domingo, 26 de julio de 2026

Nadie vuelve de Troya: La Odisea de Christopher Nolan y el largo viaje de la culpa

 


¿Qué se iba a imaginar un bardo griego como Homero que su epopeya sería llevada al cine en más de una ocasión? ¿Hasta dónde alcanzaba a sospechar la magnitud y el eco de su rapsodia en el mundo posmoderno? ¿Y si La Odisea no fuera únicamente el relato del regreso de un héroe, sino también el registro de un momento cíclico: el anuncio de la caída de una civilización?

Alerta de spoiler: Odiseo sí vuelve a casa. Pero ese dato ya no cuenta como revelación. El poema tiene casi tres mil años, es de dominio público y todavía sobrevive en los programas de literatura de algunos colegios. Háganse un favor: rescaten algún recuerdo de esas clases antes de entrar a la sala de cine.

Dicho esto, hablemos de La Odisea, la reciente película del director británico Christopher Nolan.

Se trata de un proyecto que, según diversas entrevistas y rumores de la industria, Nolan llevaba considerando desde hace más de veinte años. Durante mucho tiempo se especuló con la posibilidad de que dirigiera Troya (2004), aunque finalmente el proyecto quedó en manos del alemán Wolfgang Petersen. Nolan terminaría tomando otro camino: reinventar a Batman con Batman Begins y abrir una de las filmografías más influyentes del cine contemporáneo.

Aunque se trata de una adaptación, Nolan toma una decisión que ha generado bastante discusión: utilizar como base la traducción de Emily Wilson. Fue la primera mujer en traducir íntegramente La Odisea al inglés y su versión busca recuperar el ritmo oral del poema mediante una métrica constante, reducir algunas repeticiones formularias propias del griego arcaico y otorgar una voz más definida a cada personaje. Como suele ocurrir en nuestros tiempos, la discusión filológica terminó convertida en un episodio más de la guerra cultural: para algunos sectores, la traducción fue inmediatamente etiquetada como "woke", una acusación que dice mucho más sobre el clima ideológico contemporáneo que sobre el trabajo de Wilson.

En el terreno cinematográfico, Nolan despliega todo su arsenal técnico. Las cámaras IMAX vuelven a convertirse en una herramienta narrativa y no simplemente en un espectáculo visual. A ello se suma la extraordinaria banda sonora de Ludwig Göransson, quien incorpora timbres e instrumentos inspirados en la tradición mediterránea para acompañar los momentos de contemplación, violencia y desorientación que atraviesa Odiseo durante su viaje. Son decisiones formales que recuerdan por qué ciertas películas siguen justificando la experiencia colectiva de la sala de cine frente a la comodidad doméstica del streaming. La técnica también narra, y aquí merece ser comentada.

Tras este desvío contextual, conviene regresar al poema. Homero presenta a Odiseo, rey de Ítaca y uno de los estrategas al servicio de Agamenón, hijo de Atreo y comandante de la expedición aquea contra Troya —sí, de esa estirpe toma Frank Herbert el nombre de la Casa Atreides en Dune. A Odiseo se le atribuye la célebre idea del caballo de madera: un supuesto presente para los troyanos que ocultaba en su interior un pequeño grupo de guerreros encargados de abrir las puertas de la ciudad durante la noche. Más que una simple estratagema militar, el engaño constituye una transgresión del orden sagrado protegido por Zeus, quebrando el principio de hospitalidad (xenia) que regulaba las relaciones entre los pueblos y garantizaba el equilibrio político y comercial del mundo griego. Ese acto será el verdadero origen de todas las desgracias que vendrán después.

Lo verdaderamente interesante de la adaptación de Nolan no reside en la fidelidad arqueológica ni en el despliegue técnico, sino en comprender que La Odisea nunca fue una novela de aventuras. Es la historia de un hombre que regresa de la guerra incapaz de reconocerse a sí mismo.

La victoria sobre Troya no convierte a Odiseo en un héroe triunfante. Por el contrario, inaugura una culpa que lo acompañará durante todo el viaje. El caballo de madera, símbolo de su inteligencia, también es el instrumento mediante el cual rompe el orden sagrado que regulaba el mundo griego. La mētis, esa astucia que lo hace célebre termina siendo al mismo tiempo su mayor virtud y su condena. Cada obstáculo del viaje parece preguntarle si la inteligencia basta para escapar de las consecuencias de los propios actos.

No es casual que el viaje comience cuando deja de servir a Agamenón. Mientras combatía bajo el mando del rey de Micenas, Odiseo actuaba como parte de un ejército; una vez termina la guerra ya no responde ante ningún superior humano. A partir de entonces, su interlocutor es otro: los dioses. El héroe deja atrás la disciplina militar para enfrentarse a un universo gobernado por fuerzas que no puede negociar ni comprender del todo.

Esa tensión constituye uno de los ejes más fascinantes del poema. Homero no presenta a los dioses como simples antagonistas caprichosos. Son la expresión de un orden cósmico frente al cual el ser humano apenas puede desplegar su ingenio. Odiseo representa la inteligencia práctica; Poseidón, Atenea y Zeus representan un horizonte donde el cálculo humano encuentra siempre un límite. La pregunta que atraviesa toda la obra es profundamente moderna: ¿hasta dónde llega nuestra libertad cuando existen fuerzas que escapan a nuestro control?

