El nombre de Juan Gómez-Jurado resuena con fuerza entre los lectores del
thriller contemporáneo, especialmente gracias a la trilogía Reina Roja,
bautizada así por el nombre de un proyecto secreto —si no fuera un secreto,
perdería toda la gracia— desarrollado por la policía española para reclutar
individuos con capacidades intelectuales extraordinarias y convertirlos en
herramientas capaces de resolver los crímenes más complejos.
La saga comenzó en 2018 con Reina Roja, continuó con Loba Negra
en 2019 y concluyó con Rey Blanco en 2020. En ella conocemos a Antonia
Scott, considerada la persona más inteligente del mundo, con un coeficiente
intelectual de 242. Su mente privilegiada la convierte en un arma perfecta
contra el crimen organizado, pero también en una mujer devastada por el dolor y
el aislamiento tras una tragedia personal. Cuando su antiguo superior, conocido
únicamente como Mentor, decide reactivar el proyecto, Antonia deberá regresar
al tablero acompañada por Jon Gutiérrez, un inspector vasco de buen corazón,
corpulento y testarudo, que está a punto de ser expulsado del cuerpo policial
por defender a una mujer víctima de violencia.
Reina Roja entra en la retina del espectador como una hamburguesa
gourmet. No es precisamente alta cocina ni pretende reinventar el menú del
thriller, pero sabe combinar ingredientes conocidos con una ejecución
impecable. Hay investigación criminal, conspiraciones, tecnología, asesinos
meticulosos, crítica social y una organización secreta que mueve los hilos
desde las sombras. Son elementos que el género ha utilizado hasta el cansancio,
pero Gómez-Jurado los organiza con suficiente habilidad para que el conjunto
funcione.
Sin embargo, el formato seriado también juega en su contra. Como ocurre con
muchas producciones contemporáneas, la primera temporada dedica buena parte de
su metraje a sembrar interrogantes que solo encontrarán respuesta en futuras
entregas. Esa necesidad de expandir el universo termina debilitando el impacto
del conflicto principal y deja la sensación de que el desenlace ha sido
postergado deliberadamente para garantizar la continuidad de la franquicia.
Aun así, Reina Roja demuestra que todavía hay espacio para contar
historias policiales sin necesidad de reinventar el género. Basta con construir
personajes memorables y permitir que la química entre ellos haga el resto. Al
final, el espectador no regresa para descubrir quién cometió el crimen; regresa
para seguir acompañando a Antonia Scott y Jon Gutiérrez en el siguiente
movimiento del tablero.
Quizá esa sea también su mayor limitación. En ocasiones la necesidad de
mantener un ritmo vertiginoso sacrifica la profundidad de algunos personajes
secundarios y convierte ciertos giros argumentales en mecanismos para sostener
el suspenso más que en consecuencias naturales de la historia. Pero ese es
precisamente el pacto que propone Gómez-Jurado con sus lectores: no detenerse
demasiado a contemplar el paisaje, sino avanzar sin descanso hacia la siguiente
sorpresa.
En tiempos donde el thriller parece agotado por la repetición de fórmulas, Reina
Roja demuestra que la innovación no siempre consiste en inventar un nuevo
género, sino en perfeccionar el existente. Su éxito no reside en ofrecer una
historia inédita, sino en ejecutar con precisión una maquinaria narrativa donde
cada pieza está diseñada para mantener al espectador pasando páginas —o
episodios— con la misma ansiedad.
Ya no leemos novelas para imaginar una serie; ahora las novelas nacen imaginando cómo será su adaptación.
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