte de su hijo Neteyam, Neytiri ha desarrollado un profundo odio hacia los humanos —los “piel rosada”—, sentimiento que se intensifica particularmente hacia Spider, el hijo del coronel Miles Quaritch, quien se ha convertido en una amenaza latente para la frágil tranquilidad del grupo. Esta tensión los empuja a embarcarse en una caravana con destino al campamento de los na’vi supervivientes. Tras varios minutos de tomas aéreas y criaturas tan fascinantes como redundantes, emergen los problemas: los Mangkwan, una facción salvaje de los na’vi que rechaza las creencias originales y está liderada por Varang, atacan el convoy y dan inicio al conflicto central de la película, al que se suma, una vez más, el coronel Quaritch persiguiendo a Jake por su supuesta traición al uniforme. Flecha viene, fuego va, caídos por aquí y por allá, y la cinta nos devuelve sin demasiada sutileza a la ya conocida narrativa de la conquista y la colonización.El veredicto final es claro: más de lo mismo. Da la impresión de que a Cameron ya no le provoca ni pudor mostrarnos una vez más el mismo relato, regido por la dicotomía narrativa por antonomasia: los buenos y los malos, la corporación contra los nativos, el progreso frente al equilibrio natural, la ciencia contra las creencias ancestrales. Eso sí, ahora hay una insistencia marcada en rituales que parecen extraídos de una toma de yagé —rapé incluido—, subrayando una espiritualidad cada vez más caricaturesca.
El impresionante despliegue técnico, los
diseños conceptuales y la rimbombante edulcoración visual, sumados a diálogos
predecibles que anteponen un drama familiar con el que algunos espectadores
podrán identificarse, hacen que esta entrega resulte poco consistente y se
resuelva, nuevamente, de la misma manera que las anteriores: Eywa interviene
porque quiere a Jake y al clan Sully.