Cuando se habla de propaganda, especialmente en
el periodo de entreguerras, resulta inevitable citar el ejemplo del
nacionalsocialismo y su vasta maquinaria mediática, que incluía la prensa, la
radio, la recién desarrollada televisión y, por supuesto, el cine. Una de las
películas que causó mayor impacto —tanto por su temática como por su
realización técnica— fue El triunfo de la
voluntad (1934), en la que se detalla la llegada de Adolf Hitler a un
mitin en el recién construido estadio de Núremberg.
La responsable de
esta pieza audiovisual fue Leni Riefenstahl, actriz y directora de cine que ya
contaba con una obra destacada titulada La luz
azul. Mediante diversas técnicas de filmación, como el uso de grúas y
travellings, Riefenstahl desarrolló una producción que se convertiría en un
hito en la historia del cine, aunque profundamente cuestionable por su
contenido ideológico. Quizá una de las preguntas que la propia directora se
haría sería: ¿cómo será recordada? La persecución mediática que enfrentó
durante el resto de su vida dio lugar a múltiples interrogantes en torno a su
vínculo con los ideales nazis, su cercanía con Hitler y su conocimiento de las
atrocidades cometidas por el régimen, en especial el exterminio de la población
judía. Estas acusaciones fueron siempre negadas por Riefenstahl, quien sostuvo
que su postura respondía más a una visión artística que a un interés político.
En 2016, los
herederos de Riefenstahl cedieron su patrimonio a la Fundación del Patrimonio
Cultural Prusiano. Este incluía más de siete mil cajas con guiones, cartas,
notas, fragmentos de películas, fotografías, grabaciones privadas en Super 8,
cintas de casete con conversaciones telefónicas y varios borradores de sus
memorias, todo ello en un estado caótico. La periodista Sandra Maischberger
ofreció a la fundación la elaboración de un inventario detallado del material;
a cambio, obtuvo permiso para utilizarlo en la producción de un documental.
En 2018, el
documentalista Andres Veiel se sumó al proyecto junto a su equipo de editores y
el camarógrafo Toby Cornish. A partir de este vasto acervo, el director buscó
completar las lagunas del autorretrato que Riefenstahl había construido durante
décadas mediante la incorporación de fuentes externas. Un ejemplo revelador es
la afirmación reiterada por la cineasta de que nunca había leído Mi lucha, de Adolf Hitler, contradicha por
una entrevista publicada en abril de 1934 en el periódico británico Daily Express, en la que aseguraba haber
comprado un ejemplar del libro camino al rodaje de La luz azul. Allí declaró: «Después de la primera página, ya
soy una nacionalsocialista convencida». Esta entrevista no figura en el archivo
organizado por su familia, aunque aún podía consultarse en los registros del
periódico en Inglaterra.
En términos
formales, el documental articula su investigación mediante un uso sistemático
del material de archivo, no como simple ilustración histórica, sino como eje
discursivo central. Las imágenes filmadas por Riefenstahl son
recontextualizadas a través del montaje, que contrapone sus declaraciones
tardías con documentos contemporáneos, generando fricciones entre palabra e
imagen. Esta estrategia convierte cada plano en un objeto de análisis: lo que
antes funcionaba como espectáculo monumental pasa a ser evidencia sometida a
escrutinio crítico.
En conjunto, la
obra de Veiel se erige como una investigación rigurosa y necesaria sobre una de
las figuras más controvertidas de la historia del cine. Al confrontar el legado
cuidadosamente construido por Riefenstahl con documentos olvidados y contradicciones
internas, la película obliga a replantear la responsabilidad ética del artista
en contextos autoritarios.
Su valor no reside únicamente en la revelación de nuevos materiales, sino en la manera en que estos son organizados para transformar el archivo en argumento cinematográfico. Más que dictar una sentencia definitiva, el documental propone una interrogación incómoda pero indispensable: ¿hasta qué punto puede separarse la innovación artística de la complicidad política? En ese cruce entre virtuosismo técnico y ambigüedad moral se sitúa el legado de Riefenstahl, y es precisamente allí donde la película encuentra su mayor fuerza crítica.