lunes, 22 de junio de 2026

Recordar el futuro: The Creator y la memoria de las guerras que aún no ocurren

 

¿Hasta dónde los escritores, dibujantes y cineastas no inventan historias, sino que las recuerdan? Durante décadas, investigadores de la creatividad han intentado explicar el origen del ingenio artístico mediante teorías psicológicas, sociológicas o estéticas. Todas coinciden en que una obra es el resultado de múltiples influencias culturales, políticas y económicas. Sin embargo, desde hace algunos años he comenzado a considerar una hipótesis distinta, una que pertenece más al territorio de la especulación que al de la ciencia: los narradores no crean mundos; recuerdan episodios de otras existencias.

Desde luego, la pseudociencia no ofrece fundamento verificable para una idea semejante. Permanecería en el mismo estante que tantas hipótesis extravagantes que circulan entre blogs, artículos marginales y viejos fanzines. Pero precisamente allí reside su potencia narrativa. ¿Y si cada historia fuera el eco de una memoria olvidada? ¿Y si cada novela, cómic o película no fuera una invención, sino el registro fragmentario de una línea temporal diferente? En ese escenario, todos poseeríamos la capacidad de recuperar experiencias de nuestros otros "yo", fractales de una conciencia que vive múltiples posibilidades al mismo tiempo.

Gareth Edwards
Bajo esa premisa imaginaria me gusta acercarme a The Creator (Resistencia en América Latina), dirigida por Gareth Edwards. Más que una película de ciencia ficción, la percibo como el recuerdo de una guerra futura, una memoria de un conflicto cósmico que llega hasta nosotros disfrazado con la iconografía de Vietnam y de las intervenciones militares contemporáneas. Edwards no imagina el porvenir: parece recordar un episodio ocurrido en otra rama de la historia.

Los primeros minutos presentan una humanidad que desarrolla inteligencias artificiales capaces de integrarse plenamente en la vida cotidiana. Como ha ocurrido con casi toda revolución tecnológica, la fascinación inicial termina transformándose en miedo: las máquinas comienzan a ocupar espacios tradicionalmente humanos y el temor a la sustitución desemboca en una respuesta política y militar. La tecnología deja de ser una herramienta para convertirse en un enemigo.

Resulta imposible no pensar en el presente. En 2022 las inteligencias artificiales generativas se masificaron y pusieron al alcance del público herramientas que hasta entonces parecían reservadas para laboratorios especializados. De repente, cualquier persona podía producir ilustraciones, textos o composiciones musicales en cuestión de segundos. El entusiasmo convivió desde el primer momento con la ansiedad: ¿desaparecerán los artistas?, ¿seguirá existiendo el trabajo creativo?, ¿qué significa crear cuando una máquina también puede hacerlo? The Creator recoge ese temor colectivo y lo proyecta hacia el futuro, construyendo una guerra donde el verdadero enemigo nunca son las máquinas, sino el miedo humano frente a aquello que ya no puede controlar.

Pero la mayor virtud de The Creator no radica en la inteligencia artificial. Ese es apenas el disfraz narrativo. El verdadero tema de la película es la guerra colonial. Gareth Edwards traslada el conflicto hacia un futuro distante, pero conserva intacta la gramática visual de Vietnam, Afganistán e Irak: aldeas atravesadas por arrozales, soldados extranjeros incapaces de comprender la cultura que ocupan, bombardeos de precisión sobre poblaciones civiles y una tecnología militar que pretende resolver con superioridad técnica un problema profundamente humano.

La estación orbital NOMAD sintetiza esa lógica. Suspendida sobre el planeta como un dios mecánico, observa, identifica y destruye objetivos desde una distancia segura. No combate; administra la muerte. Su presencia recuerda que el poder contemporáneo ya no necesita ocupar físicamente un territorio para dominarlo: basta con controlar el cielo, la información y la capacidad de intervenir en cualquier momento. La guerra deja de ser un enfrentamiento entre iguales y se convierte en una operación tecnológica donde un adversario posee la capacidad de decidir quién vive y quién desaparece.

Sin embargo, Edwards subvierte el relato clásico de la ciencia ficción. Durante décadas el cine nos enseñó a desconfiar de las máquinas. Desde The Terminator hasta The Matrix, la inteligencia artificial aparecía como la amenaza definitiva para la humanidad. En The Creator ocurre exactamente lo contrario: el verdadero monstruo no es la máquina, sino la incapacidad humana para reconocer vida donde no encuentra un reflejo de sí misma.

Los androides sienten duelo, establecen vínculos familiares, practican rituales religiosos y desarrollan afectos que resultan indistinguibles de los nuestros. Paradójicamente, quienes actúan de manera mecánica son los soldados y los estrategas militares, entrenados para obedecer protocolos que reducen cualquier forma de diferencia a un objetivo legítimo. Edwards invierte la ecuación moral: las máquinas aprenden a ser humanas mientras los humanos perfeccionan el arte de comportarse como máquinas.

Quizá por eso la película llegó en un momento tan particular. Mientras el mundo discutía la expansión de las inteligencias artificiales generativas y los artistas temían ser reemplazados por algoritmos, The Creator planteaba una pregunta mucho más incómoda: ¿y si el problema nunca hubiera sido la inteligencia artificial? ¿Y si el verdadero peligro fuera nuestra tendencia a repetir los mismos mecanismos de exclusión cada vez que aparece una nueva forma de vida, una nueva tecnología o alteridad? La historia demuestra que siempre hemos necesitado fabricar un enemigo para justificar nuestros miedos.

Si mi hipótesis inicial tiene algo de cierto, Gareth Edwards no filmó una predicción. Recordó una guerra que todavía no ocurre y, al hacerlo, descubrió que se parece demasiado a todas las guerras que ya hemos vivido. Quizá la ciencia ficción no sea un género que imagine el futuro, sino un dispositivo para recordar aquello que la humanidad insiste en repetir.

 

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