domingo, 7 de junio de 2026

Las voces que el mundo no escucha

Entre los millones de vidas que habitan Estados Unidos, especialmente en esos pueblos anodinos que se presentan como paraísos bucólicos de tranquilidad suburbana, existen individuos capaces de ocultar bajo una apariencia inofensiva impulsos inquietantes. Personas aparentemente comunes, lobos con piel de oveja.

Precisamente sobre esa premisa trabaja Michael R. Perry, guionista conocido por su participación en series como Millennium, American Gothic, La Ley y el Orden, La Zona Muerta y Eerie, Indiana. En Voices, Perry nos presenta a Jerry, un amable empleado de una fábrica de bañeras que lleva una vida rutinaria y solitaria. Su atención se concentra en Fiona, una atractiva trabajadora del departamento de contabilidad, a quien idealiza hasta convertirla en el centro de sus fantasías románticas.

Jerry comparte su apartamento con Bosco, un perro leal y optimista, y Mr. Whiskers, un gato sarcástico y agresivo. Ambos animales funcionan como confidentes y, al mismo tiempo, como manifestaciones de las voces que habitan la mente del protagonista. Mientras Bosco encarna la bondad y las buenas intenciones, Mr. Whiskers representa sus impulsos más oscuros y violentos.

Cuando una barbacoa organizada por la empresa le ofrece la posibilidad de acercarse a Fiona, Jerry cree que finalmente tendrá una oportunidad para conquistarla. Sin embargo, ella no comparte el mismo interés. Ante el rechazo, surge una pregunta inquietante: ¿hasta dónde puede llegar una persona incapaz de distinguir con claridad entre sus deseos y la realidad? En el universo de Voices, la respuesta puede conducir a consecuencias tan absurdas como aterradoras.

Este singular guion fue llevado a la pantalla por la ilustradora y cineasta franco-iraní Marjane Satrapi (1969). Tras el éxito de Persépolis, obra profundamente ligada a su experiencia personal y a la historia reciente de Irán, Satrapi decidió explorar territorios narrativos distintos. La propia directora ha señalado en diversas entrevistas que con Persépolis dijo todo lo que necesitaba decir sobre el país que abandonó hace décadas y cuya realidad contemporánea siente cada vez más distante.

Con una dirección segura y llena de contrastes, Satrapi transforma a Ryan Reynolds —habitualmente asociado a personajes carismáticos y cómicos— en un hombre perturbado cuya fragilidad emocional termina convirtiéndolo en un asesino. Lo interesante es que la película evita construir un monstruo convencional: Jerry es, al mismo tiempo, víctima de su enfermedad y responsable de sus actos, una ambigüedad que sostiene gran parte de la tensión dramática.

La apuesta resulta arriesgada, pues combina comedia negra, romance, fantasía y horror psicológico sin que ninguno de estos elementos termine anulando a los demás. El resultado alcanza uno de sus momentos más memorables en la secuencia final, acompañada por “A Happy Song”, donde un inmenso espacio blanco reúne a vivos y muertos en una especie de fantasía reconciliadora. Allí, lejos de la culpa y de las voces que atormentaron su existencia, Jerry parece encontrar finalmente la tranquilidad que buscó durante toda la película.

Más allá de su apariencia de comedia negra y de la extravagancia de sus animales parlantes, Voices es una película sobre la soledad y el aislamiento en la sociedad contemporánea. Jerry habita un mundo aparentemente funcional: tiene empleo, vivienda y una rutina estable. Sin embargo, bajo esa superficie se esconde una profunda desconexión afectiva que lo incapacita para relacionarse con los demás de manera auténtica. En ese sentido, la película dialoga con algunas de las preocupaciones de Mark Fisher, quien observó cómo las sociedades contemporáneas producen individuos cada vez más aislados, obligados a gestionar en privado sufrimientos que son también consecuencia de estructuras sociales más amplias.

Satrapi evita convertir a Jerry en un simple monstruo o en un caso clínico. Lo presenta como el resultado trágico de una subjetividad fracturada, incapaz de distinguir entre sus deseos y la realidad. Sus alucinaciones no son únicamente una condición médica; también son el síntoma de una vida construida sobre la imposibilidad de establecer vínculos reales. Como sucede en muchas de las reflexiones de Fisher sobre la salud mental, el problema no se reduce al individuo: detrás de Jerry aparece un entorno incapaz de comprenderlo, acompañarlo o intervenir antes de la catástrofe.

Quizá por ello el desenlace resulta tan inquietante. La secuencia final, inundada de luz y acompañada por una canción optimista, parece ofrecer una reconciliación imposible. Allí, en ese espacio imaginario donde conviven víctimas, verdugos y fantasmas, Jerry alcanza una paz que nunca pudo encontrar en vida. La película deja entonces una pregunta incómoda: ¿cuántas personas atraviesan el mundo ocultando fracturas semejantes bajo una apariencia de normalidad? Entre la fábula macabra, el romance imposible y el horror psicológico, Voices termina revelando que el verdadero terror no proviene de las voces que escucha Jerry, sino del silencio social que lo rodea.

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