¿Qué se iba a imaginar un bardo griego como Homero que
su epopeya sería llevada al cine en más de una ocasión? ¿Hasta dónde alcanzaba
a sospechar la magnitud y el eco de su rapsodia en el mundo posmoderno? ¿Y si La
Odisea no fuera únicamente el relato del regreso de un héroe, sino también
el registro de un momento cíclico: el anuncio de la caída de una civilización?
Alerta de spoiler: Odiseo sí vuelve a casa.
Pero ese dato ya no cuenta como revelación. El poema tiene casi tres mil años,
es de dominio público y todavía sobrevive en los programas de literatura de
algunos colegios. Háganse un favor: rescaten algún recuerdo de esas clases
antes de entrar a la sala de cine.
Dicho esto, hablemos de La Odisea, la
reciente película del director británico Christopher Nolan.
Se trata de un proyecto que, según diversas entrevistas
y rumores de la industria, Nolan llevaba considerando desde hace más de veinte
años. Durante mucho tiempo se especuló con la posibilidad de que dirigiera Troya
(2004), aunque finalmente el proyecto quedó en manos del alemán Wolfgang
Petersen. Nolan terminaría tomando otro camino: reinventar a Batman con Batman
Begins y abrir una de las filmografías más influyentes del cine
contemporáneo.
En el terreno cinematográfico, Nolan despliega todo su
arsenal técnico. Las cámaras IMAX vuelven a convertirse en una herramienta
narrativa y no simplemente en un espectáculo visual. A ello se suma la
extraordinaria banda sonora de Ludwig Göransson, quien incorpora timbres e
instrumentos inspirados en la tradición mediterránea para acompañar los
momentos de contemplación, violencia y desorientación que atraviesa Odiseo
durante su viaje. Son decisiones formales que recuerdan por qué ciertas
películas siguen justificando la experiencia colectiva de la sala de cine
frente a la comodidad doméstica del streaming. La técnica también
narra, y aquí merece ser comentada.
Lo verdaderamente interesante de la adaptación de Nolan no reside en la
fidelidad arqueológica ni en el despliegue técnico, sino en comprender que La
Odisea nunca fue una novela de aventuras. Es la historia de un hombre que
regresa de la guerra incapaz de reconocerse a sí mismo.
La victoria sobre Troya no convierte a Odiseo en un héroe triunfante. Por el
contrario, inaugura una culpa que lo acompañará durante todo el viaje. El
caballo de madera, símbolo de su inteligencia, también es el instrumento
mediante el cual rompe el orden sagrado que regulaba el mundo griego. La mētis,
esa astucia que lo hace célebre termina siendo al mismo tiempo su mayor virtud
y su condena. Cada obstáculo del viaje parece preguntarle si la inteligencia
basta para escapar de las consecuencias de los propios actos.
Esa tensión constituye uno de los ejes más fascinantes del poema. Homero no
presenta a los dioses como simples antagonistas caprichosos. Son la expresión
de un orden cósmico frente al cual el ser humano apenas puede desplegar su
ingenio. Odiseo representa la inteligencia práctica; Poseidón, Atenea y Zeus
representan un horizonte donde el cálculo humano encuentra siempre un límite.
La pregunta que atraviesa toda la obra es profundamente moderna: ¿hasta dónde
llega nuestra libertad cuando existen fuerzas que escapan a nuestro control?
Cada episodio del viaje puede leerse como una prueba psicológica más que
como un monstruo al que derrotar.
Las sirenas representan otra amenaza menos evidente. No seducen únicamente
mediante el deseo, sino mediante el conocimiento absoluto. Prometen revelar
todas las verdades del mundo. Odiseo quiere escucharlas porque desea comprender
el sentido de su sufrimiento, pero sólo puede hacerlo aceptando la inmovilidad
y confiando en sus compañeros. El conocimiento exige renunciar, aunque sea por
un instante, al control.
Escila y Caribdis, el monstruo y el remolino, eliminan cualquier ilusión de
elección perfecta. Toda decisión implica una pérdida. El gobernante ya no puede
aspirar a salvar a todos sus hombres; únicamente puede decidir cuál será el
costo de seguir adelante. Es uno de los momentos donde el liderazgo deja de
parecer heroico para convertirse en una carga moral.
El descenso al Hades constituye quizá el centro filosófico del relato.
Ningún héroe vuelve siendo el mismo después de mirar de frente a los muertos.
Allí Odiseo comprende que su viaje no consiste únicamente en regresar a un
lugar geográfico, sino en reconciliarse con aquello que hizo durante la guerra
y con las vidas que quedaron atrás. Es el momento en que el héroe deja de
luchar contra el mundo y comienza a enfrentarse a sí mismo.
Finalmente aparece Calipso, cuya isla ofrece algo aún más seductor que el
placer: la inmortalidad. No es una simple tentación romántica. Es la
posibilidad de escapar para siempre de la culpa, del envejecimiento y de la
responsabilidad. Odiseo la rechaza porque comprende que regresar a Penélope
significa aceptar la condición humana. Prefiere una vida limitada, llena de
cicatrices y remordimientos, antes que una eternidad vacía de historia.
Por eso el viaje de Odiseo nunca trata únicamente de volver a Ítaca. Ítaca
es la forma que adquiere una pregunta mucho más profunda: ¿qué significa
regresar cuando la guerra ha destruido al hombre que partió?
Christopher Nolan entiende que adaptar un clásico no consiste en
modernizarlo ni en llenarlo de referencias contemporáneas. Consiste en
descubrir aquello que sigue latiendo bajo tres mil años de interpretaciones. Su
Odisea no pretende competir con Homero; dialoga con él. Allí donde el
poeta imaginó un mundo gobernado por dioses, Nolan encuentra un hombre
enfrentado al peso insoportable de sus decisiones, un héroe cuya mayor batalla
ya no ocurre contra cíclopes o sirenas, sino contra la conciencia de lo que ha
hecho para sobrevivir.
Quizá por eso la película resulta tan pertinente en nuestra época. Vivimos
convencidos de que la inteligencia técnica puede resolver cualquier problema,
de que siempre existe un algoritmo, una estrategia o una innovación capaz de
burlar los límites de la condición humana. Odiseo pensaba algo parecido. Su
ingenio derrotó ejércitos, engañó monstruos y desafió a los dioses, pero nunca
pudo escapar de las consecuencias de sus actos. Homero ya había comprendido que
toda civilización fascinada por su propia astucia termina creyéndose
invulnerable, y ese suele ser el primer síntoma de su decadencia.
Tres mil años después, seguimos leyendo La Odisea porque seguimos
haciéndonos la misma pregunta: ¿cómo se vuelve a casa después de haber cambiado
para siempre? Nolan no ofrece una respuesta definitiva, pero sí una imagen
poderosa. Ítaca nunca fue un lugar al que regresar; fue la promesa de que,
incluso después del horror, todavía vale la pena emprender el camino de vuelta.
Y quizá esa sea la verdadera razón por la que Homero continúa hablándonos desde
un pasado tan remoto: porque, en el fondo, todos seguimos navegando entre
nuestros propios dioses, nuestras culpas y nuestros naufragios.
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