Hay novelas de ciencia ficción que construyen mundos. Otras imaginan tecnologías futuras, civilizaciones extraterrestres o catástrofes planetarias. Viljevo (2013), del escritor croata Luka Bekavac, hace algo mucho más extraño: convierte la propia novela en un archivo fragmentado que el lector debe excavar. No busca explicar un universo ficticio, sino hacernos experimentar la incertidumbre de acceder a un conjunto de registros incompletos, deteriorados y, quizá, provenientes de otra realidad.
Desde sus primeras páginas queda claro que Bekavac no está interesado en escribir una novela convencional. La historia no avanza mediante una sucesión de acontecimientos protagonizados por un héroe reconocible, sino a través de materiales documentales: transcripciones de grabaciones, conversaciones entre investigadores, códigos, referencias cruzadas, informes y, finalmente, un ensayo académico acompañado por un impresionante aparato de notas al pie. El resultado se parece menos a una novela y más a un expediente encontrado en un archivo olvidado.
La primera sección es probablemente la más desconcertante. Todo indica que asistimos a la transcripción de una grabación realizada en un lugar donde las coordenadas habituales del espacio y del tiempo han dejado de funcionar. Un paisaje casi vacío, habitado por las mujeres de Viljevo, emerge lentamente entre silencios, interferencias y fragmentos de conversación. Bekavac nunca confirma si estamos frente a una dimensión paralela, un futuro remoto, un territorio devastado o una zona donde distintas temporalidades se superponen. La ambigüedad no es un defecto narrativo: es el verdadero motor de la novela.
Lo más fascinante es que el autor renuncia deliberadamente a la transparencia del relato. No leemos simplemente lo que dicen los personajes; leemos el registro técnico de una grabación. La transcripción conserva pausas, palabras inaudibles, interrupciones, ruido ambiental, cambios en la intensidad del sonido e incluso anotaciones sobre segmentos incomprensibles. El soporte deja de ser invisible para convertirse en parte del relato. Como lectores, nunca tenemos acceso directo a los hechos: siempre llegamos a ellos a través de una tecnología imperfecta.
| Luka Bekavac |
Después aparecen los códigos.
Podrían interpretarse como un rompecabezas destinado a descifrar el misterio central de la novela, pero Bekavac evita esa salida. Los códigos no funcionan como una clave definitiva, sino como otra manifestación de un conocimiento inaccesible. Todo parece estar cifrado: las conversaciones, los nombres, los documentos y las relaciones entre los distintos fragmentos. La sensación constante es que existe una estructura inmensa detrás del texto, aunque el lector sólo alcance a observar una pequeña parte de ella.
Esta decisión convierte a Viljevo en una obra profundamente distinta de buena parte de la ciencia ficción contemporánea. Mientras muchas novelas dedican cientos de páginas a explicar el funcionamiento de sus mundos imaginarios, Bekavac hace exactamente lo contrario: construye un universo cuya principal característica consiste en resistirse a cualquier explicación completa.
La culminación de este proyecto formal llega con el ensayo que cierra el libro. En apariencia, se trata de un texto académico destinado a ordenar la información previa. Sin embargo, ocurre lo inesperado. En lugar de ofrecer respuestas, el ensayo multiplica las preguntas. Sus extensas notas al pie —más cercanas a un segundo libro que a simples aclaraciones— abren nuevas conexiones, aportan antecedentes, contradicen algunas interpretaciones y amplían el universo narrativo sin clausurarlo jamás.
Las notas terminan siendo tan importantes como el texto principal.
Bekavac entiende que el aparato crítico también puede ser ficción.
Y quizá allí reside el mayor hallazgo de Viljevo: la novela convierte la forma en parte esencial de su propuesta especulativa. Las transcripciones, las interferencias, los códigos, las referencias cruzadas y las notas no son adornos experimentales. Son la propia ciencia ficción. El futuro que imagina Bekavac no está definido por máquinas extraordinarias ni por avances tecnológicos espectaculares, sino por una nueva forma de relacionarnos con la información, la memoria y los archivos.
Leer Viljevo es sentirse arqueólogo de un acontecimiento imposible.
Cada documento parece acercarnos al centro del misterio, pero cada nuevo hallazgo revela que ese centro se encuentra siempre un poco más lejos. La novela no quiere ser resuelta; quiere ser recorrida. En ese sentido, su experiencia de lectura se acerca más a explorar un archivo prohibido o descifrar una transmisión deteriorada que a seguir una trama convencional.
No me sorprendería que con el tiempo Viljevo sea considerada una de las obras fundamentales de esa corriente de la ciencia ficción interesada menos en imaginar tecnologías futuras que en explorar las formas contemporáneas del conocimiento fragmentario. Una ciencia ficción donde los documentos importan más que las respuestas, donde el archivo sustituye al narrador omnisciente y donde el lector deja de ser un espectador para convertirse en investigador.
En una época obsesionada con bases de datos, registros digitales y memoria electrónica, Luka Bekavac ha escrito una novela que comprende una verdad inquietante: el misterio ya no consiste en descubrir lo desconocido, sino en aprender a leer los fragmentos que sobreviven de aquello que nunca podremos conocer por completo.
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