Cada episodio del viaje puede leerse como una prueba psicológica más que como un monstruo al que derrotar.

El cíclope Polifemo enfrenta a Odiseo con las consecuencias de su propia soberbia. Escapar de la cueva no basta; necesita proclamar su nombre, reclamar el mérito de la victoria. Ese instante de vanidad será el origen de la persecución de Poseidón. Nolan filma este momento menos como una hazaña que como un error irreparable: el héroe queda atrapado por la necesidad de ser reconocido.

Las sirenas representan otra amenaza menos evidente. No seducen únicamente mediante el deseo, sino mediante el conocimiento absoluto. Prometen revelar todas las verdades del mundo. Odiseo quiere escucharlas porque desea comprender el sentido de su sufrimiento, pero sólo puede hacerlo aceptando la inmovilidad y confiando en sus compañeros. El conocimiento exige renunciar, aunque sea por un instante, al control.

Escila y Caribdis, el monstruo y el remolino, eliminan cualquier ilusión de elección perfecta. Toda decisión implica una pérdida. El gobernante ya no puede aspirar a salvar a todos sus hombres; únicamente puede decidir cuál será el costo de seguir adelante. Es uno de los momentos donde el liderazgo deja de parecer heroico para convertirse en una carga moral.

Circe introduce otro tipo de peligro: la suspensión del tiempo. Su isla ofrece placer, descanso y el olvido de la guerra. Permanecer allí significaría abandonar toda responsabilidad. Sin embargo, regresar a Ítaca implica aceptar nuevamente el dolor, el deber y la memoria.

El descenso al Hades constituye quizá el centro filosófico del relato. Ningún héroe vuelve siendo el mismo después de mirar de frente a los muertos. Allí Odiseo comprende que su viaje no consiste únicamente en regresar a un lugar geográfico, sino en reconciliarse con aquello que hizo durante la guerra y con las vidas que quedaron atrás. Es el momento en que el héroe deja de luchar contra el mundo y comienza a enfrentarse a sí mismo.

Finalmente aparece Calipso, cuya isla ofrece algo aún más seductor que el placer: la inmortalidad. No es una simple tentación romántica. Es la posibilidad de escapar para siempre de la culpa, del envejecimiento y de la responsabilidad. Odiseo la rechaza porque comprende que regresar a Penélope significa aceptar la condición humana. Prefiere una vida limitada, llena de cicatrices y remordimientos, antes que una eternidad vacía de historia.

Por eso el viaje de Odiseo nunca trata únicamente de volver a Ítaca. Ítaca es la forma que adquiere una pregunta mucho más profunda: ¿qué significa regresar cuando la guerra ha destruido al hombre que partió?

Al final, uno comprende que La Odisea nunca trató de monstruos, dioses o criaturas fantásticas. Esos elementos son apenas el lenguaje con el que Homero habla de algo mucho más cercano: la culpa, la pérdida, la memoria y la necesidad casi imposible de regresar a aquello que alguna vez llamamos hogar. No importa si ese hogar es una isla del mar Jónico, una familia que nos espera o una versión de nosotros mismos que quedó enterrada bajo los escombros de una guerra.

Christopher Nolan entiende que adaptar un clásico no consiste en modernizarlo ni en llenarlo de referencias contemporáneas. Consiste en descubrir aquello que sigue latiendo bajo tres mil años de interpretaciones. Su Odisea no pretende competir con Homero; dialoga con él. Allí donde el poeta imaginó un mundo gobernado por dioses, Nolan encuentra un hombre enfrentado al peso insoportable de sus decisiones, un héroe cuya mayor batalla ya no ocurre contra cíclopes o sirenas, sino contra la conciencia de lo que ha hecho para sobrevivir.

Quizá por eso la película resulta tan pertinente en nuestra época. Vivimos convencidos de que la inteligencia técnica puede resolver cualquier problema, de que siempre existe un algoritmo, una estrategia o una innovación capaz de burlar los límites de la condición humana. Odiseo pensaba algo parecido. Su ingenio derrotó ejércitos, engañó monstruos y desafió a los dioses, pero nunca pudo escapar de las consecuencias de sus actos. Homero ya había comprendido que toda civilización fascinada por su propia astucia termina creyéndose invulnerable, y ese suele ser el primer síntoma de su decadencia.

Tres mil años después, seguimos leyendo La Odisea porque seguimos haciéndonos la misma pregunta: ¿cómo se vuelve a casa después de haber cambiado para siempre? Nolan no ofrece una respuesta definitiva, pero sí una imagen poderosa. Ítaca nunca fue un lugar al que regresar; fue la promesa de que, incluso después del horror, todavía vale la pena emprender el camino de vuelta. Y quizá esa sea la verdadera razón por la que Homero continúa hablándonos desde un pasado tan remoto: porque, en el fondo, todos seguimos navegando entre nuestros propios dioses, nuestras culpas y nuestros naufragios.

 

No hay comentarios:

Nadie vuelve de Troya: La Odisea de Christopher Nolan y el largo viaje de la culpa

  ¿Qué se iba a imaginar un bardo griego como Homero que su epopeya sería llevada al cine en más de una ocasión? ¿Hasta dónde alcanzaba a so...